Día tras día, la sensación de cambio de ciclo político por agotamiento del actual gobierno se va apoderando del país. Pero un cambio de ciclo no significa por necesidad que el desenlace resulte inminente, como pronostican algunos, más conducidos en sus reflexiones por el voluntarismo que por la realidad -por el momento todos los nacionalistas, incluido el PNV, prefieren a un Sánchez débil que a un Feijóo convocando elecciones de imprevisible resultado-, y tampoco está claro que la contienda electoral próxima, en 2027 o cuando sea, conduzca en volandas al PP a la Moncloa.
Existe, en efecto, el presentimiento de un tiempo político que ha concluido ya desde hace mucho, y que confirma que la maquinaria de poder puesta en marcha por la actual dirección del partido socialista se parece más a una banda corrupta que a un proyecto de progreso, como con insistencia, instalada en el patetismo, nos pretenden convencer desde los aledaños de la Moncloa.
“Cada día tiene su afán…”, acostumbraba decir el presidente Calvo Sotelo. Cada dia añade un arete de episodio corrupto -o dos, o tres- a la cadena que a la larga acabará asfixiando a Pedro Sánchez y su Corrupt Network, como titula Willeke Slinggerland su ensayo sobre los delitos contra la sociedad, el Estado, la Administración Pública y la Administración de la Justicia.
Existe desde luego una responsabilidad por la acción, sin duda la más grave de todas. Pero no deja de producirse una culpa debida a la inadecuación de la respuesta. Y no deja de resultar singular que la única iniciativa del PP a las desmesuras de algunos miembros del PSOE -Miguel Ángel Gallardo, Leire Diez… y otras aún en preparación, como la OPA del BBVA sobre el Sabadell- sólo responda el partido presidido por Nuñez Feijóo con una vaga propuesta de análisis de la estrategia jurídica a seguir por esa formación; o,, por supuesto, de pedir una urgente disolución del parlamento y consecuente convocatoria electoral, una competencia que, por cierto, no cabe discutir en términos estrictamente constitucionales al presidente; o una nueva llamada para que quienes no aceptan quë esta situación se mantenga por más tiempo pongan de manifiesto su desagrado en las calles.
Por lo que si el gobierno es una red corrupta, la oposición se ha transformado en un despacho de abogados especializado en el derecho penal o un fautor más del agit prop, que mas correspondería a las organizaciones ciudadanas no partidistas que a la primera formación política del país y la más importante contradictora de la gestión gubernativa.
De modo que, tanto en unos como en otros ha desaparecido de la ecuación la política, ni siquiera la buena, también la mala política, porque el escenario ante el que nos encontramos ya no se parece a ninguno que tenga que ver con el arte -o el desastre- de gobernar.
No existe sino okupación del poder como procedimiento para distribuir prebendas y cargos y para el enriquecimiento, por lo mismo que no se advierte una oposición con otro proyecto alternativo que la sustitución, y la posible repetición de las prácticas corruptas, contando con la defensa de los nuevos gobernantes del “ustedes lo hicieron peor…”
Antes de ensayar una moción de censura que, no es ocioso recordar que en España exige de un programa alternativo, ha preferido Feijóo convocar un cónclave de su partido. Y por no concretar qué pretende hacer en el caso de ser investido por los diputados para presidir el gobierno, tampoco lo va a hacer -aunque me gustaría equivocarme- en explicar a los españoles a través de las resoluciones congresuales más políticas la estrategia que pretende seguir, su relación con Vox, la que desea mantener con los partidos nacionalistas o sus posiciones sobre asuntos espinosos como lo es el de la eutanasia, las pensiones, la política económica y, desde luego el diseño territorial -federal o confederal…
La presidenta de la Comunidad de Madrid ha expresado buena parte del descontento que anida en algún significativo sector de su partido con una frase demoledora: “Un proyecto para España debe ser algo más que echar a Sánchez, tiene que ilusionar”.
No tengo para mí muy claro que Isabel Diaz Ayuso y Miguel Ángel Rodriguez -una singular pareja política de hecho- tengan la capacidad de ilusionar a la sociedad española, pero está claro que el presidente del PP y su equipo no contribuyen ni siquiera de lejos a esa tarea. Y en las gentes españolas no se observa ningún síntoma de esperanza por el cambio que eventualmente pueda producirse en nuestro país.
Las gentes, no la ciudadanía, inédita aún en España, anestesiada después de muchas décadas de ausencia de ejercicio, atomizada cuando se organiza y sin presencia ni conexión con la calle, sindicatos representativos que sólo se representan a sí mismos, organizaciones empresariales sin empresarios…
Por no referirme con extensión a la prensa y los medios de papel y digitales que -con excepciones muy singulares como éste en el que se publica este comentario- sólo cumplen la función de comparsas de uno u otro partido, en sus textos escritos y en las tertulias televisivas y radiofónicas.
Queda poco margen para la esperanza en un escenario en el que las sombras han sustituido a las personas, al poder la corrupción, a la oposición la inacción a la ciudadanía la ausencia de la misma y al cuarto poder la correa de transmisión de los partidos.
“Siempre nos quedará París”, decía Humphrey Bogart a Ingrid Bergman en Casablanca. Siempre nos quedarán los jueces, podríamos decir ahora. En la medida en que no consigan acabar con su resistencia a la imposición…