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TRIBUNA

No es Marlowe, sí es Marlowe

martes 24 de junio de 2025, 20:24h

Un largo adiós (Robert Altman, 1973)

Junto con Holmes, Poirot, incluso Colombo, Philip Marlowe es el detective de ficción por excelencia, al menos para los frecuentadores del género policiaco que entienden ‒y saborean‒ que cine, jazz y esa clase de relatos terminan por lograr un buen cóctel. Desde que Raymond Chandler lo pusiera a fumar en El sueño eterno (1939), pero sobre todo desde su adaptación al cine (1946) con Howard Hawks como director y Bogart como protagonista, este carismático personaje, agrio y sentimental al tiempo, ha ingresado por derecho en el Olimpo de los mitos populares.

A Marlowe el séptimo arte lo ha sabido exprimir con fruición, no sólo a partir de su genuina cantera literaria, sino a través de sus clones e hijastros en letra impresa, cuando no ideados directamente para la pantalla. La novela que más versiones ha gozado o sufrido el paso del celuloide ha sido la segunda de su serie, Farewell, my Love (Adiós, muñeca, 1940), siendo Murder, my Sweet (Historia de un detective, 1944), de Edward Dmytryk con Dick Powell en el papel estelar, la primera en que Marlowe aparece como tal, y Farewell, my Love (1975), de Dick Richards con Robert Mitchum, donde probablemente cuaje mejor la encarnadura tanto física como moral del personaje. Discúlpenme si no me detengo encomiásticamente en los últimos vaciados: Poodle Springs (Bob Rafelson, 1998) con el bueno de James Caan, y Marlowe (Neil Jordan, 2022), con el bueno y algo tristón para el personaje ‒o a mí me lo parece‒ Liam Neeson, tal vez porque no les encuentre esa sutileza tan difícil que le hace decir en Playback (1958): «Si no fuese duro, no estaría vivo. Si no pudiera ser dulce, no merecería estarlo».

Eso aparte, El largo adiós (The Long Goodbye, 1953), la novela magna dentro de las siete que componen el ciclo (excluyendo la inacabada Poodle Springs), sólo cuenta con una versión cinematográfica digna de mención, y en el sentir de muchos fans del sabueso, aun así una experiencia decepcionante. «Éste no es Marlowe», exclaman, y reconozco que fue lo que me vino a la lengua la primera vez que choqué con ella.

Hecha la advertencia, The Long Goodbye (1973), cuya traducción en nuestro idioma trueca el artículo en indefinido ‒Un largo adiós‒, fue dirigida por Robert Altman, niño terrible de Hollywood que ya había aprendido a romper platos con método en su película antibélica (y anti-intervención en Vietnam, vía Corea) MASH, de 1970. Y a primera vista, bien pudiera parecer un mecanismo para desmontar esa «montaña de presunción» (como Chandler califica a Marlowe alguna vez), la figura éticamente irrompible que tantas veces representa. Pero posteriores visionados orillan esa impresión primeriza, pues ‒no conviene olvidarlo‒ el guion es responsabilidad de Leigh Brackett, escritora de ciencia ficción y coguionista de William Faulkner en El sueño eterno de Hawks, la clásica por antonomasia e indiscutiblemente alabada.

Es cierto que Un largo adiós es una cinta lo suficientemente caprichosa como para ingresar alguna vez en el panteón, pero sí va cobrando con el tiempo perfil de película de culto, como demuestra, sin ir más lejos y aunque parezca anecdótico, el creciente número de críticas cinéfilas favorables que van siendo colgadas en las redes.

En principio, este filme asoma como un alarde jovial sin paliativos, lejos de la nostalgia. Altman es un director que se está dando a conocer; Elliott Gould, que interpreta a un Marlowe informal y más blando de lo esperado, es uno de sus actores fetiches, ya destacado en MASH, y John Williams, el autor del blues del tema central, aún no se ha hecho multimillonario enhebrando las bandas sonoras de Tiburón, La Guerra de las Galaxias, la saga de Indiana Jones, Superman, etc. Por si fuera poco, imbuido de la corriente iconoclasta y contracultural de la época, Altman sumerge a Marlowe en esa California de los años setenta que ya ha pasado por Woodstock y que inicia la pendiente desmoralizada y desmoralizadora, colándolo por el cedazo de esa sensibilidad y esa estética. Un sacrilegio para algunos; una prueba de fuego en mi opinión.

