www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Honestidad intelectual o la segunda muerte de Charlie Kirk

lunes 15 de septiembre de 2025, 19:05h

He leído o escuchado estos días discursos en los que se ostentaba una turbia superioridad moral en relación a un acto inequívoco. El último lo he encontrado en The objective, es un texto enfermizo y como destemplado.

Es difícil hacer entender a una subjetividad distorsionada por la pasión que interrumpir la discusión para imponerse al antagonista mediante las armas no significa ganar la discusión. Vencerás, pero no convencerás y la victoria sin la convicción es dudosa. Puedes obtener transitoriamente el aplauso forzado del auditorio al alcance del arma que empuñas o del ejército sobre el que imperas o de la sociedad que reprimes, no un consentimiento prolongado.

Esta afirmación no resulta de un proceso demostrativo, ni es conclusión de un razonamiento, es la posición de un principio y un verdadero acto de fuerza. Es la afirmación de la fuerza de la verdad y la consiguiente negación de la verdad de la fuerza. Es un punto de partida que te opone frontalmente a todos los que niegan la vigencia de la verdad y ven la verdad inerme y desvalida.

En alguna ocasión he llamado facticismo a la oscura doctrina que defiende que la victoria justifica cualquier medio. Si la destrucción del antagonista te da la victoria, habría que acabar con él por todos los medios. La historia del mundo es el tribunal del mundo escribió Hegel. Todos saben que Marx es uno de los grandes discípulos de Hegel, pero a este respecto también puede servirnos A. Hitler de quien procede la siguiente aseveración: Si el pueblo alemán sucumbe en esta lucha, será que ha sido demasiado débil. En ese caso, no habrá superado su prueba ante la Historia y únicamente estará destinado al hundimiento

La victoria justifica todos los actos, la historia arroja el único veredicto. Rondando esta cuestión Hannah Arendt recuerda una sentencia de Catón el viejo: la causa victoriosa agradó a los dioses, la derrotada agradó a Catón. Esa sentencia me separó de los dioses victoriosos y, además de despertar mis simpatías por el viejo Catón, me aproximó al magnífico Dios de la derrota que es el Dios de la verdad y de la vida. Todo esto le sonará a música celestial a quienes son incapaces de suspender la celebración de una presunta victoria conseguida por cualquier vía.

Hay quien afirma que el asesinato de Charles Kirk es un efecto de su apoyo a esa enmienda que permite a los estadounidenses disponer de armas de fuego. El objetivo de esa enmienda no parece ser el de facilitar los asesinatos, sino el de evitarlos. Parece evidente que la prohibición del libre comercio de armas no evita asesinatos por arma de fuego en Europa, donde mafias y perturbados no tienen dificultad para hacerse con armamento, incluso bélico si creemos a lo que se nos dice sobre el narcotráfico. La ley en cuestión puede incurrir en un error, no es esto lo que discuto, sino la distorsión de quiénes afirman que el asesinato de Kirk es efecto de su oposición a la revisión de la segunda enmienda.

Ciertamente no creo que las ejecuciones capitales deban ser públicas o incluso televisadas, como al parecer dijo Kirk en algún momento cuyo contexto ignoro. Sé, sin embargo, que el contexto es un elemento fundamental de la comunicación. Sea como fuere, no me cabe duda de que cuando se defiende el carácter público de la pena capital no se hace para difundir mejor la violencia o el asesinato, sino con la intención contraria: la del pretendido valor ejemplarizante de la pena. Sobre esto cabe disentir, pero no es legítimo torcer la intención o el fin que se pretende. Quien tuerce esa intención acepta que es válido cualquier medio a la hora de promover la convicción de sus partidarios y asesina dos veces al que acaba de ser masacrado.

Cuando en el calor de la discusión se defiende el error de la llamada discriminación positiva aludiendo a cualquier rasgo propio de las minorías favorecidas por esa discriminación positiva, o a cualquier rasgo propio de las minorías desfavorecidas por el momento negativo de la misma discriminación, no es legítimo acusar de racismo o sexismo porque no es la superioridad de una raza o de un sexo lo que está en discusión. Es ilegítimo acusar de racismo al que señala que no puede certificarse la habilidad de quien ocupa un puesto en virtud de una cuota preestablecida, aunque se pueda obtener el aplauso de un auditorio que, incapaz de toda rectitud lógica, carecería también de honestidad intelectual.

No puede ser de otro modo cuando los que se han desecho de toda rectitud lógica hace tiempo que escarnecen toda idea de honestidad. La negación de esa honestidad es esencial al facticismo que antes mencionaba.

El pensamiento moderno es constitutivamente facticista y son incontables las impugnaciones de la máxima tradicional: libertas est non solum quod liceat, sed etiam quod honestum sit. La libertad no es sólo lo lícito, sino lo que es también honesto. Hoy se trata únicamente de someter a la ley, cuya fuerza se impone por cualquier medio, al margen de toda alusión a la honestidad. En la atmósfera ultraliberal del progresismo cada individuo define su propia imagen de la honestidad y sólo la ley limita nuestros actos, si la ley cuenta con la fuerza para forzar su cumplimiento se ha dicho la última palabra… siempre que la ley que se impone sintonice con nuestra voluntad.

Es verdad que facticismo evoca a fascismo. Lejos del fascismo histórico o político sería el fascismo que hoy se utiliza como insulto por parte de los “demócratas de toda la vida”, como arquetipo de totalitarismo. Ahora bien, el totalitarismo soviético o el más vil totalitarismo woke son también facticistas o, si se prefiere, formas de ese fascismo que hoy está en todas las bocas.

Creo que no somos pocos los que confiamos en la potencia final de la verdad y no nos hemos olvidado de una honestidad fundamental: metapolítica o antropológica. Somos los que todavía apelamos con Orwel a la common decency, a esa decencia común cuya pérdida es tan evidente en los presuntos justicieros que del modo más deshonesto comentan estos días el asesinato de Charlie Kirk para matarlo de nuevo.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (5)    No(0)

+
0 comentarios