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TRIBUNA

Nenia por un patriota

domingo 17 de agosto de 2025, 19:31h

Bajo este calor de agosto, cuando apenas se habían desvanecido los vuelos fugaces de las Perseidas, se consumaba en el cadalso de Roa de Duero uno de los hechos más vergonzosos de la historia de la nación y, a mi parecer, también sino de cuánto sucederá en los dos siglos que han transcurrido ya desde aquella aciaga tarde. Juan Martín El Empecinado, a quién, salvo su vehemencia y su inabdicable independencia, poco puede reprochársele; ni crueldades, tan propensas en el ejercicio irregular de las armas, ni tampoco la rapiña desmesurada, pues sus botines se atuvieron siempre a lo estipulado por la Junta Central y de la Regencia; y acaso, revolviendo aquí y allá, solo le encontrásemos una lacha: su pasión por las mujeres. Los tres hijos concebidos fuera del matrimonio y aquel primerizo secuestro, cerca de Carabias, de una aristócrata francesa, que penó con cárcel en El Burgo de Osma, son prueba de esta mácula —si cupiese considerarla así por alguien—; pero nada más hay que pueda ensombrecer su peripecia en defensa de la patria, y sobre esta, de la libertad de los españoles. Y, sin embargo, como una bestia sanguinaria, amarrado de brazos y tirado desde un caballo, fue llevado desde Olmos, donde se le capturó —cuando se creía amnistiado por Fernando VII—, la noche del 22 de noviembre de 1823, en casa de su hermano, hasta Roa de Duero, donde, tras subirlo a un tablado para el vilipendio y la laceración pública, padecería diecinueve meses de presidio en un torreón y, por medio, juicio sentenciado ya por aquella frase del rey felón: «Ya es tiempo de […] despachar al otro mundo a Chaleco y al Empecinado»; luego, vino la ejecución injuriosa de malhechor —como al mismo Riego, dos años antes, en Madrid—, con paseo sobre un burro desorejado y entre una multitud venida para desfogarse y complacerse con su óbito, hasta que llegado al pie del cadalso, «dio tan fuerte golpe con las manos, que rompió las esposas —según relata con vil gracejo el alcalde de Roa—. Se tiró sobre el ayudante del batallón para arrancarle la espada, que llegó a agarrar; pero no pudo quedarse con ella porque el ayudante no se intimidó y supo resistir. Trató de escapar entonces en dirección a la Colegiata y se metió entre las filas de los soldados […] Por fin, los voluntarios realistas pudieron sujetarlo y lo colocaron en el mismo sitio donde estaba cuando rompió las esposas, esto es, junto a la escalera de la horca. Los sacerdotes intentaron exhortarle, pero, viendo que no les hacía caso, y, por el contrario, parecía burlarse, el fray Ramón, dirigiéndose al público como si echase una plática cristiana, gritó:

—¡No recéis por este perverso, que muere condenado! [...] Entonces, para evitar forcejeos y trabajos, se trajo una gruesa maroma y se ató por medio del cuerpo, y así se le subió hasta el punto donde tenía que hacer su trabajo el ejecutor de la justicia, que, ayudado por algunos voluntarios realistas, le sujetó fuerte, cogiéndole por los cabellos, y le preparó bien los cordeles [...] y quedó colgado con tanta violencia que una de las alpargatas fue a parar a doscientos pasos de lejos, por encima de las gentes. Y se quedó al momento tan negro como un carbón».

Porque no faltara traición contra quien fuera mariscal de España y laureado de San Fernando, ese fray Ramón se plugo en relatar los secretos de su última confesión por escrito a los absolutistas. Claro que, en la vida de El Empecinado, se cruzó Domingo Fuentenebro; quien ya lo encausara con encono cuando el episodio de la francesita, e incluso cuando era caudillo invicto del Bajo Aragón, la Alcarria y la Manchuela emitió, desde Sigüenza, gruesos pliegos en su contra a la Junta Central, y en su último juicio, corrió a Roa para encargarse de la alevosa instrucción; destruida al poco, para no dejar testimonio de su avilantez y de la de su señor y soberano, que le premió al punto con una muy suntuosa corregiduría. Y ha sido triste para todos, como les decía al principio, que durante estos dos siglos no se hayan sucedido en los estrados sino fray ramones y fuentenebros; esos bufeteros, ávidos de despacho público, y que en la administración y en los partidos se pliegan abyectos al superior mientras miran con torva inquina al insumiso; ¿o acaso me negarán que las cortes no se hallan cuajadas de ellos?; ¡si hasta un altísimo tribunal es presidido por quien se afana en emularlos!

Qué distintos de aquel hombre, espejo de lealtad a su pueblo y a la libertad, que conocida la traición del rey y ante las proposiciones de títulos y enormes capitales que le ofrecía, los rechazó con: «Diga usted al rey que si no quería la constitución, que no la hubiera jurado; que el Empecinado la juró y jamás cometerá la infamia de faltar a sus juramentos». Por eso les ruego que este martes, cuando se cumplirá el bicentenario de aquella ignominia en Roa, tengan un recuerdo para este héroe, ofendido por nuestra cobardía de entonces y, por lo visto, de ahora; tanto que ni el monumento de Burgos, levantado por suscripción pública y donde reposa, ni tampoco el de Alcalá de Henares, enjugan esta vergüenza. Y luego piensen que, pese al desgobierno venal vigente, aún disponemos de ejemplos en nuestro pasado para reconstruir la honra.

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