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TRIBUNA

Andanzas zamoranas

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 08 de agosto de 2025, 19:45h

Me acerco con mis amigos José Rivela y Yasmina al Monasterio de Moreruela para gozar de la belleza casi milenaria de sus ruinas de perfectos sillares devastados, primorosamente labrados, que aún componen volúmenes eurítmicos y ritmos misteriosos de simetrías. Maestros canteros enseñados por ángeles menestrales y pilotados por el magister operis, Pedro Moro, crearon un complejo de armonía vitruviana, con su venustas, firmitas y utilitas, que aún no han podido arrasar los tiempos de barbarie política, restauración bárbara, corrupción administrativa y antiguas desamortizaciones. Arcos escarzanos que conducen a secretas umbrías en donde se oye el perturbador trabajo de masas de insectos; la parte trasera de la cabecera de la iglesia es una tarta hecha a los habitantes del cielo. En el cubículo escalonado del refectorio en el que hacía su función el declamante anagnostes, Esténtor con hábito cisterciense, en su hornacina, ha crecido el polipodio alimentado por lecturas eternas. En algunas de las celdas monacales permanecen las baldosas de cerámica roja con el sello del alfarero. La Arquitectura es un arte que, como tal, forma parte de la cultura, y ya Jakob Burckhardt nos había prevenido de que la cultura es la única potencia dinámica de la Historia, frente al Estado y la religión, que son potencias estables. Es una pena que la Junta de Castilla-León, por puro aldeanismo, se arriesgue a convertir estas joyas en ilusiones ópticas de la historia local o regional. La cultura, que no es necesariamente universal, representa el movimiento y la libertad. La Junta prefiere, festoneándolos, falsear con fealdad técnica los vanos de las ventanas que restaurarlos mediante un proceso de concienzuda anastilosis. Claro está que es más sencillo el cemento, la escayola o el hormigón que rastrear los materiales hacinados. Es así que es absolutamente innecesario que se rebaje el cromatismo de sus pérfidas restauraciones, dado que el horrísono feísmo de sus trabajos las hace muy perceptibles. La arquitectura medieval ha elevado el contenido de la religión a la eternidad, en que desaparecen los dogmas transitorios, y de ese contenido ha surgido la forma interna del arte sublime, como lo prueba esta gran arquitectura eclesiástica. Por otra parte, la suplantación de la religión por una moral filantrópica debe ser justamente combatida por los auténticos representantes del espíritu occidental. En este paraje arqueológico casi abandonado – un guarda de origen alistano nos pregunta de dónde venimos y nos informa de que los mejores meses el Monasterio recibe 900 visitantes al mes -, sin un triste tríptico que nos explique qué cosas es la que estamos viendo, hay parejas de novios que vienen a hacerse los reportajes de boda, porque siempre quedan muy guapas las novias en un contexto de antigua belleza monumental y religiosa. Para algo sirven en la barbarie moderna estas ruinas.

También paramos en las cercanas ruinas de la misteriosa ciudad abandonada de Castrotorafe, asentada en la mansio romana de Vico Aquario, con su acrópolis dominando un gran meandro del río Esla, visitada por uno ya varias veces en la lejana juventud, y que invita al vuelo de la imaginación histórica en forma de poesía. Cuando Aristóteles afirmaba ya que la poesía es algo más profundo y más filosófico que la historia, expresaba una verdad incontestable. En vez de gastar algo de dinero en la restauración y expropiación de terrenos para su investigación, se prefiere levantar dos grandes cipos, en los que uno exhibe una parrafada sobre la paz y, otro, nombres de notables pacifistas mezclados con otros de corruptos e inútiles vanidades. Buen lugar para la micción. En este yermo de almas vivas uno podría hacerse consideraciones sobre la dicha y la desdicha históricas, y jugar con las hipótesis retrospectivas. Castrotorafe, como las colinas que hoy guardan los tesoros inmortales de Cartago, Troya o Micenas, nos enseña en su desapacible dureza que lo propio de la Historia es el dinamismo, la mudanza, el cambio, la peregrinación y las migraciones. Pensábamos que el exvoxista Gonzalo Santonja se ocuparía de cuidar con primor las más venerables ruinas de la región castellano-leonesa – lo muerto aquí es mucho más bello que lo vivo -, pero no sólo fue desleal con Vox, al que se arrimó con cálculo para conseguir la consejería, sino que demuestra que su único interés era él mismo. Político español en estado puro.

Tras la comida de bacalao al ajo arriero buscamos la sombra amable y un banco municipal en el Bosque de Valorio. Decía mi gran maestro Agustín García Calvo que los zamoranos deberíamos cuidar este entrañable paraje con celo y cariño, pues que durante muchos años aquí, en este bosque, los zamoranos engendraron a muchos de sus primogénitos. Bosque de amores juveniles que quizás haya instilado con las cornejas y ardillas su embrujo singular en la estructura más íntima de los zamoranos. No sabemos hasta dónde puede repercutir la geografía de la gestación, su locus amoenus, y hasta qué punto Valorio ha diseñado el arquetipo de los zamoranos.

Jose y Yasmina, quizás ya algo cansados por el sol, vuelven a la preciosa estación de tren de Zamora, en la que el AVE los devolverá pronto a Orense, un AVE que sólo se digna parar en la capital de Zamora, surcando con desprecio las demás grandes poblaciones de Zamora. Pensábamos que el AVE iba a servir para fomentar el crecimiento de la zona. Pero qué tontería, ¿cómo va a pensar la Administración en mejorar la vida del pueblo?

Nos despedimos de Zamora hasta la próxima haciendo el camino del contrabandista, diez kilómetros de belleza montaraz, entre Alcañices, noble marquesado en el que se comen los más sabrosos borrachos, y Sâo Martinho de Angueira. Los robles y el agua, las flores y los lobos, los pájaros y los mosquitos, y ni siquiera las piedras de los molinos y los pequeños peces que viven en el río que marcha a Portugal contento no se distinguen aún nacionalmente. Qué gran país es Portugal. A ver si nos echa una mano a los habitantes de este lado de la raya.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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