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TRIBUNA

Traidores reunidos

Juan José Vijuesca
miércoles 02 de julio de 2025, 17:58h

La traición es la continuación de la codicia, como esta, a su vez, es sucesora del odio. De tal manera que Pedro Sánchez, una vez conseguida la amnistía ad hoc para ir cerrando el círculo de sus maléficos propósitos, acto seguido irá a por el referéndum de autodeterminación en Cataluña como broche a su dilatada y nauseabunda obra. Después, no habrá después. La independencia y la España dividida serán el culmen de su traición.

Pero no nos engañemos, la división separatista catalana será selectiva, un acto disgregador y mezquino para que los secesionistas vivan solos en su inframundo, alejados del resto peninsular, aunque ello pueda representar la quiebra existencial para los catalanes españoles que defienden tanto sus raíces como la unidad de España. Nada de esto importa a Pedro Sánchez porque él vive en su egoísmo kármico. No atiende a otras razones que la espiritualidad de su propio hedonismo a cualquier precio con tal de sacar el mayor provecho de su propio yo tan inadmisible como incoherente.

Uno se pregunta en clave de inocencia: ¿Es constitucional aprobar una ley de amnistía para golpistas y separatistas a cambio de su apoyo electoral? Y no se diga que esto es un malintencionado juicio de intenciones. Sánchez proclamó la inconstitucionalidad de la ley de amnistía y cambió de opinión después del fiasco de las últimas elecciones. Dicho en castellano entendible: Lo que no consiguió en urnas, lo posibilitó el prófugo de Waterloo poniendo el precio de una amnistía para él y sus cómplices a cambio de siete votos. Y el presidente, que carece de principios morales, se la ha concedido, con la ayuda del lacayo judicial Conde-Pumpido y sus serviles del Tribunal Constitucional. Esto es exactamente lo que ha ocurrido. Amnistía a cambio de siete votos en el Congreso. O dicho de otro modo: me compro mi poltrona al precio de destrozar la Constitución.

En resumidas cuentas, la sentencia declara la legitimidad de la traición a España y allana el camino hacia un futuro cambio de régimen. Solo queda la foto en Waterloo con don Pedro adorando a Puigdemont, entregándole la bíblica ofrenda del oro, el incienso y la mirra. Es de esperar que en dicho acto el fugitivo golpista, a cambio de tantas “caridades” recibidas, nombre a Sánchez virrey de los siete votos. De ello ya se está encargando el “ilustre” Rodríguez Zapatero, que después de dedicarse a supervisar nubes tumbado en una hamaca, ahora se ha convertido en el perejil de todas las salsas.

A don Pedro no se le ha de callar nombre, ni siquiera el sobrenombre, y no solo por su perfidia, sino también por su inmoralidad política que tanto daño viene causando a España y a los españoles. En él cabe todo; su desdeño y felonía. Él solito se ha cargado la Carta Magna con todos los principios de justicia e igualdad que de ella se desprenden. Y no solo eso, sino que al vender una amnistía a precio tasado, ha puesto en el mercado de segunda mano el valor de nuestra Constitución como si esta fuera una simple novela de Marcial Lafuente Estefanía.

Para quien carece de escrúpulos, le da igual mentir, hacer trampas, no pisar la calle, como estar rodeado de serafines del mangoneo, desleales representantes del pueblo, que se enriquecen en barbecho a través del trinque, el vicio y la corrupción de masa madre, también conocida como erario público. Estamos ante un ego hipertrofiado, que no siente ni padece, y cuya meta central en su vida es no abandonar jamás su palacio. Pero caerá, porque en política, como en la vida, hay momentos en los que las decisiones ya no se toman desde el margen de la estrategia, sino desde el borde del abismo.

El problema actual de don Pedro es la universalidad de su fracaso como político. Está inmerso en el pecado más irracional dentro y fuera de nuestras fronteras. En él ya no cabe ni siquiera la moderación porque la adulación de los suyos está en riesgo de extinción, y cuando esto llegue, y el poder de los responsables y corresponsables pierda su preeminencia, la justicia independiente, jueces y fiscales de honra y valor, que no ponen la mano en el fuego por nadie, serán los encargados de sentenciar a los dioses de barro.

De momento, Santos Cerdán a Soto del Real. «Ahora es el momento de la justicia», dice Pedro Sánchez. Y también de tirar de la manta, digo yo. Caiga quien caiga. Sea quien sea.

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