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TRIBUNA

Weil Vs. Veil: una reflexión ético-filosófica necesaria sobre el aborto

Mercedes Martínez Arranz
lunes 20 de octubre de 2025, 18:40h

A Simone Weil (Francia 1909-1943 Inglaterra) no creo que le hubiese gustado la ley que se aprobó en Francia sobre aborto por su coetánea y tocaya Simone Veil, que fue la precursora en 1975 de llevar al Parlamento francés, una ley que llevaba su nombre, La ley Veil (Francia 1927- Francia 2017) que despenalizaba el aborto. La una, Weil, era socialista cristiana y estaba en contra del aborto, la otra Veil, conservadora, estaba a favor. Las dos eran judías, vivieron la era de la mayor persecución a los judíos, del terrible holocausto que supuso la desaparición de

cuatro millones de judíos, entre los que se encontraban miembros de su familia (la de Veil). La primera Weil nunca formó parte de ningún partido político, porque pensaban que estos eran los enemigos de la democracia y del hombre, la segunda, Veil, hizo carrera política dentro de un partido conservador. Sin embargo, las dos fueron políticas, pero entendían la política y la lucha de manera diferente: Weil luchaba en las trincheras, con los obreros en las fábricas, con los pobres, con los soldados enviados al frente. Incluso dejó su profesión como profesora de Secundaria, para irse a trabajar con los obreros de La Renault. La otra Veil, hizo carrera política en los parlamentos, en las instituciones, en el Gobierno, en los ministerios, hasta llegó a ser miembro de la Real Academia Francesa. Una Weil necesitaba empatizar con el dolor que sentían sus congéneres, sentirlo en su piel, saber lo que es el sufrimiento, para poder exigir con conocimiento de causa sus derechos desde la primera línea, bajando al barro. Necesitaba saber de lo que hablaba y lo que defendía.

La otro Veil, pensaba en conseguir derechos haciendo carrera académica, escalando a lo más alto de la clase política, debatiendo y hablando en el Parlamento. Los dos vivieron la guerra: una Weil, murió luchando en Londres negándose a comer porque los soldados de la resistencia con los que estaba no tenían nada que llevarse a la boca; se solidarizó dejando de comer lo poco que le daban, y enfermó de tuberculosis a los treinta y cuatro años y murió. La joven Weil luchó en varias guerras: la Civil española, primero se alistó con Durruti, causa que abandonó cuando vio las atrocidades que cometían los anarquistas, y, en la II Guerra Mundial con la resistencia francesa y la inglesa. La otra, Veil, sufrió también la guerra, escapó de varios campos de concentración y al finalizar la Segunda Guerra Mundial, se dedicó a la política institucional llegando a ser ministra. Y murió en Francia a los noventa años. Ambas sí, mujeres comprometidas, imponentes, luchadoras, coherentes, pero que pertenecían no solo a ideologías diferentes sino a cosmovisiones distintas y distantes; y, esa diferencia es una diferencia no solo

cualitativa, o meramente cuantitativa, sino una diferencia ontológica, una diferencia si me permiten verdaderamente real. Es una diferencia que lo cambia todo. Porque una verdadera filosofía se tiene cuando se tiene una filosofía del Todo.

