Tambores de guerra, rumores de sable, la bomba, el holocausto que parece acercarse, tan cercano de algunos como su propia yugular. La voluntad de unos pocos se impone a la de todos, lo cual no pasa de ser a estas alturas del tercer milenio una macabra danza y una burla de todas las exigencias de la razón. El día después puede que no llegue, o será distinto y peor, pues una guerra no se borra con otra más grande, y nunca el orden nuevo se cimentó sobre el desorden anterior: ¿acaso no es para avergonzarse la contemplación de esos valles de los caídos, cuyas cruces elevadas al cielo fueron erigidas a base de trabajos forzados y humillaciones de los vencidos?
Existen en el mundo infinidad de gentes que se lanzan a la carnicería bélica porque una idea carroñera de conquista ha pasado por el cerebro de unos degenerados. La guerra, en todo caso, es algo demasiado serio como para ser dirigida por cuatreros, cuyo cinismo se adorna de patriotismo a costa de las demás patrias a las que arruinan; ese patriotismo es el último refugio de los bribones. Como dijera con buen tino Gustave Flaubert, “la obligación de exaltar un rincón de la tierra marcada con rojo o azul sobre el mapa y detestar por ello los otros rincones que aparecen de color verde o negro, me ha parecido siempre algo mezquino y limitado y de una estupidez acabada”.
“La” guerra es el motor de la industria nacional de USA, y para mantenerlo engrasado se precisa todo el petróleo del mundo: guerra del petróleo y petróleo de la guerra son lo mismo, oro negro, dinero sucio. Dicho de otro modo: la guerra es la continuación de la rapiña por otros medios. Mientras tanto, el soldado de a pie cree que muere por la patria, pero muere por los industriales, los cuales se llevan los macabros beneficios y los honores mundanos, dejando para los cadáveres unas discutibles honras fúnebres: esos funerales son ceremonias mediante las cuales los poderosos demuestran su respeto por los muertos enriqueciéndose a sí mismos, en cuanto que sepultureros.
En la guerra (y menos cuando es la que el Imperio impone donde quiere, porque quiere, y como quiere) no hay legalidad, ella es la ilegalidad por excelencia, cuyo axioma primero no puede ser más contradictorio que éste: si quieres la paz, prepara la guerra. ¿Estaría en su sano juicio aquel bombero cuyo lema rezase si quieres evitar el fuego aviva la llama? El bombero no, pero ni siquiera el pirómano.
¿Qué es un hombre de guerra? Alguien pagado para matar a sangre fría a semejantes que a él no le han hecho ningún daño, pues si se lo hubieran hecho no estarían guerreando, sino muertos. ¿Y un conquistador? Un asesino al por mayor. ¿De qué se nutre la «gloria» de un general victorioso? De la muerte de muchos inocentes en un día: la sangre sólo sirve para lavar las manos de la ambición.
La guerra es un mal que deshonra al ser humano, así como una auténtica derrota de la humanidad misma. La guerra no es más que un atentado contra el homo sapiens, un asesinato en masa, y el asesinato no es ni puede ser un progreso. Por lo demás, como dijera Kant, la guerra es nefanda, porque hace más hombres malos aún que los que mata, y mata cada vez más. La guerra es la salida cobarde a los problemas de la paz, por eso el que predica la guerra es un apóstol de Satán (que en hebreo significa acusador). Y cuando un líder político periférico sirve como satélite al Imperio bélico, merece la entera desobediencia de su pueblo; por el contrario, un príncipe bueno y sabio debería amar la paz y huir de la guerra, pues el único modo de vencer la guerra es evitarla, por eso en su imperio, cuando calla el tambor, la razón retoma el mando. Y, si ese príncipe fuese cristiano, habría de recordar a más abundamiento aquella sabia exhortación de san Bernardo de Siena: “donde hay guerra nunca está Dios. ¿Crees que Dios está en tu casa cuando allí se mantiene la guerra y la discordia? Indudablemente, no. Solamente desea morar donde hay concordia, paz, tranquilidad y justicia”.
