El sentimentalismo, un producto de la eticidad nihilista, es extremadamente ilógico y absurdo. Su portador es un sujeto que abomina del sentimiento profundo, aquél que, formando parte del
ordo amoris, nace de la preocupación por el otro, con el que compartirá las alegrías y los dolores y actuará consecuentemente. El individuo sentimentalista es un ejemplo de que quién presume de amar a la humanidad, menos voluntad tendrá de ayudarla. Cuanto más exprese su amor por el género humano, en igual proporción reducirá su atracción por las realidades individuales. Cuanto más grande sea la carga ideológica que posea, más significativo será el deseo por hacer desaparecer a quienes no comparten sus intereses.
Un individuo ideológicamente sentimentaloide no se obliga a casi nada, salvo activar a borbotones las glándulas lagrimales como manifestación externa de una fingida sensibilidad solidaria. Su activismo es el gesto superficial, las manos blancas, el disfraz de pacifista silencioso con un autocontrol interesado. Su dolor durará un instante, el mismo tiempo que su preocupación por la humanidad –el teatrillo solidario y grosero-.
La calculada o espontánea pose es la proyección inhibida de su vacío interior, acogido a la desmemorización selectiva y a la sensibilidad inauténtica, expresión de su corrompida conciencia, que siempre quedará inmovilizada ante cualquier tragedia si sabe que de ella no podrá extraer ciertos beneficios.
¡Cómo no entender que este prototipo de individuo se muestre tan benevolente con los criminales, y preocupado por defender sus derechos, a la vez que oculta una insensible indiferencia con las víctimas! ¡Cómo no creer que un individuo afectado por la moralina no acumulará suficiente odio e indiferencia hacia los que no compartan sus intereses! Cuando las circunstancias lo propicien, su sentimiento más innoble y negativo le llevará a desear la desaparición del disidente, desproveyéndole de humanidad. Estos sujetos sentimentales poseen una conciencia pasiva afecta al poder ideológico, por lo que no dudarán en apoyar la premisa: el buen fin humanitario justificará cualquier crimen y apoyará la utilización de todos los medios necesarios para su materialización.
El individuo sentimental se mostrará ajeno a los límites racionales, propenso a progresar en la estupidez –uno de los efectos principales causados por el ideologismo postmoderno- y a separarse gradualmente del sentido común, aceptando la comodidad del consenso
social que en síntesis es un modo de repartirse los cargos institucionales y otros muchos beneficios, desposeyendo de soberanía al pueblo.
Bajo el imperio del bien (Ph. Muray), el humanitarismo y el sentimentalismo son acoplados moralismos, uno de cuyos fines será alcanzar el igualitarismo universal – comunismo de los afectos-y llevar a cabo todos los constructos sociales que se le ocurran. El poder ideológico y político ha descubierto con el humanitarismo uno de los mejores medios para imponer una nueva tiranía. Este moralismo totalitario se ha hecho un maestro de la persuasión, la manipulación, y sobre todo de la mentira, al carecer de unos principios estables –relativismo axiológico-, lo que favorece un ejercicio del poder sin controles ni vigilancia. Le bastará justificar sus acciones con palabras –la voluntad de poder, el poder como voluntad del fuerte-, ya que cuenta con que previamente habrá deseducado e idiotizado a buena parte de la sociedad.
El poder moralista ha implantado una ética política de circunstancias para acabar con el mal -el deseo roussoniano que justifica el Estado Moral-. Puesto que en las sociedades habrá personas que no admitirán el falso ejercicio ético del poder, ni estarán dispuestos a ser sojuzgadas, el mando ideológico se impondrá haciendo uso de unas fuerzas disolventes. Según sea la gravedad de la situación el poder humanitario responderá a los discrepantes con una “suave” o dura represión, consistente en forzar, en mayor o menor medida, la tortura silenciosa y sistemática sobre las conciencias.
Una de sus actividades principales consistirá en descomponer el éthos de las ricas culturas occidentales con las manipulaciones oportunas. Servirá la ingeniería educativa burocrática, desestructuradora de la persona; la pedagogía, para mantener al individuo eternamente en la adolescencia; la psicología, cuando se utiliza para expurgar al ser humano de su naturaleza; la sociología y la publicidad como otros recursos útiles para eliminar la realidad y la verdad. En la misma línea, uno de los propósitos más inmediatos y concretos consistirá en bloquear la conducta instintiva natural del individuo, así como la reflexión y el sentido común. Y para completar la intervención “salvadora”, se le conminará a dejarse llevar por los apetitos y pasiones, que reclamará un cuerpo reciclado para el consumo -un paso más en la degeneración de la révolution introuvable (R. Aron)- , cuyo objetivo final será crear individuos automatizados.