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TRIBUNA

La muerte no debería ser un titular

jueves 19 de junio de 2025, 20:01h

Estoy bajo el impacto de la muerte cercanísima va ya para dos meses; la muerte no cercanísima, dicho con todo respeto, no es muerte. Y no sé si es más incomprensible la vida que la muerte, o la muerte que la vida; en realidad, vida y muerte se copertenecen y quien no entiende la vida no podrá entender la muerte, ni a la inversa. Una de las peores separaciones que solemos llevar a cabo los seres humanos es la disyunción entre ambas, dado el malestar que ante tal disyuntiva nos produce una de ellas, por lo general la muerte. A uno de los filósofos más cobardes que he leído al respecto ha sido a Epicuro, cuyo lema adquirió notoriedad universal y rezaba así: "mientras la muerte no esté, yo estoy; cuando ella llegue, yo no estaré". Por inverosímil que ello pueda parecer, se trata de un consuelo muy balsámico para los más miedosos, y para quienes no cuentan con el libro de reclamaciones de sus deudos y deudores. Viven sin vivir en sí, es decir, sin libro de reclamaciones. Tú dices que no estás, pero ¿y tus amigos, tú que tanto ensalzabas la amistad, farsante?

No sé de dónde le vendría a Epicuro tanto miedo, pero más que a sus tranquilizantes predicaciones se parece a la mala pedagogía con los niños que, por su corta experiencia existencial apenas, pueden comprender la complejidad ni la cercanía del mal; para ellos la muerte, que no entienden porque es una rareza de otros. Pero eso no es hacerse como niños, eso tampoco es la inocencia predicada por Nietzsche, eso es la infantilización y la alienación de la vida.

Para muchos, lo ideal resulta ser paridos entre algodones, y estar lo más lejos posible del hedor de la muerte cuando ésta se nos pega a la espalda. Hasta nos arrancaríamos a tiras la piel de todo el cuerpo para evitar el contacto pegajoso e insuperablemente desvergonzado de ese buitre que viene a roernos las entrañas por la fuerza insuperable de esa horrible contaminación que la Parca impone indefectiblemente. Haría falta un Francisco de Asís para esperar alegre y abrazar a la hermana muerte como parte complementaria de la vida; mucha categoría. Como terapeuta en ejercicio constato ese estrago una, otra, y otra vez. Para alcanzar el desapego de san Francisco ha hecho falta haber amado mucho, pues por lo general la mayoría de las personas se va al otro mundo (si es aquí cabe hablar de "otro mundo", puro eufemismo) a regañadientes y culpando a quien pasaba por allí, ya sea por la brevedad de la vida, o por su inmisericordia con nosotros, pues nos echa al cubo de la basura sin fama ni gloria.

Así pues, lo que la vida nos dio entre alabanzas se lo llevó luego el dolor y la desesperación de la perra muerte. Sicut vita, finis ita: según se vivió, así se morirá. Los verdaderos arrepentimientos de última hora son pocos, pues están signados por un miedo insuperable, es decir, por el deseo de no morir a cambio de la promesa de un arrepentimiento que no suele ser demasiado sincero. Pues, si surte efecto positivo la falsa contricción ante la pelona, la puerca lavada insiste y nos lleva finalmente al vómito, como si a la muerte pudiera engañársela.

En la mesa y en el juego, decían los clásicos de la literatura española, se conoce al caballero, pero sobre todo, creo yo, en la hora de la muerte, la hora de la verdad. Ante ella los jugadores procuran usar cartas marcadas para alargar el juego sucio; antes sucio que muerto. Esto, obviamente, hablando en términos generales, no universales. Cada persona es un mundo. Y dos son dos. Personalmente me encanta visitar los cementerios ahora que ya no temo la muerte, pero las lápidas, como he escrito alguna vez, son auténticos tratados de metapsicología, la mayoría de ellos menos épicos que lírico/dramáticos. Un día damos un paseo y comentamos las lápidas, si ustedes lo quieren; es un gran paseo por la vida; no les cobraré como guía del Hades.

