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TRIBUNA

Diego Meléndez Valdés

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 26 de septiembre de 2025, 19:13h

Ahora que leo en la Prensa que el actual obispo de Zamora, el murciano don Fernando Valera Sánchez, parece que quiere quitarse de encima todas las residencias de ancianos, en su día levantadas por Cáritas y vaciando de acciones a ésta - ¡ay, Dios mío, si resucitase hoy el gran don Domingo Dacosta, el constructor de la Cáritas de los años 80, con seis residencias de ancianos distribuidas por toda la provincia! -, que está eliminando en una purga casi estalinista a las mejores cabezas de la Iglesia zamorana si osan a discutirle el más mínimo pormenor, que desordena la Semana Santa con argumentos ignaros, que vende inmuebles parroquiales que alimentan la sospecha de que el objetivo de los pobres cede paso al negocio – “Non potestis Deo servire/douleúein et mamonae” - y que, en fin, dirige todo con una soberbia bastante desinformada – como todas las soberbias hiperphíalas -, y no era así como llegó aquí, humilde y buen saludador de todos en las calles de mi vieja Zamora. Ahora que leo eso con la prudencia de saber que ser obispo tiene que ser oficio muy complicado y que a veces son los actores secundarios los que dejan mal al protagonista, recuerdo también, frente a este obispo tan controvertido, los grandes obispos con los que crecí, como Ramón Buxarrais Ventura, quien me confirmó y cuya humanidad comprometida nos hacía quitar el sombrero, don Eduardo Poveda, con gran formación teológica y gran humanista, y bajo cuyo báculo, siempre humilde, la nueva Cáritas comenzó a desarrollarse, dirigida por el citado don Domingo Dacosta, con las construcciones de la residencias de Fermoselle, apadrinada por la familia Regojo, y Alcañices, para la que dejó su palacio el marqués de Alcañices, el Proyecto Hombre o las cooperativas textiles locales que trabajaban para grandes firmas como el Corte Inglés, o Don Juan María Uriarte Goiricelaya, gran pastor de la Ecclesia Cemorensis.

Y ahora también, y gracias al libro de don José Ángel Rivera de las Heras, La sillería coral de la catedral de Zamora. Un canto al Salvador, tesis doctoral del autor, recordamos al gran obispo renacentista zamorano Diego Meléndez de Valdés (1494-1506), obispo que viviendo en Roma al lado de los papas, dio todas sus rentas al Cabildo catedralicio para embellecer y restaurar distintas iglesias zamoranas y, muy en particular, su catedral. Vemos que en el espíritu de este gran obispo zamorano laten todas las características espirituales y culturales con que el gran Jacob Burckhardt crea el término Renacimiento. Hizo, entre otras muchas obras, sua pecunia, la capilla mayor, el coro y las rejas de la catedral, con la primorosa sillería interior, joya del arte renacentista realizada por el prestigioso entallador flamenco Juan de Bruselas y sus colaboradores Gil de Ronza y Juan de Quirós. El artista flamenco se basó en las imágenes de los libros de horas impresos en París a finales del siglo XV por Philippe Pigouchet para el editor Simon Vostre. Diego nació en Zamora en 1447, estudió en la vecina ciudad de Salamanca, y durante las guerras entre las reinas Isabel y Juana marchó a Roma, donde ejerció como escritor y notario apostólico. El alcaide de las torres del puente, tío carnal suyo, había facilitado a Fernando de Aragón la entrada de sus tropas en la ciudad, posibilitando así su victoria en los llanos de Peleagonzalo, que ha pasado a la historia con el nombre de Batalla de Toro, con lo que se aseguró el trono de la reina Isabel, frente a las pretensiones del rey Alfonso V de Portugal, que lo reclamaba para su esposa Juana, mal llamada “la Beltraneja”. Hoy no sabemos si hubiera sido mejor para España la victoria de la sobrina, y la consiguiente unión de Castilla y Portugal, que lo que al final pasó. Pero no tiene sentido fantasear con lo pasado.

Zamora asimismo tuvo la suerte de que, además de un obispo renacentista y muy generoso, el Cabildo catedralicio también contase con entusiastas del arte y la belleza eclesiales. Así tenemos como deán a Diego Vázquez de Cepeda, quien encontró en la capilla de los reyes de la basílica de San Isidoro, de León, las tumbas de las hermanas doña Elvira, reina de Toro, y doña Urraca; “Hic requiescit domina Urraca, regina Camorensis”. Fiel a las órdenes de su obispo mejoró y embelleció la Iglesia de San Pedro y San Ildefonso, en donde se encuentran “muy custodiadas por los zamoranos” las reliquias del santo toledano, y de San Atilano, patrones de la ciudad de Zamora. Fue el propio deán quien contrató en León a Juan de Bruselas para realizar la impresionante sillería coral de la catedral, y estamos seguros de que en el proceso de ejecución intervino con sus amplios conocimientos teológicos y sensibilidad estética para fijar el desarrollo del programa iconográfico. También tuvo que implicarse en el proyecto de la sillería el chantre Pedro López de Peralta, natural de El Perdigón, que por su magnífico sepulcro en San Félix del Perdigón, ideado por él mismo, tenía sólidos conocimientos de estética eclesial. Otro miembro importantísimo del Cabildo fue el canónigo Juan de Grado, doctor en Decretos por Roma. Fue abad comendatario o seglar del monasterio cisterciense de Valparaíso, entre 1480 y 1484, chocando violentamente con las manos contra fray Pablo Vélez de Roa, que fue el primer abad trienal. Asimismo, sua pecunia, costeó las edificaciones de diversas iglesias de la comarca de Sayago. Proyectó su propio enterramiento en la Catedral, considerado el mejor ejemplo mural tardogótico que se conserva en España, y en el que como curiosidad nos encontramos la historia de la prostituta Filis cabalgando sobre Aristóteles – no hay ciencia que no sea vencida por la seducción de una mujer -, tema que como también lo encontramos en la sillería, puede ser un asunto traído del propio magín del canónigo. Su citada pelea violenta con fray Pablo Vélez de Roa, que le quitó el puesto por ser seglar, pudo influir en el espíritu crítico con que se trata en algunas imágenes de la sillería al clero regular.

Finalmente tenemos, festoneando la obra maestra de Juan de Bruselas, al cantor Jacobo de Milarte, que llegó a enmendar el proyecto ofrecido por el propio tallador, a fin de mejorar las condiciones acústicas del recinto. Milarte llegó a componer villancicos profanos polifónicos, de los que conservamos seis en el Cancionero de Palacio. Pudo influir también en la inclusión de Nabucodonosor y Virgilio en la sillería como homenaje al “Canto de la Sibila”. Pero nosotros creemos que la presencia del divino Virgilio en la sillería del coro se debe a la propia leyenda medieval que explica el nombre del maravilloso vate lombardo.

En definitiva, las hazañas y desastres de un obispado tienen mucho que ver con los más directos colaboradores del obispo. El obispo está obligado a delegar, y su principal sabiduría de obispo radica en la buena elección de las velas que empujen la barca de la iglesia hacia buen puerto. Y, por encima de todo, están las oraciones de los fieles que lo ayudan y protegen.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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