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TRIBUNA

Hijo adoptivo

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 22 de agosto de 2025, 20:04h

La ciudad de Valdepeñas ( Ciudad Real ), “ciudad del vino”, con la que la calificó Galdós en sus Episodios Nacionales, ha tenido a bien, a través de su corporación municipal y de forma unánime, el de distinguirme con el título honorífico de Hijo Adoptivo. Trastornado un tanto por esta gracia y afecto inesperados que me conceden los representantes genuinos de la bella ciudad de Bernardo de Balbuena, Gregorio Prieto o de Francisco Nieva, gracia sin duda inmerecida, me pregunto yo, un tanto inquieto y preocupado, qué he aportado a esta querida ciudad, que ya es mi patria más verdadera, para merecer tan alta distinción de simpatía pública. Y no sabiendo aún responder a esto, porque las cosas que yo he hecho en esta ya mi ciudad no han sido para nada más importantes que las de muchos otros forasteros valdepeñarizados, he llegado a la conclusión de que la simpatía pública, como la de los dioses, es muchas veces gratuita, o gratuita al menos para mí, y por ello sólo puedo agradecer el afecto público, pero me es imposible justificarlo. Mil gracias, mi querida Valdepeñas. Por otra parte, no me cabe imaginar un honor público mayor que el que una comunidad de la importancia de esta heroica ciudad conceda a uno de sus vecinos el título de Hijo Adoptivo. El amor a los hijos propios nace del instinto natural, del instinto que nos obliga a proteger nuestra propia sangre perdurando en el futuro, pero los hijos adoptivos no los engendramos, los elegimos, a veces por piedad, como a los niños de países pobres, respondiendo a un principio de fraternidad universal, y otras veces, como es ésta, la comunidad los adopta como reconocimiento a algunas de sus aportaciones y afanes, pero que nunca podrán justificar totalmente este afecto, esencialmente gratuito. En todo caso un hijo adoptivo nos hablará siempre del hombre como una entidad social y espiritual.

Llegué como profesor de latín a Valdepeñas en 1989 al IES “Bernardo de Balbuena”, que dirigía a la sazón un artista egregio y forastero también, Daniel de Campos, del que me honro en ser amigo y admirador. Tres años después fui elegido por la Administración Director del IES nº2 de Valdepeñas, que acabaría llamándose “Francisco Nieva”, no sin cierta polémica entre el Instituto y el Ayuntamiento de entonces. Con este Instituto, recién construido, comenzó la reforma de la LOGSE en la provincia de Ciudad Real. Estas dos circunstancias, montar un instituto nuevo y programar un currículum nuevo, nos hizo trabajar muchísimo al magnífico equipo directivo que me acompañó, y a todo un Claustro de jóvenes profesores dispuestos a comprometerse sin miedo a la aventura de navegar en un centro nuevo por mares nuevos. Qué jóvenes éramos entonces. El Centro se botó con una conferencia de mi maestro Agustín García Calvo, que había dirigido mi tesis doctoral, sobre precisamente el tema machadiano de hacer caminos al andar. Unos años después de la muerte del gran latinista conseguimos como portavoz del PP que un pequeño parque que se abrió en el barrio del Lucero llevara su nombre. Porque a Agustín también lo trajimos al Centro de Profesores otro curso para impartir un curso de Gramática Común. Por cierto, que Valdepeñas ha multiplicado por cuatro sus parques y zonas ajardinadas desde 1990, extremo que merece ser enaltecido. Además de enseñar en el IES “Francisco Nieva” lenguas clásicas, me hice también un pequeño experto en la obra de Nieva, y la divulgué entre los alumnos del centro, y en Valdepeñas, sobre todo a partir de las Jornadas de Teatro “Francisco Nieva”. Da la casualidad que conocí a Nieva en 1980, acompañando al periodista, amigo y crítico de Teatro Félix Población, a la casa del dramaturgo para hacerle una entrevista para la revista de teatro “Primer Acto”. La cultura, sentido común, sensibilidad e inteligencia de Paco me dejaron subyugados desde el primer momento. ¿Quién iba a decirme a mí que iba a residir definitivamente en la ciudad que vio nacer a Paco? He escrito cerca de 2.000 folios en relación con la obra dramática de Paco, la interpretación de su obra genial se ha convertido un poco en una meta para mí, y es probable que pronto saque un libro sobre el particular. Otros intereses míos de esta Ciudad se han relacionado con el Cerro de Las Cabezas. Así, desde que me llevó al Cerro un compañero, la ciudad del Cerro de las Cabezas ha revoloteado en mi imaginación, y la que fue llamada por el Itinerario de Antonino “Ad Turres”, “Junto a las Torres”, quizás un villorrio asentado cerca de las ruinas soberbias de una altiva ciudad celtibera, me llevó a presentar una ponencia sobre la misa en el Symposium internacional del Mundo Ibero, que organizó mi añorado José Luis Paniagua hace más de veinte años, cuyo nombre sin duda merecería preservarlo haciéndolo epónimo de alguna calle o institución pública.

No sé si mi implicación durante unos años en la política local como candidato del PP diese algunos frutos, habida cuenta de que fuimos patentemente derrotados, pero mis intenciones y afanes durante esos cuatro años sólo buscaron con celo el bien de Valdepeñas, y los valdepeñeros.

Mas a pesar de todas estas actividades relacionadas con Valdepeñas – las que no están relacionadas con la Ciudad, como traducciones, novelas y ensayos no deberían contar - afirmo que si alguien me obligase a decidir sobre qué he aportado yo a esta ciudad que justifique mi título de Hijo Adoptivo sólo podría decir que la enseñanza del latín y del griego a treinta cohortes de jóvenes de una ciudad heroica y de generosidad inexhausta. Sólo la generosidad de los valdepeñeros puede justificar un galardón que tan íntimamente me emociona. Gracias, Valdepeñas, por tu infinita generosidad. Y gracias a la Ilustre Corporación Municipal que ha representado esta generosidad.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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