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LETRAS, CEROS Y UNOS

Breve filosofía de las colas

lunes 28 de julio de 2025, 20:28h

Una profesora de la Facultad solía hablarnos de la filosofía que hay detrás de las colas. Las que hacíamos para entrar al aula o ante la máquina de café. “Hace años las colas daban miedo”, decía, “porque recordaban a la URSS”. No se refería solo al desabastecimiento, sino a su carga simbólica: la cola como fracaso del sistema, como castigo, como control externo del tiempo y del cuerpo.

Hacemos cola en los peajes, en el súper, en los conciertos, en los atascos, para matricular a la niña en natación y a la abuela en gerontogimnasia. Incluso existen ya colas virtuales. Y, sin embargo, las asumimos con normalidad. Las aceptamos como parte del contrato social. Nos desesperan, pero no nos escandalizan.

En la cola no hay atajos. No puedes cerrar sesión. No puedes adelantar. Si flaqueas, pierdes: si te distraes, si te haces pis, si te olvidaste algo. Estás preso en su lógica. Como escribió Muñoz Molina: “Lo que tarda tanto en llegar es igual que si no hubiera llegado, peor incluso”.

Kapuściński, en Ébano, cuenta cómo la aparición de garrafas de plástico revolucionó la vida en ciertas aldeas africanas. Las mujeres, que hasta entonces hacían largas colas con cántaros pesados, empezaron a dejar su garrafa marcando el turno. La fila seguía existiendo, pero ya no requería presencia física. Un gesto mínimo de libertad. En los colegios podemos ver algo similar cuando los niños ponen sus mochilas en la fila para reservar el puesto de subida a las clases. Las filas, las colas, los turnos, son algo que mamamos desde pequeños y que ya son inherentes a nuestra condición humana moderna.

Sorprende, aunque ya no tanto, comprobar que hoy basta con pagar para esquivar la espera. Como en los parques de atracciones, donde el fast pass permite saltarse la cola de los demás, esos otros sin medios, pero con la misma prisa. También en aeropuertos, autopistas o conciertos se compra ya el privilegio del tiempo. Una fila exprés, un acceso prioritario, una espera abreviada. El dinero, que no compra la felicidad, parece sí poder comprar minutos. Y esa posibilidad altera algo profundo, porque lo que antes era experiencia que medía por el mismo rasero a todo el mundo se convierte ahora en filtro social.

La literatura también está llena de colas: La autopista del sur de Cortázar, Crónica de una muerte anunciada, Snuff... En ellas, la cola no solo simboliza la espera, sino la tensión entre lo individual y lo colectivo, entre el deseo y el tiempo impuesto.

Quizá por eso, cuando me detengo en una cola absurda —en una autopista, un túnel, una taquilla—, me esfuerzo por analizar el instante. Observo reacciones, formas de distracción, conversaciones y analizo filosóficamente el estado en el que estoy y lo que me rodea y pienso que el tiempo, nuestro bien más escaso, sigue escurriéndose. Y entonces pienso en Esperanza, mi profesora, hablando de la URSS, de las colas, del hambre, de las garrafas africanas, de Venezuela, donde un tonto afirmó que las colas eran bienvenidas porque ayudaban a socializar, y escribo esto porque entiendo que no son una anomalía, sino una grieta social que se da en todos los lugares y en todos los momentos. Un sumidero donde aún se cuela, en forma de sarcasmo, lo más oscuro y persistente de nuestra condición humana.

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