Traigo esta analogía a colación porque las diferentes posturas sobre el aborto no son diferencias entre izquierdas y derechas, pues como hemos visto aquí tenemos a una mujer de izquierdas y cristiana, Weil, que estaría en contra del aborto, y la otro, Veil, de derechas y atea o conservadora que estaba a favor. Ambas eran mujeres, ambas eran feministas, ambas eran militantes. A ninguna de las dos se las puede acusar de antifeminismo. Estar o no a favor del aborto ni siquiera es una cuestión feminista, sino que como voy a defender en este artículo es precisamente el fracaso del feminismo. La cuestión del sí o no al aborto, no consiste en un mero pronunciarse de un lado o de otro de la baraja, tampoco es una cuestión de partido, ni es una cuestión exclusiva de la mujer, ni es exclusiva del hombre, no. La cuestión que nos preocupa le compete a la humanidad, pues es una cuestión verdaderamente universal, me atrevería a decir que es la única cosa verdaderamente universal y le compete a todo ser racional. La cuestión de esta forma de existencia que es la vida humana es un asunto que el ser humano lleva planteándose desde los inicios de la historia del pensamiento. La cuestión de la existencia, la cuestión del ser, de esa forma de ser que no es una forma de ser cualquiera, sino de un tipo de ser, que, hasta los acérrimos materialistas, los existencialistas, le han dado un estatuto de realidad digno, pues lo que no se puede negar, lo que ni tan siquiera un materialista negaría es que un cigoto existe, que un feto de un mes, de dos, de tres, de cuatro meses existe, que uno de cinco seis y siete meses existe, de ocho y de nueve meses también existe. Y que pasar de tener un mes a dos, o pasar de nueve meses en el vientre materno, a tener nueve meses y un día ya fuera de la madre, no es pasar de la no existencia a la existencia, no es pasar del no ser al ser. Dar a luz no es dar la existenciano somos diosas, sino que la existencia, esto es la vida, es algo anterior a dar a luz. La mujer da a luz algo que ya existía en su vientre y que tiene una existencia que no depende de ella. Esto está hasta científicamente comprobado en los miles de embriones congelados, que tiene ya una identidad humana propia y que puede crecer en el vientre de otra mujer si son allí implantados, lo que demuestra que están, son y existen y no le pertenecen a nadie. Y qué tipo de existencia sea ese existente, no le compete determinarlo a ningún político, porque no lo saben ni pueden saberlo, sino que, si acaso esa competencia le perteneciese a alguien, sería en todo caso, a un grupo de expertos que traten de lo existente cada uno desde su campo del saber: los físicos, los biólogos, los químicos, los filósofos, etc. A la conclusión que llegan todos ellos es que el cigoto existe y está vivo, y que es vida humana.

Lo que se defiende en toda Constitución es la vida de todo ciudadano; y si lo que se defiende es la vida, si a lo que se tiene derecho es a la vida, eso que existe está vivo y esa vida no le pertenece a nadie, ni siquiera a la madre, por mucho que esté dentro de su cuerpo, y sea dependiente de ella. Pues esa dependencia no solo la tiene mientras crece en su vientre, porque la tendrá fuera de ella mientras siga creciendo y sea mayor de edad. Mientras el feto crece, ya sea dentro o fuera es dependiente, y esa dependencia no le da poder a nadie para acabar con su vida, sino que más bien, al igual que desde que nace es responsabilidad de los padres cuidar de los hijos, de igual modo, debería ser responsabilidad de los dos implicados en el coito de hacerse cargo de esa vida, que ya ha sido arrojada al mundo, que ya ha empezado a crecer en el vientre de la madre. Debería estar blindado en la Constitución que un embrión es ya un ciudadano de unos días, unas semanas o unos meses, con nombre y DNI y derechos.

Y si algunos, me vienen a decir, que es vida, sí que eso es vida, pero que eso no es una vida humana que lo demuestren. Pero no pueden demostrarlo, y no pueden demostrarlo porque lo único que pretenden es que asumamos sin más su ideología que se sustenta sobre principios materialistas que no los llevan a poder mostrar racional y científicamente, que eso que abortan no es un ser humano.

