En Madrid, para el provinciano curioso y envenenado de letras, cada esquina guarda el germen de una novela. A veces son los escaparates de Lavapiés, otras los neones de la Gran Vía, y, para los muy cafeteros, también hay un relato agazapado en los guardias jurados del templo de Debod. La ciudad, lo confirmé estos días, continúa siendo literaria, aunque sus personajes cambien de disfraz. Hacía mucho que no paseaba por allí más allá de trasbordos o visitas fugaces. Madrid sigue teniendo ese veneno atrayente e inexplicable para el Paco Martínez Soria del dos mil veinticinco, que aún cruza con miedo el semáforo de Atocha.
En Sol ya no deambulan Quevedo ni Cervantes: ahora se multiplican los Supermario Bross (con dos eses, a propósito), los Pikachu sudorosos y los Spiderman de mallas deshilachadas. Son los nuevos bufones de este teatro barroco, los que posan por unas monedas y recuerdan que Madrid es un carnaval perpetuo. Si Galdós volviera, sin duda los incorporaría en sus Episodios Nacionales del siglo XXI.
En la Gran Vía, entre manteros y escaparates, se alinean las franquicias del “carbohidrato alegre”, como escribe mi paisano Sergio C. Fanjul. Donde antes había humo de café y tertulia bohemia, ahora se amontonan panecillos con nombres anglosajones y fábrica en polígono industrial. Y, sin embargo, la literatura resiste: Valle-Inclán podría entrar en cualquier hamburguesería y descargar allí un esperpento contra la carne de plástico. Posiblemente nadie le miraría, como hoy nadie mira a los locos o mendigos del centro: no existen si no pensamos en ellos. Hay tiendas con precios imposibles, manteros vendiendo camisetas de Mbappé y mendigos descalzos tirados en cada esquina. El corazón de Madrid es ya un contraste agudo, casi hiriente. Crucé el semáforo frente a la macrotienda de Gran Vía 32 pensando en Bucéfalo y en aquel grito de “¡Abajo los coches!”, y tuve la certeza de que apenas queda la carcasa de lo que un día fue el viejo Madrid.
En el Retiro me sorprendió la cola interminable para alquilar una barca. Intenté reservar una desde una aplicación kafkiana y, quizá, esa sea hoy la nueva bohemia: evitar lo multitudinario y denunciar lo inaccesible. Cuarenta y nueve horas de espera para remar un rato. Qué tristeza marcharse de Madrid sin haber navegado.
La ciudad se deja habitar también por sus fantasmas: Umbral aún pasea por Recoletos, aunque ahora de fondo suene reguetón y los cafés cuesten tres euros, no seis pesetas; Rosa Chacel aguarda en una esquina de Chamberí, invisible, contemplando con asombro las bicicletas eléctricas; y Larra, siempre Larra, estaría escribiendo su columna contra los atascos de la M-30 o contra la dichosa aplicación de entradas, colapsada e imposible, con la misma rabia de siempre.
Madrid es novela coral, sí, pero también sátira digital. Entre un Calderón recitado en una plaza y un rider que pasa volando con su mochila cuadrada, hay un puente invisible. El ruido de motos, los turistas con palos selfie, las obras perpetuas, las líneas de Cercanías suspendidas sin previo aviso: todo cabe en este texto polifónico.
Uno regresa en el AVLO, sentado a contramarcha, con la impresión de haber leído una obra escrita a varias manos: la de los clásicos y la de los actores del presente. Porque Madrid, pese a sus Supermario Bros y sus carbohidratos felices, sigue siendo una ciudad que se lee, que se queda latiendo en quien la visitó, muchos días después de haberla dejado atrás. Y eso, amigos, no lo logran todas las ciudades.