No conviene albergar esperanzas ante la reunión entre Trump y Putin que se celebrará “en unos días” todavía no se sabe dónde. Para empezar, el sátrapa ruso ha vetado la presencia de Zelenski; de modo que la paz en Ucrania se abordará sin la presencia del país invadido por el Ejército del Kremlin. Aunque más que avanzar hacia la paz, el presidente americano se conforma con llegar a un acuerdo sobre una suerte de tregua para poder alardear de su influencia mundial, mientras el mandatario ruso busca zafarse de su aislamiento internacional por cometer “crímenes de guerra” y frenar el aluvión de sanciones económicas que estrangulan la economía de su país.
Pero poco más se puede esperar de esta cumbre por mucho que haya levantado la expectación y hasta la esperanza de algunos. La ausencia de Ucrania y de los dirigentes de la UE demuestra que Trump y Putin pretenden repartirse el país invadido a su antojo. El Kremlin ya ha dejado claro que, como poco, exige mantener su presencia y soberanía en los territorios ocupados por la guerra, además de vetar la entrada de Kiev en la OTAN. Y, como decíamos, el presidente americano se conforma con reforzar su imagen de estadista y eludir los estragos del caso Epstein que le atizan.
Tal para cual, a Trump y Putin poco les importa la tragedia del pueblo ucraniano que sufre los incesantes bombardeos del Ejército del Kremlin. Sólo se reúnen para obtener el reconocimiento internacional por sus supuestos esfuerzos en alcanzar la paz. Y, lo más inquietante, se reúnen con el propósito de acordar una suerte de alianza soterrada para que cada uno tenga vía libre en sus pretensiones expansionistas que pasan por torpedear el desarrollo y prosperidad económica y política de Europa, el objetivo a batir por ambos, su gran enemigo. Ucrania es lo de menos. Aunque, en el mejor de los casos, se podría alcanzar algún tipo de acuerdo sobre una tregua temporal en el país invadido. Y así saldrían de la cumbre como hombres de paz. Pero tarde o temprano, volverá la guerra.