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TRIBUNA

Solsticio

domingo 29 de junio de 2025, 19:43h

Nos desveló el toque especial que solía dar al servir el cava. Antes del primer sorbo, antes de que la copa fuese retirada de la mesa y saliera de su estado de presentación —atrayente su amarillo albarizo y la espuma que se diluía en la superficie—, añadió un chorro de zumo de naranja, estrujó la mitad del fruto para que se colorease pero no en demasía. Las repartimos, brindamos y felicitamos el aderezo mientras empezaban a buscar listas de canciones que se adecuasen al tipo de fiesta que era, una que quería homenajear a El gran Gatsby y lo fitzgeraldiano, aunque ninguno pecó de ínfulas ni de fanatismos ni tuvieron que romperse las cabezas para estar a la altura del código de vestimenta.

Otra altura, la de la casa en la que nos encontrábamos, era la que merecía todo el protagonismo. El cielo veraniego no permitió que la puesta de sol consiguiera sobrecogernos. Demasiadas nubes entorpecían su caída entre los edificios y la sierra. Destacaban los tejados, los rascacielos y la abundancia de rojos y grises superpuestos sobre el metal de la atardecida. Bebimos, algunos empezaron a bailar, comimos y hablamos mientras poníamos en común nuestras aficiones y coincidencias. Junto al sol, prácticamente invisible, cayeron también varias botellas.

La cena sí que fue acompañada de una actividad especial: volver a ver la versión de Jack Clayton de 1974, proyectada sobre una sábana entre el salón y la terraza, donde nos tumbamos a la bartola para ver y escuchar a Sam Waterston, a Mia Farrow y a Robert Redford, en absoluto silencio si exceptuamos algunos comentarios inevitables que nos hacían convenir que posiblemente la película no haya envejecido debidamente. Atildada, afectadas las interpretaciones, aunque ese bochorno que se reflejaba y el hastío de las fiestas inacabables en el jardín se podía entender sin que los actores estuvieran interpretando nada, si por un segundo nos hubiésemos dado cuenta de que esas mismas eran sus vidas y que no podían quitarse su costumbre de no dejar de actuar en ningún momento. Lo que decía la letra de aquella canción de los Pistones: ‘¿Qué puede quedar?/ Sólo existo yo, tu último admirador./ Vuelve a actuar, sólo para mí./ Diré lo que quieras oír’.

Pasada la madrugada, pasados todos los requisitos que en otros lugares estarían cumpliendo a rajatabla con la festividad de San Juan, nosotros quisimos sumarnos a la tradición y llenamos un cuenco blanco con siete velas de té. En dos turnos, echamos nuestros escritos en pedazos de papel para que el fuego quemara lo que queríamos dejar atrás y lo que deseábamos que las llamas manifestaran con buena fortuna. Unos instantes de genuino paganismo el que vivimos, muy pendientes también de que el suelo de madera de la terraza no terminase hecho carbonilla. Intentamos algunas confidencias, pero las bromas restaron intensidad a lo improvisado. Ninguno pudo decir más. El tiempo sujetó sus bridas. Volvimos a cruzar las miradas para cerciorarnos que seguíamos allí, que el sonido de fondo imitando el mar no había conseguido persuadirnos. Más abajo, el camión de la basura se ocupaba de las calles.

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