Iglesia verdadera
viernes 05 de diciembre de 2008, 00:18h
El conflicto armado del Congo se ha cobrado ya la vida de multitud de inocentes, y ha dejado a otros tantos con secuelas de por vida. Entre ellos, la monja española Presentación López, que perdía las dos piernas al estallar una bomba en la misión en la que llevaba 14 años. Sus primeras manifestaciones tras la intervención quirúrgica a la que fue sometida fueron de pesar, pero no por la imposibilidad de volver a andar, sino porque en su estado tardaría en volver al Congo. Porque Pilar quiere volver. No es un caso único. Como ella, hombres y mujeres de todo el mundo se levantan cada día sin más arma que su fe, con el solo propósito de servir a Dios ayudando al prójimo. La historia está llena de ejemplos. Como el del padre Kolbe, franciscano polaco que dio su vida en el campo de concentración de Auschwitz para salvar la de otro preso, casado y con hijos.
De todos modos, no hace falta irse muy lejos para ver el verdadero rostro de la Iglesia. Parroquias, conventos y monasterios desarrollan a diario una labor sorda, oscura e ingrata, pero también indispensable. Comedores de caridad, albergues, instituciones benéficas y entidades religiosas representan lo que Hans Küng definió como “la cruz en la que Cristo lleva crucificado casi 2.000 años”. Una afirmación muy dura, viniendo de quien viene. Porque sí, la Iglesia tiene fallos. Bastantes. No en vano, está compuesta por hombres. En eso, no difiere mucho de una familia, una empresa, un equipo de fútbol o la plantilla de un hospital. Habrá de todo, como en botica. Igual que en la Iglesia. Pero ocurre que, en su caso, se exige un “plus” de buen comportamiento. Lo cual, por otro lado, no resulta perjudicial, sino todo lo contrario. Es de ley que quien predica, practique con su propio ejemplo.
Y lamentablemente, los ejemplos buenos, que son multitud, no venden. Sí lo hacen, en cambio, los que no los son tanto, y que se encargan de airear quienes se burlan de la religión católica. ¿A qué tanta inquina? La Iglesia ve cómo se le piden cuentas por cuestiones políticas, sociales y morales. Y de algunas de estas causas bien es verdad que debería responder. Pero sin que ello eclipse un ápice la encomiable labor que la mayor parte de sus miembros lleva a cabo. Como Miguel Angel Ruiz, por ejemplo. Miguel es un misionero salesiano español que vive en Lahore -Pakistán- desde hace 6 años. Dirige un centro para jóvenes donde se les enseña una profesión y, previa reválida, salen con un título oficial bajo el brazo. No es un centro privado; allí van chicos con escasos o nulos recursos, que de no haber dado con Miguel acabarían quizá delinquiendo, o algo peor, cayendo en las garras del integrismo islámico. En el centro de Lahore todo es alegría. La irradia Miguel. Su ánimo, sus ganas de trabajar, su franca bondad y sus resultados son un ejemplo para los que nos consideramos católicos. Todo un testimonio. Porque hoy, ser musulmán, ateo o nacionalista da pedigrí. Ser católico parece un estigma, nunca mejor dicho. Y no debe serlo. A propósito, Miguel es del Atleti. Claro.
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Abogado
ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset
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