Primera ceremonia de beatificación en territorio japonés
lunes 08 de diciembre de 2008, 22:03h
El pasado día 24 de noviembre tuvo lugar en la ciudad japonesa de Nagaski la primera ceremonia de beatificación en territorio japonés con la participación de unos treinta mil asistentes venidos de toda la geografía del país. Ofició la ceremonia el cardenal portugués José Saraiva, Perfecto de la Congregación para las Causas de los Santos como enviado especial del Papa Benedicto XVI.
Los nuevos beatificados son los 188 mártires japoneses asesinados entre 1603 y 1639, período en que arreciaban las persecuciones del shogunato de Tokugawa a los fieles de la religión católica, introducida por San Francisco Javier unos cincuenta años atrás.
El evento tuvo mucho eco no sólo entre el reducido círculo de cristianos –unos 450 mil católicos dentro de la totalidad de unos 120 millones de habitantes del país- sino también en todo el país en general. De hecho al día siguiente del acto celebrado en Nagasaki toda la prensa nipona –el Asahi, el Mainichi, el Yomiuri y otros- nos dio la noticia en su primera página con una foto del estadio de béisbol, lugar de concentración, abarrotado de participantes del evento.
La causa es denominada “Beatificación del padre Kibe y sus 187 compañeros”. El padre Kibe fue un jesuita japonés que murió degollado después de sufrir unas cruelísimas torturas en 1639.
Nace en una familia católica en 1587 en Bungo (Actual Provincia de Oita) y en 1614 se ve obligado a salir del país por la promulgación del Edicto de prohibición del cristianismo exiliándose primero a Macao, después a Goa. Y de allí para realizar su anhelado sueño de ser ordenado, emprende un viaje solitario a Roma por tierra. De la India pasa por Ormuz y Bagdad, y llega a Jerusalén como el primer japonés que pisa la tierra santa. De esta manera, después de tres años de viaje lleno de penalidades finalmente llega a Roma en 1620. Al ordenarse sacerdote a los 32 años, emprende el viaje de regreso a Asia y consigue entrar en Japón clandestinamente para ayudar y ejercer su ministerio entre los católicos perseguidos. Finalmente en 1639 es capturado por un “chivatazo”. Después de ser torturado cruelmente y de negarse a abjurar de su fe, muere degollado a los 52 años de edad.
Su vida llena de vicisitudes y de aventuras está descrita magistralmente por el conocido novelista japonés Shusaku Endo a través de su novela Camino para el Reino y por su larga serie de escritos titulada La fusilería y la Cruz, por lo que el nombre de Kibe es bastante conocido también entre el público japonés no católico.
Es verdad que la resonancia que tuvo este evento de Nagasaki se debe en parte a la popularidad del nombre de este personaje único en la historia de Japón. Pero creo que hay otro elemento más que tenemos que tener en cuenta. Fijémonos en el hecho de que de los 188 beatificados, la mayoría –183 personas- sea del estado laico, mientras los religiosos –sacerdotes y frailes- son sólo 5 entre los cuales está el ya mencionado P. Kibe. Es decir, entre los 183 nuevos beatificados laicos se encuentran samuráis de distintas categorías, labradores, comerciantes, artesanos, amas de casa, niños de escasa edad, en fin cristianos normales y corrientes que supieron vivir como tales con una sencillez sorprendente. Por todo esto la beatificación de los 183 laicos, a mi modo de ver, se ha interpretado indudablemente no sólo por los cristianos y sino también por los no cristianos –shintoistas y budistas algunos- como un mensaje por parte de la iglesia católica de que la perfección religiosa no es privativa de los religiosos y que se puede alcanzar en cualquier condición y estado. En realidad es la tesis defendida por San Francisco de Sales en su Iniciación a la vida devota, publicada ya en 1609, idea que no cuajó en España antes de mediados del siglo XVII según el hispanista francés Bartolomé Bennassar.
De todos modos, tengo la agradable sensación de que la beatificación de los 188 ha sido recibida en este País del Sol Naciente como un mensaje alentador para los que viven fieles a sus creencias, sean religiosas, políticas o ideológicas, sin alarde de ningún tipo y con seriedad y sencillez.
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Catedrático de la Dokkyo University
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