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TRIBUNA

Los españoles antinacionales

miércoles 24 de septiembre de 2025, 19:49h

Uno de los obstáculos que dificultan extremadamente la buena marcha del País se debe a la reactivación de la poca acertada calificación de las dos Españas. Más bien habría que atribuirlo a los efectos perjudiciales que provoca la división entre los que se sienten españoles y los que se benefician de las estructuras de la Nación a la que no quieren pertenecer.

¿Qué caracteres negativos para la Nación tiene el español antiespañol? Al lado de compartir conductas con los que se sienten españoles por vivir en un mismo Estado, pertenecer a una cultura común, venir de la misma historia, hay otros distintivos que les separa, caso de las creencias ideológicas y, de manera especial, la que procede del odio a la Nación y a los propios españoles, a los que el antiespañolismo considera seres taimados e inferiores.

Los españoles-antiespañoles, hijos de su tiempo, aunque sigan una herencia nacida hace muchos años, suelen ser globalistas, defensores de la unidad burocrática de Europa y del femibelicismo (tipo U.von der Leyden, K. Kallas), que combinan con un aldeanismo racista y xenófobo contra sí mismos, producto de una personalidad acomplejada. Casi todos se unen en el objetivo destructivo que persigue el separatismo desquiciante de los artificiosos nacionalismos periféricos. Al rechazar participar del hogar común se convierten en apátridas desnaturalizados, ciudadanos del mundo progresista, patriotas del universo. Lo expresan con un ego exhibicionista pleno de cinismo. Defienden el ecologismo urbano –sin importarles mucho la naturaleza, salvo para turistearla-, el animalismo –solo para “defender” al toro de lidia, a los lobos y las mascotas–, el abortismo –para evitar que nazcan minusválidos y heterosexuales-. No tienen sentido trascendente, ni esperan un futuro mejor, lo que explica que sean antinatalistas y

derrotistas, sin renegar de sus derechos civiles y sociales, ni de vivir a costa del Estado Español y de los obligados contribuyentes. Son partidarios de la inmigración ilegal –los nuevos “compis”- porque ayudan a la destrucción de la Nación, sea para romperla o para posibilitar la invasión de otro Estado. Contradictoriamente, el odio a su País les conduce a apoyar el europeísmo nihilista como un medio para la superación definitiva de su Nación, a la vez que aparentan ilusionarse contribuyendo a la formación del artificio feudo-nacionalista.

El antiespañol no tiene un pasado del que enorgullecerse, salvo el periodo que sus antecesores llevaron el País a la guerra y a su exitosa derrota –a la izquierda le gusta celebrar sus derrotas (R. Aron)-. El rechazo del antiespañol a participar de una riquísima herencia, pretendiendo desprenderse de sus raíces, rechazando la riqueza que le daría la

pertenencia a una historia muy rica, decidido a mutilarse, se deja construir como un ser amorfo e incompleto. El principal motivo es su sentimiento de inferioridad, acompañado de un odio hacia sí mismo propio de un descuadrado renegado. Vanamente espera que, pasado un tiempo, su inferioridad desaparecerá y se pondrá al nivel de los que cree

étnicamente superiores –recuperar el ser ario lo entendería como su máxima aportación cultural a la modernidad-. Con estos potentes mimbres mentales, con un “devastador filisteísmo” (J. Ortega y Gasset), el antiespañol espera que de este modo dejará atrás sus complejos, prefiriendo ignorar que siempre mantendrá una lucha dialéctica entre el amor a sí mismo y su baja autoestima.

Centrado en el afán de destruir la Nación, nunca apoyará las iniciativas institucionales y sociales que tengan como objetivo resolver los grandes problemas del País. En cambio, respaldará incondicionalmente a un Gobierno que sea la fuente principal de las desgracias públicas, alentando el ejercicio inmoral del poder político hasta justificar los crímenes ideológicos –moralismo agresivo (Julien Freund)-. De hecho, sus modelos son los sicópatas y, en general, los destructores del orden.

Al preferir la sumisión al poder y apoyar la degradación moral por sus efectos destructivos, esta parte de la sociedad española no se ubica en la clasificación político antropológica del hombre democrático. Su disposición a ser siervos del Estado, del Gobierno o del Partido, les conduce a compartir la más baja inmoralidad con los detentadores del poder. Ambos, el poder de las oligarquías y la parte social entregada, forman un conglomerado que une el interés propio con la necesidad de contribuir a la destrucción de la Nación.

¿Conseguirá el afán deconstructor de los antipatrias desestructurar definitivamente a la Nación? ¿Contribuirán decisivamente los antiespañoles a acelerar el final de la civilización?

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