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TRIBUNA

El amor sentado en el pasillo

domingo 24 de agosto de 2025, 18:42h

Los días de mediados de agosto inducen a una callada resignación, a una preparación para el telón y cierre de lo estival, que este año se ha prodigado en desastres y asoladoras olas de calor de las que no hace falta decir mucho más porque es un tema sabido y machacado y así nos tiene. Pero el verano también posee otras formas de asolar más sibilinas y habituales, y a las que oponemos menos resistencia o ninguna, y es que los amores que suscitan tienen siempre tanta inconsistencia, indiferentemente de que se les ponga de fondo un pueblo en fiestas con playa o una verbena de ciudad. El truco se repite, la gran ilusión se acaba, y uno se queda pensativo diciéndose si algo ha cambiado, si todo ha cambiado, si algo de riesgo se había puesto de nuestra parte o precisamente deberíamos haber actuado con fluidez, acorde a la pasividad e indiferencia con la que vienen y se van.

La vuelta a la ficción de Víctor Colden lleva por título La cinta verde y va anudando siete historias que dirimen sus favores y sus contras acerca del estado amoroso o del enamoramiento perdido y brevemente recuperado. No es algo nuevo en su trayectoria el poner a sus personajes a hablar del amor, pero tras haber explorado esas variantes a través de la infancia y la adolescencia, era el turno de la edad adulta, de hacer pasar al sujeto amoroso a la consulta para tomar las notas de lo que le ha causado, la rapiña en todas esas existencias repartidas a lo largo de la península y de algunos países remotos y el afán de ocupar todas las conversaciones, todas las vidas y todos los tiempos. El profundo agotamiento del amor y la contrapuesta sublimación que deja el sentirlo, fervor y estupefacción y abatimiento predominantes.

Los siete relatos, género en el que Colden también se estrena, oscilan entre la ironía, el desapego por verse venir lo inevitable y la profunda y desaforada confianza en el hecho de amar y haber amado. Pero exceptuando el primero y el último, Queda el río y La cinta verde, sobre el resto planea una peculiar amenaza, una voluntad por revelar lo más pronto posible que esos amoríos perdidos, a veces construidos en torno a un morbo o algo más fantasmagórico, son parte de nuestro sinsentido vital. Que no son una desligadura de nuestras monotonías sino una etapa más con la que debemos cumplir. El paisaje, además, es un personaje indisociable de las siete narraciones. Colden hace consistentes los ecos de una infancia en la jungla, el curso de un río atravesando un bosque del noroeste español, el rugido de una cascada en el tan desolador como atractivo y violento paisaje islandés —y su relato, Húsavík, me parece el más someramente violento del conjunto—, lo anodino de las carreteras o las ciudades pequeñas de provincia que nutren igualmente delirios adolescentes pintados de azul.

El placer de la escritura en La cinta verde traspasa las previsibles etiquetas de la elegancia y el comedimiento de Colden a la hora de componer sus relatos, y aquí mostrándose menos pudoroso en algunos aspectos, pero es cierto que ninguno sobresale por una irregularidad, por un alarde de más. Cada uno luce su particularidad y el total asegura una lectura que empatiza con el temblor y la obsesión de lo que se ha querido demasiado.

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