España arde por sus cuatro costados. Los expertos aseguran que las intensas lluvias de la primavera y las altas temperaturas han supuesto que los incendios resulten difíciles de sofocar. Los afectados acusan a las autoridades, generalmente (in)competentes, por no haber tomado las necesarias medidas de prevención. Y nuestra clase política -empezando por el inefable ministro Puente- reacciona a través de comentarios sarcásticos del peor de los posibles estilos, como si nada de lo que ocurre afectara a sus responsabilidades, ya sean éstas mediatas o inmediatas.
Es una oportunidad perdida -otra más, ¿y hasta cuándo?- para que nuestros políticos abandonen sus aburridas querellas y se (auto)convoquen a adoptar las actuaciones que de ellos se esperan. “No se trata de sofocar el incendio de hoy, o no sólo, se trata de evitar el que vendrá en 2026”, ha expresado, con buen juicio, uno de los alcaldes de los municipios afectados.
El sarcasmo de Puente debería constituirse en una excepción. Pero no es así. Es una gota de agua en el océano de la mala política que corre el peligro de hundirnos hasta el fondo, de no mediar el buen sentido y la paciencia de los ciudadanos. Se distingue el ministro del resto de sus compañeros por su sobreactuación, pero es bien cierto que sólo ha conseguido la victoria en la photo finish de la competición por el premio al desatino por el que contienden estas gentes que piensan que todo vale en la carrera de desprestigiar al contrario.
Empezaré por afirmar que ese contrario al que pretenden zaherir no son sólo sus adversarios -o enemigos ya, en este retorno a los viejos tiempos en los que no compartíamos marco político y reconocimiento del otro, como eventual poseedor de al menos una pequeña porción de ese imposible absoluto que es la verdad-. Los contrarios lo son también sus votantes, los vecinos que asisten desconsolados al incendio de los bosques que circundaban sus casas y que hoy se han convertido en un ceniciento arenal, las personas que observan aterrorizadas el avance de las llamas hacia sus viviendas, unas casas que contemplan con una mirada repleta de dudas acerca de si estarán ahí cuando regresen, en tanto que alguna autoridad les encamina hacia un pabellón municipal cualquiera. Los contrarios son también los bomberos, miembros de la UME, los voluntarios que se juegan la vida -y a veces la pierden- en la extinción de esos incendios.
No es aceptable en democracia la carencia de respeto, cuando no el insulto, hacia los conciudadanos, máxime cuando están atravesando unos momentos de angustia, provocados -hasta cierto punto al menos- por la incuria administrativa y la desidia de quienes bien pudieran suponer que el estado de cosas llegaría hasta donde ha llegado.
Podrían quizás reservarse algunos litros de los depósitos de agua que reducen el incendio hasta su estabilización para enfriar la temperatura asfixiante de nuestra convivencia política -una convivencia que es ya un oxímoron si se aplica al fenómeno de lo público-. Recuperar el respeto, reconocer en el rival a un adversario -que no enemigo- supone considerarse, respetarse a sí mismo.
Pero esta afirmación no deja de pertenecer a esa especie desaparecida ya de la política actual, la que apela a los procedimientos que nos distinguieron como modelo frente a quienes consideraban el llamado laberinto español como de imposible solución, y que apenas cuarenta años después vienen a recuperar la razón.
La diferencia quizás es que todos volvemos a ser iguales, como proclamaba el Orwell de Animales en la Granja. Nos parecemos a franceses y a americanos, olvidados unos de la tríada de la igualdad, la libertad y la fraternidad, lo mismo que los otros de la llamada Democracia en America que provocaba la admiración de Tocqueville. Y no sabemos si muy pronto suecos, noruegos y holandeses se unirán al cortejo de los que hacen de modelo de conducta política el insulto.
Habría que extraer recursos de las partidas de la llamada memoria democrática para celebrar congresos, simposios o seminarios en favor del respeto político. O, mejor que eso, no hacer nada y empezar por practicarlo. Que en los cuarteles generales de los partidos se enseñe a utilizar las redes sociales para convencer y no para atizar el fuego, que en los medios de comunicación se establezca la práctica de la información objetiva y el respeto en la opinion, y que no se deslicen juicios entre la relación de los hechos, que quienes se salten las reglas de la convivencia sean acreedores del rechazo cuando no del desprecio general, que todo eso se enseñe en los colegios y universidades.
Y que nos asomemos a la desgracia de unos cuantos como si fuera ésta parte de la propia, observando siempre la pena del que sufre más que nosotros. Desterrar el sarcasmo y practicar el buen gusto.
Nada más. Y nada menos.