Así las cosas, señoras y señores, pero sobre todo señoras, les digo yo como mujer, que el aborto no es algo feminista, sino precisamente el fracaso del feminismo y el triunfo más radical del mal sobre la mujer. El feminismo empezó su casa por el tejado, por lo que tiene unos cimientos débiles y el edificio entero de sus derechos se está viniendo abajo. La mujer ha conseguido a lo largo de la historia derechos y libertades que ya tenían los hombres y en la actualidad, en los países occidentales y democráticos, la mujer tiene los mismos derechos que los hombres, pero ha sido engañada sobre un derecho fundamental que es un pilar de todas sus libertades y debería estar protegido y enaltecido: el derecho a dar la vida en las condiciones en el que desarrollo de esa vida sea posible sin detrimento de la suya. Es decir, la mujer en el momento en que se queda embarazada tiene que ser protegida por todos y el bebé también; además, el Estado debe garantizar la subsistencia de ambas vidas, de tal manera que el que esas vidas salgan adelante no le compete solo a ella sino a toda la ciudad. El Estado debe darle todo a cambio de nada para que se cuiden ella y el bebé, y salgan adelante en todos los aspectos. Lo verdaderamente feminista es que en vez de que en la Constitución se blinde el derecho al aborto, se blinde el derecho a la vida y el derecho de las mujeres a quedarse embarazadas, sin que eso suponga tener que dejar de trabajar, o que les suponga una imposibilidad económica o social, que las lleve a abortar o a vivir en condiciones imposibles e indignas. El Estado debería garantizar que una vez que una mujer se quede embarazada, los gobiernos tengan la obligación de darles

si no lo tienen, un sueldo, una casa y unas condiciones de vida dignas en las que pueda crecer ese ser humano. Es tan fácil como dar una paga y un techo, a toda mujer que lo necesite y se quede embarazada hasta que el niño cumpla dieciséis años. El Estado debería garantizar que ninguna mujer pueda ser despedida de su trabajo, en los tres años que debe durar como mínimo la baja por maternidad para que esa madre o padre, no se vean obligados a dejar al cuidado de un ser humano tan pequeño en una fría guardería estatal. Sí, hay que blindar la Constitución, pero con el derecho a dar la vida, no la muerte. Blindar el derecho a la mujer a dar la vida sería el triunfo de una sociedad verdaderamente feminista; sin embargo, el derecho al aborto en la Constitución, acabar con una vida por derecho de una madre, sería el fin de nuestra civilización, el fin del feminismo, y entraría en contradicción con el derecho a la vida de la Carta Magna.

Uno de los grandes defensores de los bebes, de la vida, de la persona, ha sido G. k Chesterton que defiende que el ataque a la vida de los no nacidos es un ataque a la libertad en su forma más pura y nos dice: “ Mi desprecio hierve hasta convertirse en mala conducta cuando oigo la sugerencia común de que se impiden los nacimientos, porque la gente desea ser libre para ir al cine, para comprar un tocadiscos, o una radio (…) un niño es precisamente el signo y sacramento de la libertad personal. Es una tierna voluntad libre agregada a las voluntades del mundo. (…) La gente que prefiere los placeres mecánicos a semejante milagro está exhausta y esclavizada. Prefieren la escoria antes que la fuente primigenia de la vida. Prefieren la última, torcida, indirecta, copiada, repetida y exhausta creación de nuestra agonizante- y envejecida civilización capitalista, a los nacimientos que suponen el rejuvenecimiento para cualquier civilización. Son ellos los que abrazan las cadenas de su vieja esclavitud, es el niño el que está listo para el nuevo mundo”

¡Cómo vamos a estar mujeres, de acuerdo con que lo que ya es de hecho un derecho, llevarlo hasta tal punto que sea el fundamento de un país, de una sociedad! ¡Cómo va a ser un derecho constitucional de un país impedir que nazcan ciudadanos, cuando una ciudad no es sino sus ciudadanos! Ambas mujeres Weil y Veil luchaban fervorosamente por los derechos, una Wiel, por los de todos, otra Veil, se centró en la mujer olvidándose del resto. Weil pensaba que toda vida humana es sagrada, pero lo sagrado no es solo su persona, sino que esa sacralidad es anterior a su ser personal, al desarrollo de su pensamiento o su conciencia, lo sagrado empieza con la vida. Lo sagrado está relacionado con el bien, y todo ser humano espera que nadie le haga daño: desde la más tierna infancia y hasta la tumba hay, en el fondo del corazón de todo ser humano, algo que, a pesar de toda la experiencia de los crímenes cometidos sufridos y observados, espera invenciblemente que se le haga el bien y no el mal.

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