Lo que, a mi entender, resulta más sugestivo de esta audacia es descubrir qué queda del Marlowe de una sola pieza tras abandonarlo a la solución del desencanto y el hongo deletéreo de aquel tiempo. No destriparé nada de la novela ni de la película, pues no quiero robar al lector y espectador que no las hayan visitado ni un ápice de su magisterio y suspense (hay de la novela –la mejor del género negro para muchos– varias ediciones, y la película suele estar disponible). Sí puede ser que el personaje del amigable Terry Lennox pierda grandeza en la visión de Altman, y a cambio Sterling Hayden la subraye en su encarnación del escritor Roger Wade; y desde luego Nina van Pallandt está exquisita como la misteriosa Eileen Wade, regalando a los sentidos la mirada de azul aciano con que la pincela Chandler, y cabe incluso que la ambientación contemporánea reste algo de magia (lo que no ocurría por primera vez, pues repetía el recurso de Marlowe, detective muy privado [1969], adaptación de La hermana pequeña, dirigida por Paul Bogart y con James Garner y Bruce Lee, ni más ni menos). Sin embargo, Altman buscó las localizaciones más aproximadas a los escenarios del libro, expresando con ello un respeto evidente (al principio no fácil de reconocer) a la mitología marlowiana.

Algunos de los admiradores, ya digo, renuncian a revisitar este Marlowe demasiado buen chico y amable hasta el azúcar, despojado del empaque del áspero caballero redivivo que Mitchum o Bogart saben volcar del modelo literario. Pero justo por ello, animo a que se acerquen a la epidermis y rastreen de cerca las huellas, las pistas que guionista y director han esparcido para demostrar que la ironía –o aparente distanciamiento– no deslegitima el legado.

Para empezar, el coche del detective es un Cabriolet de los años cuarenta (¡en plenos setenta!), lo que responde a otro tributo no perceptible de buenas a primeras; así también, la puerta del ascensor que lleva al ático donde vive se dintela con un arco dentado, lo que junto con el estrecho pasillo exterior que lo comunica con su apartamento sugiere un perfil almenado que no parece superfluo para un caballero enmohecido, trasladado de la Edad Media. Tampoco Marlowe se apea nunca de una fisonomía única y atemporal: traje y corbata negros ‒una «armadura» liviana, soft‒ y un cigarrillo colgado de los labios, así pasee por el centro de Los Ángeles o por una playa de Malibú. En resumen, tras unos visionados que superan lo aparente, el Marlowe de Altman nos resulta tan encastillado y acorazado como sus ascendentes literarios y cinematográficos, si acaso paradójicamente más alegórico que el propio Bogart; y no sólo por estos indicios sueltos, sino también por rasgos de su carácter como la tendencia a hablar consigo mismo (en lo que se ha visto un intento de sugerir la voz en primera persona del libro) o su amabilidad constante (la cortesía también sabe ser distancia, aparte de algo consanguíneo con la Materia de Bretaña, como manifiesta con unas vecinas casi despojadas de ropa y entregadas a los embelecos del flower power, justo con las que tan poco tiene que ver).

Y es que este muchacho irónico y encantador, tan distinto del sarcástico y duro del personaje de Chandler, ocupa, si bien se mira, el mismo nivel de inadaptado, fuera de ese tiempo y de ese mundo. Tras la fachada de su aspecto y tono casuales, sigue determinado por la fidelidad a unos cuadros de lealtad y honor que ya en los cuarenta y cincuenta del siglo XX se antojaban patológicos en el Marlowe literario, como también se reflejaba en el siglo XVII en la escritura de un manco; no digamos en pleno 2025 (aunque intentemos volver a recuperarlos, al menos unos átomos de su esencia).

Hay quien puede criticar en esta cinta de Altman una cámara demasiado inquieta, ciertas fugas de campo y otras licencias de fotografía; pero no dejan de ser instrumentos de una estética palmariamente diseñada para resaltar el margen; estructuras adjetivales consecuentes con el protagonista, al fin y al cabo un outsider que intenta no traicionar al amigo ni a sí mismo, a contrapelo de los intereses ajenos y de la postura más razonable.

Así, sólo si sabemos rastrear al Marlowe singular e insobornable en este títere aparente de los acontecimientos, no nos causará tanta extrañeza un final tan desproporcionado, tan disímil a la sustancia del personaje a lo largo de la película; un final, dicho sea de paso, que ni el mismo Chandler se hubiera atrevido a firmar.

Alfredo Arias es responsable de la edición crítica de El largo adiós de Raymond Chandler (trad. José Luis López Muñoz): Madrid, Cátedra (Letras Universales, 362), 2005 (2ª. ed. 2012).

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