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TRIBUNA

El ardor prefabricado

domingo 08 de junio de 2025, 16:13h

Los centros comerciales se han convertido en nuestros modernos cementerios de elefantes. Pasear por aquellos que hace treinta, veinticinco años, sirvieron de caladero al que las familias que iban de compras o de garbeos domingueros —los carritos de bebé creaban una densidad de tráfico equiparable a la de cualquier autovía—, los adolescentes que empezaban a salir solos y entraban y salían de las tiendas y los locales y los cines como un purgatorio ocioso, y demás personal merodeador, acudían para satisfacer sus dosis de intranquilidad o ansias consumistas. Ahora, con la excepción de los que aguantan, todos han adquirido un aire pesaroso, como quien no sabe hablar más que de dolencias y anda convencido de que sus achaques no pueden separarse de su estado natural. Caminar delante de los negocios cerrados, de los servicios o ilusiones que proporcionaron, no puede avivar más que la mezcla de memoria y deseo, entristeciendo definitivamente.

El poeta Ignacio Vleming es alguien que no dejaría pasar una oportunidad parecida, la de poder escudriñar aquello que le pareciera llamativo con el fin de reescribirlo con una luminosidad distinta, redescubriendo, también, la manera en que nos implicamos en nuestro presente, la relación desigual que siempre acaba formando esa realidad observada con sus visos de ficción. Los poemas ayudan a quitar peso o enmarañar más aún lo que va relegándose por trato imposible.

Rincones de ambigua geometría linda esos pasillos de un centro comercial en galopante decadencia y los personajes que pululan por él. Vleming quiere rescatarlo momentáneamente con el toque cancionero y caballeroso, disponiendo a sus protagonistas —los de seguridad, la señora de la limpieza, el galerista venido a menos, los niños que llegan de excursión— en la encrucijada oscura de sus cometidos, suspendidos en el tiempo, replegados en lo que sienten como un código de barras inutilizado. ‘Este fue el primer espacio público/ y también es el único que aguanta’, escribe en uno de los poemas, pero esa ‘feliz comunión’ sobreentendida, ¿dónde ha quedado? ¿Qué motivos se estiran hasta el límite para hacer las veces de empalizadas contra el avance de la inevitable desaparición? El espacio se extiende con ánimo de cosecha pero los años y la arena de su tiempo cayendo son hielo derritiéndose ‘y el agua, de agujas’.

Vleming quiere, dentro de las posibilidades, salvarlo con la mentira. Él mismo es consciente de la inconmensurable pena que transmite el asistir al espectáculo de la lenta extinción de ese mundo. No merece algo así dedicatorias, nos dice. Ni siquiera los personajes prestan excesiva atención. Se refugian en el amor, en los pequeños hurtos, en mirar cómo va todo. Hay ramalazos de belleza, hay ironía dentro de la resignación. ‘Aquí no hay nostalgia ni dolor/ ni monumentos a próceres o héroes./ Tampoco una placa conmemorativa/ que recuerde quiénes fuimos/ alguna vez nosotros’. Pero la ruina tampoco acaba de llegar. Es un presentimiento descafeinado, un ardor prefabricado si se prefiere, con el que el autor hace precisa la esperanza y la repetición de unos movimientos, de unos pensamientos, que apenas han planteado cambios. ‘Oremos por todo lo que nos queda,/ la piedad, la vergüenza,/ las lágrimas,/ el temor, la ternura, la templanza./ ¿Alguien rezará por nosotros cuando nadie se lo exija?’

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