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TRIBUNA

Un Rey ante el “genocidio” en la ONU

viernes 26 de septiembre de 2025, 19:35h

Escribí hace tiempo que cada vez que el gobierno sanchista idea cómo taponar una herida, el remedio que aplica acaba agravando la laceración. Esto ocurre cuando se confía principalmente en que la propaganda sea el remedio que tapone la gangrena. La demagogia no hace la realidad, la encubre, y lo natural es que, si la herida segrega podredumbre, la secreción acabe por sí misma mostrándose en la superficie de la piel.

Tapar la corrupción levantando un muro para dividir a los españoles en bloques incomunicables no puede impedir que el pus acabe rezumando a ambos lados del muro por muchas artimañas que se utilicen para ocultarlo en uno u otro lado. El último intento del sanchismo parecía bien urdido, se fraguó este verano en La Mareta. Hay que admitir que, durante la primera quincena septembrina, resultó eficaz para desviar la atención y evitar que los ciudadanos se distrajeran del asunto principal. Al equipo que reúne el gobierno le acucia un problema que ha de abordar tarde, si consigue mantener la legislatura, o temprano si, como muchos deseamos, no consigue ultimarla para preservar en España el bienestar de la convivencia entre discrepantes. El problema es la debilidad de un gobierno en minoría parlamentaria cuya supervivencia está supeditada a socios incompatibles entre sí y con el Estado de Derecho. La estrategia de salir a la palestra para presentarse como valedor de la causa palestina frente a un Israel genocida consiguió focalizar el interés de la ciudadanía en menoscabo del asunto principal que diariamente comprueba el ciudadano: la parálisis de un gobierno que cada día que pasa se muestra más impotente e incapaz de gobernar.

Han bastado dos actuaciones judiciales para situar al gobierno ante el espejo que refleja su progresivo debilitamiento. Sánchez sabe que no tiene crédito interior, que no se le respeta, que no puede salir solo por las calles de Paiporta, de Valencia, León. Madrid o Sevilla. La fragilidad de ese escenario, devuelto a la realidad por tener que afrontar la situación judicial, incluso ha arruinado el plan urdido para culminar en el escenario internacional un lavado de su miseria. Sánchez quería asegurarse en Nueva York su condición de paladín de la causa palestina ante el mundo. Y ha comprobado que es tan inútil embadurnarse de maquillaje para lucirse dentro como recuperar el crédito perdido para ser respetado fuera.

El jefe Sánchez no ha podido aprovechar su presencia en la ONU para proyectar su liderazgo internacional como portavoz de la causa palestina. No solo ha quedado devaluada su presencia, sino que, como ya ocurrió en Paiporta, también en la ONU ha tenido que cubrir sus vergüenzas ante el mundo escondiéndose tras las vestiduras del Rey.

En el escenario internacional es al Rey, no a Sánchez, a quien se escucha con respeto y atención. Lo de menos es si el discurso real está o no en sintonía con el de Trump, porque nada le obliga a coincidir con nadie. Lo que importa es que tiene valor por sí mismo y que es el Rey quien lo hace valer. Lo que importa es que no sigue las trazas del discurso del gobierno sanchista y lo rectifica en sus aspectos esenciales. Lo que importa es que, en la tribuna de la ONU, España no ha hablado de “genocidio” sino de “masacre”. Lo que importa es que el Rey ha tenido un pulcro cuidado de no confundir a Israel y el pueblo judío con el gobierno y la política de Netanyahu, como anticipó Feijóo en el Congreso. Lo que importa es que no es lo mismo acusar en la ONU a una política del gobierno israelí, cuyo jefe trata de mantenerse al precio que sea como hace Sánchez en España, y otra acusar de genocidas a un Estado y al pueblo que lo constituye, para que la proclama demagógica sirva de muro que enfrente a los españoles y de oportuno testimonio adaptado a los deseos de la teocracia totalitaria iraní y su prolongación terrorista de Hamás.

Israel es un Estado democrático. Por serlo, la política de masacrar a la población en Gaza ha sido criticada desde dentro por la oposición. Como es democrático, el gobierno no es una representación de Israel ni de su pueblo. Lo mismo ocurre con la política exterior de Sánchez: no representa a España, sino a su gobierno y a sus socios. Sánchez atribuye a Netanyahu, como se la atribuye a sí mismo, una representación de la que ambos carecen. Ni uno es la voz de Israel, ni otro es la voz de los españoles o de los madrileños que anhelan torpedear la Vuelta ciclista a España porque un ciclista sea israelí. Netanyahu no representa tampoco la voz del ejército, como con rotunda claridad ha mostrado mi pariente, el almirante Rodríguez Garat, en los incuestionables artículos que publica el diario El Debate.

España está contra la masacre de Gaza, no contra el Estado de Israel. España está a favor de la convivencia entre judíos y palestinos, no con el terrorismo iraní de Hamás ni con la política de Netanyahu. España está con la convivencia entre españoles, no con el gobierno de Sánchez que no puede salir de Moncloa si no va de incógnito o protegido para que no le abucheen. España no está con la política exterior de Sánchez que no puede subir al estrado de la ONU para difundir que Israel está cometiendo un genocidio por la política de Netanyahu.

No me asusta la palabra “genocida”. Comprendo la tentación de usarla en la conversación corriente para expresar el horror que se sufre en Gaza por el cruento exceso de la réplica gubernamental. La retórica forma parte del lenguaje y una expresión técnica como “genocidio” pasa a la imprecisión del lenguaje corriente para metaforizar retóricamente el exceso represivo. Pero del mismo modo que no es lo mismo llamar a alguien asesino en la calle, a que lo decida un juez para tipificar un delito, tampoco es equiparable llamar a alguien genocida en la verborrea demagógica de la discusión que subirse al estrado de la ONU para proclamar que el Estado de Israel está cometiendo un genocidio, como pretendía Sánchez.

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