25 de agosto. Una feliz conmemoración. Se cumple un aniversario redondo coincidente en tal fecha: el bicentenario de la República Oriental del Uruguay.
Comienzo refiriéndome al país hermano, aprovechando las palabras que generosamente me ha compartido mi amigo el Dr. Jorge Mazzulo, quien desde la ciudad de Trinidad, Departamento de Flores, Uruguay, aceptó expresarlas para este medio desde Miraflores, Uruguay y que agradezco infinitamente:
“En este Uruguay bicentenario y con la mirada en estos 200 años de aquel 25 de Agosto que forjó la Patria. El Bicentenario de la Declaratoria de la Independencia impulsa una reflexión sobre los nuevos desafíos de la soberanía del pueblo oriental. Este 25 de Agosto de 2025, fue una resonancia viva de la voluntad de un pueblo que, en 1825, proclamó con firmeza su derecho a ser soberano. Es un día para honrar la historia, pero también para interpelar al presente y reflexionar sobre el significado de la libertad en el siglo XXI. En última instancia, este Bicentenario nos confronta con una pregunta crucial: ¿Contra qué poderes luchamos hoy, 200 años después? La respuesta ya no se encuentra en los campos de batalla, sino en la defensa de la soberanía en un mundo globalizado, en la lucha por la justicia social, en la preservación ambiental y en el cuidado de la democracia.”
Magníficas palabras que mueven a la reflexión mesurada, sensata, puntual y que nos renueva en la idea de la construcción de las naciones hermanas en la América hispana. El proceso uruguayo es muy singular. Acaecido a la vera del Imperio español, ambicionado por el portugués, retado por el Imperio brasileño. Lo dicho: tiene su propia dinámica constructiva que lo honra, convendrá conmigo, resultado muy interesante.
Así, destaco que en el concierto iberoamericano Uruguay se instituye como un país referente de paz social, avance educativo, estabilidad y mesura; un dechado de intelectualidad que, expresada en distintas vertientes ideológicas – resultando doblemente rico su acervo, entonces– y del quehacer humano, reluce con ínclitos prohombres y referencias muy timbradas, figuras que van de Sanguinetti –un conversador magnífico deleitable– a Mujica, Eduardo Galeano, Ida Vitale, Zitarrosa, y ya antes Benedetti, Horacio Quiroga, Juana de Ibarbourou. Conforman una pléyade de intelectuales formidable, de primer orden, que evoca una nación sapientísima que las aulas y los foros mexicanos han sabido apreciar.
Si digo Uruguay, me evoca ideas. Las mentes uruguayas nos mueven y nos reconfortan, nunca dejan indiferentes, recordándonos que puede tratarse de un país geográficamente modesto en sus dimensiones, pero enorme en sus alcances produciendo forjadores de ideas, un plus para aquilatarse entre propios y extraños por la gran talla y aporte de la cultura uruguaya al mundo.
Su doloroso exilio en México a raíz del nefando golpe militar setentero y gracias a la llamada embajada indoblegable (la mexicana en Montevideo) extendiendo el asilo respectivo y como la calificó la profesora investigadora uruguayo-mexicana Silvia Dutrénit en su libro homónimo, abrió un puente que renovó una profunda relación. A Uruguay lo miramos por el fútbol, sí, pero más lo admiramos, considero, por contar con muchas otras cosas muy valiosas y aportes como lo que refería párrafos arriba.
En Ciudad de México se montó recién en el Paseo de la Reforma una muestra fotográfica del país sudamericano marcando este bicentenario que concelebra, renovando una amistad perdurable. ¡Grande es Uruguay! y nuestro reconocimiento a la Banda Oriental se crece en este su magnífico aniversario redondo más exultante si cabe. Como dato curioso: el monumento al general Artigas en Ciudad de México, situado en un arbolado parque en el barrio Polanco, carece de caballo. Perdón por la omisión del cuaco.
Será que mi experiencia conociendo gente de allá siempre ha sido estupenda, o simplemente, es que Uruguay es estupendo, no puedo entonces sino remarcar este aniversario y expresarle mis parabienes al pueblo uruguayo. Felicidades.