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TRIBUNA

Azul y denso

domingo 13 de julio de 2025, 19:03h

Es un cúmulo de flores enfermas, de rostros lánguidos que miran de soslayo porque están esperando su oportunidad de actuar, no sabiendo si con buenas intenciones. Pero algo en esas miradas, en esos escenarios más o menos frondosos y sensuales, aunque pueden estar más despejados porque solamente la figura que los ocupa ya impone bastante, algo en ellos, decía, nos resulta profundamente atrayente, al menos en mi caso.

Es la baza de las ilustraciones de Aubrey Beardsley, que estos primeros días de verano he tenido la ocasión de observar detenidamente en las páginas finales del libro Aubrey Beardsley. Decadente y maldito, que recoge su vida —junto a un breve escrito de Rubén Darío, aparecido en la prensa a comienzos del siglo XX— gracias a la labor de la editorial Fórcola y del texto a modo de semblanza de Luis Antonio de Villena, experto en la materia y en sacar a la palestra personajes de este tipo; olvidados, raros, malditos a su manera. Artistas y geniales.

Una imagen puede justificar el universo de Beardsley: Pierrot en el jardín nocturno, vagando con sus pesares, obnubilado por una luna de blancor mórbido, pensando en esos grandes nombres trágicos de la literatura —Sigfrido, Arturo, Salomé, Lisístrata—, perfilados con la fineza de sus líneas blancas y negras, emanando de esos dibujos el arrebato, el exceso prerrafaelita, la exuberancia y la mortificación de saber que, detrás de la mano que guio esos trazos, estaba un muchacho que no llegó a vivir lo suficiente, pues era un enfermo crónico de tuberculosis, pero nos dejó un legado dandi insuperable. ‘Extremado estilista’, como escribe Villena. Una joya.

Para que el listón no decaiga, continuando con ese afán de cortedad que inyecta en las letras un poder mayor de captación y elegancia, el primer libro de Ibán Manzano, Las casas que arden, que he leído justo un año después de que se publicase, ya que el hecho de llegar con cierta tardanza a determinadas lecturas no hace que queden desfasadas, bien al contrario; puede dotarlas de un mayor interés por lo que hasta hace nada era un total desconocimiento que ha venido a ser relevado por una fascinación, llena de mérito en este caso.

La literatura de género fantástico o de terror, que es el sustrato en los relatos de Manzano, queda reducida a su mínima expresión, pues los elementos llamativos y distintivos de la misma no se llevan el protagonismo de estas siete historias. Salvando dos excepciones, más cercanas a las peculiaridades estilísticas y los recursos del género, Manzano ha sido lo suficientemente inteligente para apropiarse de lo inherente y esperado en un cuento de terror para dar rienda suelta a sus ficciones. Pasa de forma tan delicada por las situaciones grotescas, paranormales o absurdas que, sin restar ápices, no te deja percibir que ya has caído en la trampa. Del mismo modo que la mujer que comienza a notar que la casa que sus amigas han comprado y reformado es endemoniadamente similar a la que habitó cuando era una niña, con el mismo estupor de sabernos encerrados entre las visiones de un edificio ardiendo, nosotros vamos leyendo y cediendo nuestra credulidad sin posibilidad de ser rescatados.

Manzano es un autor que merece nuestra impaciencia respecto a la espera que tengamos que soportar hasta su siguiente título. El suyo, como el de Beardsley, es de los libros que nos sitúan en ese paréntesis que impide al verano arrastrarnos a su espiral desganada. Nos agradan por recordarnos que permanece en nosotros ese estado de duda recalcitrante en su resplandor azul y denso.

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