Desatendiendo los prejuicios críticos más anquilosados, en la literatura de género no sólo se encuentra a veces gran literatura, sino además, con la ventaja de no pretender ser gran literatura.
En el ramillete novelesco que compone el ciclo de Sherlock Holmes, del escritor y médico escocés Arthur Conan Doyle (quien, por cierto, hubiera preferido verse inmortalizado por su teatro y novelas históricas antes que por el detective que le robó la fama), hay muestras como El sabueso de los Baskerville (1901) o El signo de los cuatro (1890) que por sí solas no sólo cabe recomendar como buenos ejemplos de narrativa criminal, sino como espléndida narrativa sin adjetivos.
Pero para el observador curioso, o para el detective que es todo buen lector, hasta en la obra, digamos menor, de un autor importante se encuentran signos de grandeza, como quien sospecha que en el cedazo en que se remueven la tierra y el agua relucirá la pepita de oro. En «El tratado naval», novelita correspondiente al conjunto de once que lleva por título Memorias de Sherlock Holmes (1893), el robo de un documento relevante para la Corona, que traería consigo ‒en lo personal‒ la ruina de un amigo del Dr. Watson, pone de nuevo a prueba a Holmes. Hay que imaginarlo sentado, concentrado, hermético, en el gabinete donde los principales afectados, crispados, compungidos, le están dando todo tipo de detalles sobre la insólita desaparición del expediente; hay que ver a Holmes cómo se incorpora de súbito, se dirige a una ventana, coge una rosa musgueña, la mira al trasluz y reflexiona en voz alta:
«No hay nada en que sea tan indispensable la lógica como en la religión. El buen razonador puede construirla igual que una ciencia exacta. A mí me parece que nuestra certidumbre suprema de la bondad de la Providencia está en las flores. Todas las demás cosas: nuestras facultades, nuestras ansias, nuestro alimento, son, en realidad, necesarios para nuestra existencia y en primera instancia. Pero esta rosa constituye un extra. Su aroma y su color son un embellecimiento de la vida, no condición indispensable de ella. Únicamente la bondad da más de lo obligado, y por eso digo que de las flores podemos derivar grandes esperanzas».
Es éste, en apariencia, un extraño parlamento en tan adusto personaje, y uno se aviene a pensar que Conan Doyle había sufrido la debilidad de proyectar sus inquietudes espiritualistas (que, como se sabe, le llevaron a interesarse por mediums y hadas fotografiadas) en una trama en la que no venía a cuento. Pero sobre todo, suponía una notoria falta de respeto al resto de personajes, de modo que uno de ellos le increpa: «¿Ve usted alguna pista?», a lo que el detective, de nuevo en tierra, reacciona: «Usted me ha dado siete: pero, como es natural, necesito ponerlas a prueba. . .» ; y sigue el diálogo: «‒Sospecha usted de alguien?», «‒Sospecho de mí mismo... por haber llegado con demasiada rapidez a establecer conclusiones» (empleo la edición de las Obras Completas publicadas por Orbis en 1987, con el traslado de Amando Lázaro Ros).
Tras esta vuelta a lo ordinario, queda para el sabueso lector deducir la importancia del misterio de esa rosa, ¿la relación de Conan Doyle con el ocultismo y sociedades secretas del tipo Golden Dawn, y al igual que se cuenta de otros autores coetáneos, la destilación especiada de mensajes para iniciados?
Algunos pareceres van por ese camino, pero, personalmente, a mí nunca me han convencido del todo. Cuando Holmes se levanta y mira la flor, está parando el tiempo para reflexionar; ha puesto orden, y lo ha puesto observando lo inexplicable: el talento de la naturaleza para crear lo bello. Ése es realmente el misterio que jamás va a descubrir el detective y por eso le sirve de pantalla para concentrarse y reorganizar lo que, por abstruso que se presente, tiende una vía (o siete) de entendimiento.
Desde hace varios años una amiga y yo andamos en polémicas; ella piensa que el germen de la naturaleza humana es oscuro, y yo no estoy tan de acuerdo, pese a lo abrumador de las pruebas. Pero, por no quitarle del todo la razón, le aseguro que si el egoísmo más acorazado y los impulsos primarios son la piel de nuestros dientes, entonces, ¿de dónde proviene el sonido de la música, el tacto de la entrega, el aroma de la nobleza? ¿No serían tan insospechados como ángeles y hadas?
Y sin embargo, también convivimos con ellos; también nos sobrepasan y consuelan, como la flor sobrepasa y consuela a Holmes en el relato de Doyle. No sé si éste logró persuadirse alguna vez de que había visto el negativo de un hada. Su personaje, más cerebral, se contentaba con mirar con respeto una rosa.
Va aquí, ahora, un vehemente añadido: por favor, al margen de leer o releer este relato de Holmes, les invito vivamente a que visiten su volcado en serie televisiva, que gracias a YouTube, es completamente asequible. Por favor, no se pierdan «El tratado naval» de Las aventuras de Sherlock Holmes (Granada Television, 1984); ¿por qué?, porque el carismático actor Jeremy Brett compone, en mi opinión, el mejor Holmes visto en pantalla (con un parecido al de las ilustraciones originales en The Strand Magazine digno de resaltar), y porque justamente el segmento de la rosa es categóricamente sublime; o si no, salten directamente a ese fragmento, subtitulado (también en YouTube), «Sherlock and the rose», y verán lo que son cuarenta segundos intensos. Mi halago hacia Jeremy Brett, hasta ese entonces apenas recordado por el gran público como el pisaverde que ronda a Audrey Hepburn en My Fair Lady, es compartido por la poeta Montse Rubinat, con la que pronto cumpliré treinta y cinco años de amistad y coincidencias como ésta, aparte de las wildeanas, lo que no es poco. Si no es a mí, háganle caso a ella. No se arrepentirán.