Pero todo esto son filosofemas, y no por leer un denso o florido escrito sobre el morir (la muerte no es morir, morir se acaba) puede uno esperar a concitar la atención del lector. La muerte es tan importante dentro de la vida, que yo mismo llevaba hasta hoy sin escribir una sola letra desde que murió mi esposa va ya para dos meses, algo en mí inexplicable. No me reconozco, sencillamente.

Sin embargo, nadie puede entender su propia muerte, ni la ajena, más allá de los análisis de laboratorio. Eso hasta puede resultar una entre las mil obviedades que la muerte saca a la luz y engorda el cajón de los tópicos. Así que hablo desde una experiencia irrepetible, por mucho que tal experiencia haya sido similar en otros muchos relatos de millones de gentes. Mi esposa Julia solamente tenía una preocupación, la de no ser una carga ante la eventualidad de una enfermedad tipo alzheimer o similares, y pedía al Señor que se la llevara entera de forma fulminante para no molestar a quienes tanto amaba. Ha bastado con un manotazo duro que el Señor lo concedió. Yo acepto la sabiduría de Dios que es mayor que mis doctoradillos y licenciaturitas. El Señor nos la dio, el Señor nos la quitó, gloria al Señor.

Pero tengo un gran pesar, el de no haberme dado tiempo a despedirme de ella con un fiestón por todo lo alto para manifestarle que su vida ha sido una fiesta de fiestas, lo mejor que nos ha pasado a la familia entera, y que mientras ella viva nosotros no moriremos, pues ella y yo somos uno y así será hasta que el Señor me llame. Mi convicción personalista y comunitaria de que la persona es relación, un hapax definitivo, se ha consolidado por encima de la muerte, la salud y la enfermedad.

Para mí vivir sin ella es morir con ella. Y morir con ella esperar también lo eterno. Todo caduca, y yo no voy a ser una excepción. Y todo me sirve, por tanto, a mí también. Pasa un día buscando al siguiente, y pasa el siguiente y siempre es ella misma presencia futuriza. Hasta el futuro es presencia de ella, pero no ausencia de todo, porque ella es mi todo aunque yo haya quedado demediado. Y morir con ella implica esperar también lo eterno. Pues, mi todo está en el Todo del Señor nuestro que nos ha hecho suyos.

Esto parece al final un peñazo de metafísica, pero es un breve epítome de sentimientos al mismo tiempo, incluso con todos sus errores cognitivos y afectivos.Nada quiero devaluar ni derogar. Lo acepto todo totalmente, con la máxima firmeza de la máxima debilidad. El pesimismo tiene un prestigio que no merece, o que al menos yo no le concedo. Para mí vivir sin ella es morir con ella.

El optimismo sólo podría -en pleno sufrimiento- decir algo sobre el amor al prójimo como a sí mismo. No sé si seré un melífluo, pero tengo por un tesoro este poema escocés que mi esposa misma envió a nuestra hija Esther poco antes de morir, y que ésta leyó durante el funeral con determinación a pesar del infinito ahogo de su pena:

Cuando tenga que dejarte por un corto tiempo,

por favor, no te entristezcas, ni derrames lágrimas,

ni te abraces a tu pena a través de los años;

por el contrario, empieza de nuevo

con valentía y con una sonrisa

por mi memoria y en mi nombre,

vive tu vida, y haz las cosas igual que antes.

No alimentes tu soledad con días vacíos,

sino llena cada hora de manera útil.

Extiende tu mano para confortar y dar ánimo

y a cambio, yo te confortaré

y te tendré cerca de mí.

Y nunca, nunca, tengas miedo de morir,

porque yo estaré esperándote en el cielo.

Puedes llorar porque se ha ido,

o puedes sonreír porque ha vivido;

Puedes cerrar los ojos y rezar para que vuelva,

o puedes abrirlos y ver todo lo que ha dejado;

tu corazón puede estar vacío porque no lo puedes ver,

o puede estar lleno del amor que compartiste;

puedes llorar, cerrar tu mente, sentir el vacío

y dar la espalda, o puedes hacer

lo que le gustaría:

sonreír, abrir los ojos, amar y seguir.

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