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TRIBUNA

La escondida senda

martes 17 de junio de 2025, 19:51h

No hay mucho que añadir a lo que vomitan las facciones. Para los que conservan un mínimo de sindéresis es indiscutible que el Estado está siendo colonizado por el gobierno y la bandería dominante del partido socialista obrero español. Basta desplegar el significado de las siglas para contemplar la magnitud del escarnio. Presuntamente del otro lado se encuentran los demoliberales con Alberto Núñez Feijoo a la cabeza e Isabel Díaz Ayuso a la espera de su ocasión. En realidad, aguardan el turno, acaso sin comprender que el mecanismo pendular se ha descompuesto definitivamente.

La circunstancia ya es otra: el enfrentamiento global, resultado de varias décadas de fronteras abiertas y movimientos masivos, conduce al bellum omniun contra omnes que parece culminar el largo curso de guerras y discordias: pólemos - stasis. Arden las calles de Los Ángeles como las de París. Las fuerzas de seguridad de los estados son impotentes, inhibidas por la peste universalista, pero abstracta de los derechos de un ser humano del que se ha drenado toda sustancia histórica. La flota Thunberg cargada de buenos sentimientos es obligada a contemplar la violencia de Hamás, como ha contemplado la violencia israelita. La descomposición avanza a un ritmo continuamente acelerado y en todos los terrenos. Me pregunto si los mercados todavía llenos nos ocultan el colapso tanto tiempo anunciado.

La corrupción de los partidos políticos y las demás instituciones del Estado es sólo una dimensión de la degradación generalizada de la vida social. Hay que sumar la crisis demográfica, la confusión del parentesco, la aberración educativa y, en general, la ruina de los elementos clásicos y cristianos de nuestra civilización. La ruptura de todos los límites deja el camino expedito hacia la nada. Siglos de demolición imprudente de cualquier estructura conducen a este desierto inclemente. Chesterton recomendaba no derribar una barrera si no sabemos por qué está ahí, dice Chesterton: me temo que estamos a punto de descubrir cuál era el sentido de los límites que hemos ido trasgrediendo.

La lógica de la conciencia contemporánea se me escapa, desde que el principio de no-contradicción se reveló instrumento del fascismo, desde que la naturaleza o la realidad fueron declaradas opresoras, desde que la “alta cultura” se criminalizó como un instrumento de clase, de género o de raza al servicio del dominio de hombres blancos viejos. Apenas cabe balbucear las memeces de los espabilados que se declaran despiertos (woke). Promotores de la guerra de todos contra todos en un proceso de descomposición masivo o de atomización terminal que agota los últimos restos de vida en común. Se presentan como vanguardia despierta de la siniestra liberación que abandera la izquierda más insensata, pero son la guardia roja del ultraliberalismo.

Es dolorosa la abyecta contradicción entre el puritanismo en el trato mutuo entre sexos y la sexualización integral de la vida, entre la exigencia de abolir todo gesto de seducción y el acceso masivo a la pornografía desde la edad de ocho o diez años, entre la criminalización de la cortesía y la violencia desatada entre hombres y mujeres. La infame contradicción es sólo aparente y no esconde la continuidad real entre puritanismo y pornografía, entre la destrucción de la caballerosidad y la violencia mutua. En el trasfondo no hay contradicción, sino continuidad: entre la aniquilación del sentido común y la entrega a una lógica abstracta que ha acabado por descubrir el valor convencional de sus axiomas.

Una muchedumbre furiosa de narcisistas humanitarios con uñas lacadas y dientes afilados, emotivos y solitarios, dispuestos a despedazar a cualquiera que ofenda su lastimada sensibilidad. Junto a ellos un multitud de jóvenes resentidos ante la sociedad que los recibe y a la que juzga responsable de su propio éxodo, pertrechados con un discurso armado sobre el absurdo histórico y la patraña lógica de los espabilados.

Tras los espasmos actuales se presenta la solución final de las tecnologías de mejora y ampliación de la bestia humana. Inteligencia artificial, ingenierías convergentes y al fondo una inhumanidad hecha de fragmentos mal cosidos. De ahí brota la insensatez que satura el ambiente cultural de nuestros días.

El eclipse del orden civilizatorio ha sido rápido, porque siempre es más fácil destruir que construir. Nos queda conservar y defender los escasos restos de vida común, empezando por las familias, que sostienen la memoria de la tradición. Huir del ruido de la convulsión final y buscar la escondida senda tras la que alienta la verdad de nuestra condición. Nos queda la unión, el trabajo compartido y la defensa común.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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