Reconozco que el cine musical de Jacques Demy no es para todos los gustos. Que a día de hoy cuesta todavía más entrar en estas películas. No obstante, una vez se superan estas barreras, la emoción se pone a flor de piel y se despierta cualquier sensibilidad dormida. Les demoiselles de Rochefort (“Las señoritas de Rochefort”, 1967) —no confundir con las de Avignon (perdónenme la broma)— es un ejemplo de ello. Como su hermana mayor, Les Parapluies de Cherbourg (“los paraguas de Cherburgo”, 1964), son iguales pero distintas. Algo así como Françoise Dorléac —fallecida trágicamente poco tiempo después en accidente automovilístico— y Catherine Deneuve —quien entró en el cine en buena parte gracias a su hermana—. “Catherine Dorléac” y “Los paraguas de Rochefort", ambas dualidades fusionadas bajo una misma llama.
Las historias argumentales de Demy son hermosas pero tan irreales como los colores de sus fotogramas. Y esa música de Michel Legrand, tan emotiva y clásica como moderna para su época. Demy puede lograr a Gene Kelly en su reparto (otro sueño más hecho realidad); algo que no nos debería extrañar, pues es el lógico transmisor de la antorcha de la tradición del cine musical con films como Singin´ in the Rain. Pero dice mucho y muy bien de Kelly el que aceptara participar en una producción francesa de estas características. También Demy es capaz de conseguir que Michel Piccoli acabe cayéndote en gracia, más allá de los deleznables personajes que acostumbró a interpretar. Pero hay que penetrar en ese mundo mágico, pactar su entrada, claro está.
Demy crea como crearía un niño dotado de los conocimientos artísticos y técnicos de un adulto. Y lo hace con esa alegría desaforada con la que parece desafiar al cine de su tiempo, a las “nuevas olas” de su época. Dentro y fuera de la Nouvelle vague, alejado de sus propuestas a pesar de que en este grupo cundiese el eclecticismo. Y ese espíritu lo logra insuflar a las historias, sus ambientes, sus personajes. Juntos transforman tramas plenas de banda sonora en óperas modernas que no temen pecar de idealización, pureza, sensiblería o dramatismo. Todo ello sazonado de ambientes de su tiempo, diálogos poéticos y también convencionales, cotidianos. Una mezcolanza atemporal que los hace tan especiales y que solo podría haber hecho posible este realizador. Su pareja, la gran cineasta Agnès Varda, supo quererle y apoyarle en todo momento, y si bien sus cines son bien distintos, hay algo en sus identidades que provocó su vínculo.
Qué maravilla el cine de Demy. Por films como estos, vale la pena amar este mundo.