La guerra, apariencia de orden a corto plazo, sólo es desorden establecido; como escribiera don Francisco de Quevedo, “sale de la guerra, paz;/ de la paz, abundancia;/ de la abundancia, ocio;/ del ocio, vicio;/ del vicio, guerra”. La guerra es la fiesta de todos los muertos, y las armas el mayor enemigo de sus dueños.
Ea, pues, gentes de buena voluntad: por caridad, por racionalidad, por dignidad, No a la guerra. No es la guerra lo que hace la historia, sino al contrario lo que la deshace. No es la guerra, sino la acumulación cotidiana de las pequeñas virtudes, la que determina la grandeza y el bienestar de las naciones. La patria no será matria inmortal si no la hacemos justa y buena; al olvidarlo, el Imperio se hunde un poco más sobre sus pies de barro. Si la mitad de las riquezas empleadas en los campamentos y desfiles se aplicara a redimir del error a las mentes humanas, no habría necesidad de arsenales ni de fortalezas.
Pese a todo, los patrioterismos abundan. El mal campea porque en todos los bandos se vive la misma crisis mimética de la violencia que reproduce el primer pecado, y que consiste en echar al otro la culpa propia y negarlo: Adán culpa a Eva, Eva a la serpiente, y la serpiente desaparece. ¿Acaso no fueron también nacionalistas aquellos maestros de escuela de Albania, de las montañas de Montenegro, de Kosovo, de Macedonia, acaso no enseñaron allí lo mismo que Milosevich, a saber, que ellos llegaron antes, y que por lo tanto los llegados después deben irse?, ¿no era macedonio Aristóteles antes que los actuales macedonios?, ¿no se hablaba en Macedonia griego puro? Y ¿no hubo a su vez un antes anterior a ese antes, y así sucesivamente? Antes de todo hubo un momento en que alguien puso una valla diciendo: propiedad privada. Y así, de antes en antes, todos echan la culpa a los de después del después, negando que hubo un antes anterior a mi antes: la esencia del pecado de origen. ¿Por qué es bueno el nacionalismo nuestro y malo el de ellos, o a la inversa?, ¿porque el nuestro viene de antes, porque la historia es garante de la primera sinrazón? La historia, en el origen del pecado de origen. La historia, es decir, el hombre: hijos de hijos de la ira, vientos de éxodo soplando tempestades.
La persona no es para el nacionalismo sino un sujeto truncado, un sujeto que no vale nada y que por eso puede ser tratado como objeto en función del único sujeto, el hiperpersonal del sujeto-nación. Sujeto grande devora a sujeto pequeño, tratado como su objeto y su objetivo. En lugar de buscar lo universal (la humanidad como arco polilobulado), el Estado-nación, si puede, se hace Estado-Imperio. Mas ¿por qué los Estados son tan malos si los individuos son tan buenos; quién vota a gobernantes tan supuestamente malvados y estúpidos; por qué incluso los Estados democráticos son tan reaccionarios y aviesos cuando la sociedad civil es tan sana, inteligente y abierta; por qué los buenos son tan torpes y débiles para dejarse gobernar así por los más fuertes o los más listos?
Amemos las patrias de humanidad, no las valladas ni las quilometradas, pues la patria del ser humano es su humanidad. Patria es cualquier tierra, el que se sienta en la litera es un hombre, y quien la lleva es otro; de lo contrario, patria mucha, hombres pocos. Patria donde no se permite el libre tránsito sin mirarle a nadie el origen ni impedirle la libre residencia no es patria, que es cárcel. Una patria nunca está clausurada a ningún humano. Un buen hombre debe poder vivir en cualquier país. La patria humana más bella es ser útil al prójimo, no existe mejor prueba de una civilización que la del progreso de la cooperación: la grandeza de un pueblo se mide por las virtudes de sus ciudadanos.