Ha concluido el Congreso del PP. Lo ha hecho en el claroscuro instalado en la política española, en la que, por lo visto, lo claro es la luminosidad que emite el partido presidido por Feijóo, elegido por su cónclave de una forma abrumadora. No existía candidato alternativo, y los que le puedan disputar a medio plazo su liderazgo se encuentran a la espera de una oportunidad. Un resultado tan abultado -el 99,24% de los votos emitidos- se parecería más a una mayoría búlgara, si no fuera porque, vistas las cosas desde el otro referente político del país -el partido socialista- podría considerarse de mal gusto trasplantar el antiguo comunismo padecido en el Este de Europa, y su manera de establecer las direcciones partidarias, a un PP que aún contiene cierto depósito de sensatez en los tiempos de caos y pesadilla a los que nos vemos deparados.
Me refería a los claroscuros. Y es verdad que lo que se representaba en los mismos momentos congresuales populares en la sede socialista de Ferraz era algo oscuro y tenebroso. Un líder acosado, física y moralmente adelgazado, obligado a prescindir del último de los de Filipinas, el conductor del Peugeot, esta vez por acusaciones de acoso sexual. Constituye, sin duda, el lado más apagado de esta historia. Pero no deja de ser cierto que no todo lo que vimos en IFEMA durante el pasado fin de semana se confunde con la belleza que proviene de la blancura y de la limpieza. Al menos en algunas de las frases que allí se pronunciaron y de las que simplemente no se dijeron, haciendo bueno el dicho de que de aquello de lo que no se habla simplemente no ha ocurrido. Porque vaya sí ha pasado.
Y ha ocurrido que el ex-presidente del gobierno Aznar, poco menos que ha pronosticado -¿sugerido?- la pena de prisión para el actual presidente del gobierno. En esta democracia española en la que los límites entre los poderes del Estado parecen ser tan sutiles que se traspasan de manera más que habitual, conviene recordar que son los jueces quienes envían a la cárcel a los ciudadanos, después de que hayan sido procesados éstos y como conclusión de un procedimiento más que garantista, por fortuna.
Pero es que tampoco, en lo que bien pudiéramos calificar como el congreso de la euforia, se ha dicho nada sobre asuntos que marcan alguna diferencia entre las posiciones liberales y las conservadoras. No se ha aprobado nada en relación con la prestación subrogada -lo que supone que los españoles que la pretendan deberán gestionarla en otro país, como ocurría con el aborto en los pasados tiempos oprobiosos-, nada por cierto respecto de la interrupción del embarazo, tampoco se ha hecho mención a la eutanasia o a la prestación de servicios sexuales remunerados…
El congreso popular ha pasado sin apenas advertir el elefante que vive en su mismo hábitat, no ha querido aclarar qué hará con los votos que sin duda necesitará de Vox. Enredados ahora en la madeja de sus propias contradicciones, los populares no terminan de aclarar si admitirán sólo su apoyo externo, si aceptarán que se integren en su gobierno, o si preferirán a una y otra situación el regreso a las urnas.
La ecuación del “o yo o Sánchez” no vale para todo, aunque a algunos les parezca suficiente. En un sistema político que acaba consumando, a uno y otro lado del espectro, geometrías variables, importa conocer por el elector la estrategia de los pactos poselectorales. Y ya que la Constitución ha quedado a los pies de los caballos por la singular interpretación del Tribunal Constitucional respecto de la ley de amnistía, no sirve de dique de contención asegurar que los pactos a cerrar con los nacionalistas no vulnerarán la norma básica. Es preciso señalar los perfiles y las salvedades que se establecen para que nuestro voto sea algo más que el no a Sánchez, que por lo tanto apoye un proyecto alternativo que sea conocido. En eso precisamente -creo yo al menos- consiste la ilusión que no acaban de concitar los populares.
El PP sale de su asamblea como entraba en ella. Se trata de un partido que se afirma en su indefinición ideológica, porque caben en él los conservadores -seguramente aledaños a los de Vox-, democristianos y liberales -que si éstos últimos no desdeñan el contenido social y el estado del bienestar, podrían considerarse cercanos a la socialdemocracia-… es decir, que cabría en una sola formación política un parlamento prácticamente entero.
Se diría que los partidos se parecen cada vez más a magmas políticos que sólo sirven para acercar a los votantes a las urnas. No hay programas, sólo líderes líquidos de quita y pon; no hay ideas, sólo emociones; no existen propuestas concretas, sólo artificios de reality show… en estas condiciones resulta más que complejo el ejercicio de la ciudadanía, y aún más difícil el de la política activa, de no ser quien se dedique a ella un ser audaz, frívolo o irresponsable… o todas esas cosas a la vez.
No sé si a eso aspira el PP. Lo cierto es que no ha llegado todavía la hora de las elecciones, como ha demostrado el paripé parlamentario del 9 de julio. Conviene no confundir deseos con realidades, y el tiempo en política constituye un factor determinante -aunque se puede maitriser, como dicen los franceses, al modo maquiavélico-. Por lo tanto, la victoria popular no cabe descontarla y aún el estropicio provocado por el llamado gobierno progresista puede sobrepasar mayores y más profundos niveles estructurales.
No soy quién para aconsejar, más aún cuando nadie me han pedido consejo. Pero recomendaría menos euforia, más trabajo y más concreción.