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TRIBUNA

La inteligencia artificial y la inteligencia natural

viernes 01 de agosto de 2025, 18:33h

Existen varios tipos de inteligencia artificial:

Sistemas que piensan como humanos: automatizan actividades como la toma de decisiones, la resolución de problemas y el aprendizaje. Un ejemplo son las redes neuronales artificiales.

Sistemas que actúan como humanos: se trata de computadoras que realizan tareas de forma similar a como lo hacen las personas. Es el caso de los robots.

Sistemas que piensan racionalmente: intentan emular el pensamiento lógico racional de los humanos, es decir, se investiga cómo lograr que las máquinas puedan percibir, razonar y actuar en consecuencia. Los sistemas expertos se engloban en este grupo.

Sistemas que actúan racionalmente: idealmente, son aquellos que tratan de imitar de manera racional el comportamiento humano, como los agentes inteligentes.

Otra clasificación de la IA es aquella que atiende a su propio proceso de conformación de la misma, y en la que se distinguen tres tipos:

Inteligencia artificial específica o débil, aquella que tiende a imitar los procesos cognitivos del ser humano en una o varias actividades concretas fundamentándose en una aproximación inductiva ascendente (botón – up) y simbólica. Ejemplos de IA débil son los asistentes virtuales (Siri, Alexa, Cortana) los reconocimientos biométricos, los filtros de spam o muchas de las ayudas de vehículos o electrodomésticos.

Inteligencia artificial general o fuerte, que dota a la máquina de conciencia y capacidad de resolver de forma autónoma, cuya aproximación es deductiva ascendente (top-dow) y subsimbólica. Su capacidad de aprendizaje y cognitiva es muy alta, imitando a la inteligencia humana.

Superinteligencia, aquella que supera a la inteligencia humana y que escaparía al conocimiento humano. Suele identificarse también con el concepto de singularidad. La máquina que es consciente y autónoma no depende del ser humano, tiene plena independencia o libertad para tomar sus decisiones. Se le denomina también autoconciencia. Este tipo de IA, aunque tiene algunos desarrollos, es incipiente, y tal vez por ello la que más recelo despierta entre los científicos[1].

Como puede verse, todo un cosmos abierto por el ser humano añadida a la clásica, donde cabe toda forma de deshumanización: aquella noche el esposo confiesa a su esposa; “lo siento, te has acostado con una máquina igual que yo”, a lo que responde la esposa: “¿ah, tú también?”. De hecho, se trata de incompatibilidades extragenéricas: “un pulpo extremadamente inteligente que vive en las profundidades del mar que separa ambas islas descubre el hilo del telégrafo por el que se comunican los náufragos y se conecta a él. El pulpo no sabe nada sobre lengua, ni sobre la vida en las islas, ni puede ver a los náufragos, pero a fuerza de escuchar las conversaciones entre los náufragos, aprende los patrones de comunicación entre ambos, hasta tal punto que cuando uno de los náufragos manda un mensaje, el pulpo es capaz de inmiscuirse en la conversación y suplantar al otro náufrago proporcionando una respuesta lo suficientemente adecuada y relevante como para que el otro náufrago no detecte el fraude. Pero imaginemos que un día uno de los náufragos es atacado por un oso y pide ayuda al otro náufrago a través del sistema telegráfico: “¡Socorro! ¡Un oso me está atacando! ¿Cómo puedo defenderme?’. El pulpo, que hasta ahora había logrado inmiscuirse en las conversaciones entre los náufragos sin ser descubierto, se encuentra ante una situación nueva: no sabe qué cosa es un oso, ni puede proponer instrucciones para construir un sistema de defensa, ni tiene capacidad para inventar una solución creativa. El pulpo, por hábil que haya sido imitando las conversaciones entre los náufragos, no entiende nada de lo que ha estado diciendo. El pulpo solo ha estado repitiendo los patrones de conversación entre los náufragos que vio previamente y será incapaz de proponer soluciones adecuadas ante esta situación porque reconocer patrones en secuencias de caracteres es muy diferente a comprender el significado de esas secuencias. La moraleja de este experimento mental es que un sistema computacional expuesto exclusivamente a frases y palabras, pero desprovisto de un contexto anclado en el mundo que asocie la forma al significado no podrá nunca aprender

verdaderamente el significado del software en el código de programación de cada máquina fabricada y así se evitaría la rebelión cosas”[2].

Para evitarlo en lo posible, hace varias décadas que Isaac Asimov[3] introdujo estas leyes tratando de normalizar en lo posible la heterogénea interacción entre robos y humanos. Primera ley: un robot no hará daño a un ser humano ni por inacción permitirá que un ser humano sufra daño. Segunda ley: un robot debe cumplir las órdenes dadas por los seres humanos, a excepción de aquellas que entren en conflicto con la primera ley. Tercera ley: un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o con la segunda ley. Asimov creyó un poco más adelante que era necesaria una ley superior a las anteriores: Ley cero: un robot no hará daño a la humanidad o, por inacción, permitirá que la humanidad sufra daño. Ni el buen robot es robot bueno, ni lo es por tanto el hombre robotizado. No basta lo humaniforme lo humano, ni un robopsicólogo que pueda restaurar su relación cuando ésta se tuerce ni siquiera con el VChatPGT. Por eso los humanistas del apocalipsis tecnológico plantean la extinción de la humanidad como consecuencia ineludible de la aceptación y uso de la inteligencia artificial y la robótica.

En realidad, el humano no tiene miedo a que la IA acabe siendo demasiado inteligente, demasiado invasiva, demasiado maligna o incluso demasiado útil. Lo que le aterra es que la inteligencia, la creatividad, las emociones e incluso la propia conciencia sean demasiado fáciles de crear, que los aspectos de la humanidad que más valiosos parece acaben siendo una mera serie de trucos, que un conjunto superficial de algoritmos de fuerza bruta pudiera explicar el espíritu humano[4]. En nuestra modesta opinión antropocéntrica, una persona robotizada es el peor estorbo para su propio destino: “lo esencial de una costumbre, de un rito, de una regla de juego, es el gusto que dan a la vida, es el sentido de la vida que crean”[5]. Dicho de otro modo, “lo maravilloso de una casa es que haya depositado lentamente en nosotros provisiones de dulzura”.

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