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ESCRITO AL RASO

José Mercé canta por Manuel Alejandro

David Felipe Arranz
lunes 01 de septiembre de 2025, 19:58h

El flamenco es un lamento que se escapa de una guitarra rota y José Mercé es su eco, elevándose en las tabernas del aire y en los patios de la memoria. Nació en Jerez de la Frontera, entre cigüeñas cantando bulerías en los tejados del barrio de Santiago. José Soto Soto lleva en la sangre la saga gitana de los cantaores: bisnieto de Paco de la Luz, sobrino de Manuel Soto “Sordera” y primo de Vicente Soto Sordera, su linaje es un árbol de soleás, con raíces que se hunden en la tierra jonda y ramas que tocan las estrellas. El cante de José Mercé es un pájaro que vuela con las alas de la pena y el pico de la alegría desde niño, cuando su voz era un susurro en la escolanía de la Basílica de la Merced, donde los rezos se mezclaban con los primeros quejíos.

De ahí le vino el nombre, Mercé, como si la virgen misma le hubiera confesado que el mundo es un tablao; a los doce años, ya era un duende en los Jueves Flamencos de Jerez, y a los trece, Madrid lo llamó, a los tablaos de Torres Bermejas y El Café de Chinitas, escenarios donde su voz, aún tierna, se curtía al lado de gigantes como Mario Maya, El Güito y Carmen Mora. La voz de Mercé era la navaja que cortaba el silencio en la noche de Madrid y cosía las heridas con duende. En 1968, grabó su primer disco, acompañado por las cuerdas de Manolo Sanlúcar y Paco de Lucía, como si los dioses del flamenco hubieran decidido apadrinarlo. Pero José Mercé no se quedó en el eco de los clásicos. Su alma inquieta lo llevó a mezclar la pureza del cante jondo con los acordes del pop, del jazz, de Manu Chao, de Joan Manuel Serrat, de Louis Armstrong. Aire (2000) fue el disco más vendido en la historia del flamenco, puente entre lo jondo y lo universal. Del amanecer (1998), producido por Vicente Amigo, ya había marcado el camino. Mercé ha cantado en los confines del mundo, desde Japón hasta el Carnegie Hall, llevando el compás de Jerez a escenarios que nunca habían sentido el taconeo de una bulería. En 1986, conquistó el Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba, llevándose los premios La Serneta y Niña de los Peines, porque cuando Mercé canta, las estrellas se quitan el sombrero y la luna se pone a bailar. Hijo Predilecto de Andalucía, su voz es un pasaporte sin fronteras, la de un cantaor que hace que el flamenco cante por él; Mercé no es solo un hombre, es un quejío que se enamoró de una guitarra y decidió quedarse en la tierra.

El sábado 30 de agosto de 2025, los Jardines del Generalife, ese rincón donde el viento de la noche de la Alhambra susurra versos de Lorca, se convirtieron en un tablao para que José Mercé clausurara el ciclo Lorca y Granada con un homenaje al compositor jerezano Manuel Alejandro. El flamenco se vistió de gala con un gitano que entra en un palacio con las alpargatas llenas de polvo y el corazón en la garganta, formando un río que lleva las canciones de Manuel Alejandro hasta un mar de bulerías. El Teatro del Generalife acogió este diálogo de Mercé con su paisano Manuel Alejandro, “el mejor escribidor del amor y del desamor, no de España, del mundo”, como él mismo lo definió. Las canciones del compositor, eternas en las voces de Rocío Jurado, Raphael o Isabel Pantoja, se transformaron en la garganta de Mercé en soleás, seguiriyas y fandangos, como si hubieran nacido en un patio jerezano y no en partituras de boleros. Acompañado por su cuadro habitual —las guitarras flamencas de Manuel Cerpa y Álvaro Moreno, los coros y palmas de Manuel Pantoja ‘Chicharito de Jerez’, Jorge Bautista, Víctor Carrasco y Laura Marchena, la percusión de David Casares ‘David del Gasolina’ y el piano y dirección musical de Alejandro Romero—, Mercé tejió un tapiz protagonizado también por el piano acústico y el contrabajo.

El recital, que marcó un lleno histórico, fue un viaje emocional que arrancó suspiros y aplausos. Canciones como “Se nos rompió el amor”, que Mercé destacó como una de sus favoritas, cortó el aire como un cuchillo de nácar. Con esa voz que es a la vez lamento y celebración, hizo suyas las melodías, llevándolas a “su terreno” flamenco, como él mismo prometió, sin traicionar su esencia. Porque en el Generalife, Mercé cantó y la Alhambra escuchó bajo la dirección musical de Alejandro Romero, brilló por su equilibrio: las guitarras marcaban el pulso jondo, los palmeros le daban la voz a la tierra y el piano y el contrabajo añadían un eco moderno. El cante de Mercé iluminó el Generalife para celebrar los 600 años de la llegada del pueblo gitano a la península y el 15º aniversario del flamenco como Patrimonio Inmaterial de la UNESCO. Mercé, consciente del embrujo de Lorca, no olvidó al poeta, recordando que “los cantaores siempre hemos cantado a Federico” y realizó varios guiños al espíritu lorquiano: el amor, el desamor, la pasión y la tragedia, también la savia del flamenco y de la obra del granadino. Mercé, a sus 70 años, ha sido el broche de oro para un ciclo que ha reunido a la élite del flamenco: ha cantado a Manuel Alejandro y el Generalife respondió con una ovación que se elevó hasta las almenas de la Alhambra.

Twitter: @dfarranz

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