Me interesan mucho las novelas históricas, y ya sé eso de que la novela es ficción, pero no me siento cómoda cuando las novelas quieren ser históricas, pero abusan de quimera. Qué maravilla puede ser que nos cuenten en novela esa época terrible que fue la Guerra Civil española; y cuánto mejor vista desde la heroicidad de las mujeres, esa heroicidad de las pequeñas cosas. Pero –y aquí voy a nombrar una grande que no querría comparar–, cuando leo esos maravillosos episodios nacionales de Almudena Grandes, yo no me cuestiono la realidad o no de los personajes; me creo su verosimilitud.
Aquí, Fermina Cañaveras no consigue que yo me crea su historia. En los agradecimientos consta un Martos, el mismo apellido que lucen los protagonistas, el matrimonio de tenderos, su hija y su nieta, pero con todo y con eso, lo lamento, no me he creído la narración. La truculencia con que cuenta algunos episodios que son violentos se queda en eso, truculencia no creíble. El juego de traiciones y de espionaje entre un bando sé que existió, por supuesto.
No parece muy fidedigna la documentación ni la escritura utilizada. Ese “al lío” que dicen ahora nuestros jóvenes no me cuadra en 1960. Y si necesitan que aporte un ejemplo concreto, tomen la transcripción literal de una anotación del cuaderno del tendero Martos, digo «el hijo de puta de Félix» como lo menciona la autora mientras el infiltrado Ruperto Cuevas copia esa hoja (páginas 222 a 224), en que es tan burda la escritura como para nombrar al «enano de Franco y sus militares» mientras se detiene en describir como si el cuaderno fuera una novela la explicación de sus reuniones clandestinas: «Las compañeras se acercaron al ultramarinos; la abeja reina decidió reunirlas en domingo para colaborar en la organización de la población civil que residía en Vallecas y salvar sus vidas. Pronto llegarían esos aviones a sobrevolar nuestras cabezas...»
La autora cree que necesita situarnos en la historia; algo que yo todavía no he hecho. Una tienda de ultramarinos en Vallecas es el reducto donde organizar actos de resistencia, durante la guerra, y donde confluyen una serie de diablos rojos y de encubiertos fascistas del Auxilio Azul. Por supuesto hay todo tipo de violencias y venganzas, y sus consecuencias, porque la novela se extiende a los efectos de tanta maldad en la represión franquista de posguerra. El arco cronológico va de 1938 a 1960.
Y tampoco he dicho el porqué del título, que se nos cuenta también con todo detalle. En esta novela no hay que pensar ni elucubrar nada; es una historia que se nos cuenta completa, sin que tengamos que intuir ni imaginar. Incluida toda la violencia, que después de tantas películas, intuimos no creíble. No creo que un simple navajazo seccione un órgano viril con la facilidad con que nos lo cuentan.
Como decía sobre «las que sobran», Aurora, un personaje con importante presencia, lo explica: «—Hace muchos años, cuando creía ciegamente en la gloriosa causa y trabajaba como infiltrada de la Quinta columna, una mujer tan odiosa como Ruperto me dijo: “Tenemos que ser mejores que la mejor camarada, para ellos somos las que sobran, y las que sobran estamos plenas de fortaleza y templanza”». Esas son las que bailan, según el título, con una manera simpática de marcar las partes de la novela, según cómo va el baile.
Ruperto Cuevas es ese otro infiltrado, el Innombrable para las mujeres que lo han padecido, y el protagonista de tanta sordidez, como victorioso cabecilla que logra un importante cargo de esos que llenaron los sótanos de la DGS de torturados. Por suerte, nos espera final con sorpresa, la narración se mantiene, aunque se parezca demasiado al final de su otra novela tan leída, aunque controvertida, El barracón de las mujeres.
Por cierto, si la autora es una afamada historiadora y trabaja para la Memoria desde la UNED, ¿dónde están sus investigaciones previas? Aparte de estas dos novelas, en la red es la gran desconocida. Y acabo con un ruego: Espasa, gran editorial, por favor, no nos someta a la tortura de los errores ortográficos. Las comas fuera de lugar tienen mucho de subjetivo, pero la falta de acentos necesarios no. Y eso se resuelve sólo con una adecuada corrección.