Los viajes en el autobús del servicio especial por el cierre de la línea 6 de metro. El cajón de sastre que alberga cualquier transporte público, pero aquí con más facilidad a la hora de poner la oreja en las conversaciones ajenas y captar retazos que no tienen pérdida. Una reciente, con dos amigas adolescentes que iban a pasar su tarde sin plan, sin rumbo, establecidos. Salvaguardado por llevar las gafas de sol para que no se notara mi alucine, ganaron mi atención cuando a una de las dos se le apagó el móvil por falta de batería —su amiga no tenía uno todavía, como dejó caer— y clamaron al unísono: ¡Nos hemos quedado excomunicadas! Uno, inevitablemente, picó el anzuelo y quiso saber más. Por la cuesta abajo del paseo de Extremadura, las quejas de una de ellas sobre lo mal que le trata un novio o rollo o lo que sea, y ella deseándole la muerte, sin reparos, confesando que está harta de que haya vuelto a coquetear con ser trinitario y que menos mal que ellas dos están en el buen camino, frase seguida de una serie de signos que hicieron con las manos que se escapan al conocimiento de los que no estamos iniciados en esas neuras. Se bajaron en Príncipe Pío, mirando la verja de los jardines del Campo del Moro, estando seguras de que habían llegado al parque del Retiro. El trayecto, claramente, tendría que haber durado más.
Dos exposiciones en el Prado. Pinturas de Veronese y un recopilatorio de la devoción por la Virgen de Guadalupe. Arte sacro arriba y abajo, y entremedias la poca convicción que dejaron ambas. Mejor quedarse con la de Veronese, por supuesto. El éxito que disfrutó en vida y la maestría de sus cuadros se refrenan por la corrección que se aplicó. Es magnífico, pero esa cualidad actúa de tope. Ni se pasa ni acaba llegando. La comparación con Tiziano y Tintoretto, presentes en las salas, devalúa sus dotes. Se les acaba prefiriendo. Son mejores, sin duda. Del recorrido por la muestra guadalupiana, excesivamente clerical, la salvedad de un cuadro de Velázquez y uno mejor de Zurbarán. San Diego de Alcalá y las rosas del milagro en el dobladillo de su hábito, dejando en nosotros la quietud con la que fue obrado, permitiéndonos creer por unos instantes y oponiéndose a tanta beatería churretosa.
Este fragmento del segundo tomo de los Diarios de Chirbes: ‘Miro la fecha que anoté en la primera página de este cuaderno [...]. Ha pasado casi un año. Pienso: como mucho me quedan por anotar otros ocho o nueve cuadernos como este; además, para que sirvieran para algo, tendría que conseguir tiempo, calma, de modo que lo que incluyese aquí lo hiciera después de haber meditado, de haber trabajado con borradores, y no escribir así, a vuela pluma, como lo hago ahora. Y, por supuesto, tendría que releer los cuadernos de vez en cuando, utilizar estas notas para algo. Todas las citas que incluyo de los libros leídos son material de trabajo. Una vez escritos, no dejarlos dormir en algún cajón el sueño eterno. Encontrar tiempo para todos esos cuidados. Es el resumen de la vida que me queda, siete u ocho cuadernos, y un mundo que se me escapa, por más libros y periódicos que me empeñe en leer; y una memoria y una voluntad en retirada’. Este fragmento que me lleva a hacerle un poco de caso al mío y a pensar que las visitas tienen ese mismo espíritu veraniego; sin afectaciones, sin importar la hora de llegada y la de salida, placenteramente rutinarias.