En la Abadía del Sacromonte, relicario de piedra y silencio donde el flamenco le habla a la memoria de mártires y gitanos, se levantó el sábado pasado un altar a una voz indómita. Catarsis, exorcismo contra la tibieza de estos tiempos en que el arte se diluye en algoritmos y el duende se confunde con un “like” fugaz, lo de Argentina, la cantaora onubense de raíz honda y rama libre, irrumpió en la Bienal de Flamenco de Granada en plena libertad como un vendaval que arrastra las cenizas de la tradición para avivar el fuego contemporáneo.
Este enclave sacro –con sus bóvedas las que reverberan ecos de cuevas vecinas– se convirtió en el epicentro de una rebelión sutil: la del un cante que se niega a ser reliquia, y reivindica su pulso vivo y carnal, contra el polvo del museo. Aunque la escena resultaba quevedesca en su aspereza barroca –la luz mortecina de faroles que bailan como almas en pena ilumina un escenario austero–, las guitarras de José Quevedo "Bolita", Francis Gómez y Eugenio Iglesias –tres Reyes Magos de las cuerdas que parecen tañer venas del público– tejieron un tapiz de sombras sonoras por el que Argentina emergió, no como diosa intocable, sino como mujer de carne y llagas, envuelta en un vestido negro que evocaba las mantillas de las madres dolientes.
Su voz alternó el susurro íntimo de la soleá con el rugido de la bulería, recordándonos que el flamenco no es mero folclore, sino la crónica jonda de una España periférica, esa que sobrevive en los márgenes del progreso oficial. En "En plena libertad", su repertorio –un mosaico de palos que discurre de la siguiriya al taranto, pasando por un fandango que huele a salitre onubense– no busca complacer al turista ilustrado, sino herir al oyente en lo más hondo. Es un diálogo con los fantasmas: con Camarón, que acecha en cada trino; con la Granada de Lorca, que sangra en cada quejío; y con esa libertad precaria que hoy, en 2025, se nos escapa entre decretos culturales y presupuestos raquíticos. Culturalmente, su recital resultó un manifiesto contra la domesticación del arte. En una era de bienales globalizadas, donde el flamenco corre el riesgo de convertirse en exportación light –piénsese en los festivales californianos que lo despojan de su sal gitana–, Argentina nos devuelve al barro primigenio.
Su interpretación de la caña, con esa fuerza expresiva que eriza la piel, no es solo técnica impecable; es un acto de resistencia poética, un pellizco elegante a la España bipolar que devora su propio patrimonio. ¿No es esto, al fin, el arte como contrapoder, como rasguño que despierta al letargo colectivo? El público, numeroso y variopinto –desde los fieles del Sacromonte hasta los neófitos atraídos por la Bienal–, respondió con un silencio reverente que estalló en ovaciones sinceras, recordándonos que el verdadero duende se mide en el temblor compartido de almas anónimas. Argentina, con su registro versátil –del intimismo al estruendo–, sortea estos escollos con maestría, y cuando el último compás se desvanece y la cantaora se despide con un "¡Ole!" que sabe a sal y a tierra, uno sale de la Abadía con el pecho henchido de esa hipoxia flamenca que es “el duende que seremos”. Argentina en plena libertad no resuelve enigmas; los despierta. En esta Granada de septiembre, donde el otoño tiñe de ocre las colinas del Sacromonte, Argentina nos regala una lección cultural perenne: el flamenco, como toda gran voz, es libertad en jaque perpetuo, un grito que nos obliga a mirarnos en el espejo roto de nuestra historia medieval y renacentista, de Juana la Loca a Cristóbal Colón, siguiendo con sus apasionadas propuestas de cantarte a la historia. Y en ese reflejo, por un instante, somos menos feroces, más humanos. Ole, pues, por Argentina, y por todos nosotros, que creemos en el poder de una voz inolvidable y joven que no se calla.