No es comparable al sentimiento de desolación y tristeza que me produjeron las llamaradas de fuego sobre la catedral de Nôtre Dame de Paris hace unos años, pero la noticia de hoy sobre el robo de joyas en el Louvre te llega al corazón de los mejores recuerdos y te hiere el alma, pues la universalidad del arte verdadero traspasa fronteras y te hace sentir partícipe sin ser ciudadano de Francia, aunque sea efímeramente, de aquello que los escolásticos denominaban los trascendentales del ser: la verdad, la belleza, la bondad. Sientes como tuyo el derecho al disfrute del arte protegido en los muros de un museo, como es tuyo el espectáculo gratuito de una puesta de sol sobre los muros rojizos de la Alhambra desde la plaza de San Nicolás en Granada, al igual que el recuerdo de un paseo vespertino tomando la cintura de tu amada sobre los puentes del río Arno en Florencia.
Se perfila en la bruma de tu memoria adormecida aquel amanecer a las puertas de la insignificante iglesia de Saint Julien le Pauvre, un día de mayo cualquiera, el año en que giró el tiempo hacia el tercer milenio. Escondida al final de la rue de la Huchette, minúscula como un David frente al inmenso Goliat de la catedral de Nôtre Dame, el pequeño templo de rito bizantino había sido elegido por mi amigo para iniciar aquel domingo nuestro paseo parisino rumbo al Louvre, que alcanzamos al poco rato tras cruzar el Sena y avanzar por la rue de Rivoli. Eran las once menos cuarto de la mañana, tal vez una hora demasiado temprana para un domingo de mayo en París, sobre todo si, como era el caso, un rebaño de nubes poblando el cielo apenas permitía que el sol luciera de vez en cuando, a la par que el inoportuno vientecillo frío del norte impidiera disfrutar plenamente de nuestro reconfortante paseo matutino.
Mi amigo José Luis, antiguo profesor en la Complutense, me contaba que, tiempo atrás, había residido en París durante tres años representando a España ante la UNESCO, en la época en la que Federico Mayor Zaragoza había desempeñado el puesto de Director General en esta Organización. La impresión de José Luis era que, a pesar el corto trecho temporal transcurrido, muchas cosas habían cambiado desde entonces, cuando al Louvre se accedía desde la calle topando casi literalmente con la Victoria de Samotracia, así, de sopetón, directamente al bajar la acera y pasar al interior del museo. Le impresionó agradablemente el nuevo acceso subterráneo construido bajo una gran pirámide de cristal en mitad de la plaza, un contrapunto ideal de transparencia y perfecta geometría junto a los vetustos muros de la pétrea arquitectura que le rodea.
Por la tarde, tras disfrutar de la contemplación de algunas salas, le gustaba especialmente el arte egipcio a mi buen amigo, nos encontrábamos conversando libremente sentados en una terraza parisina de la plaza de la Bastilla. Han transcurrido más de dos siglos desde la Revolución Francesa, me dijo. Lo que tienes ante tus ojos no son ya los muros de la antigua prisión donde la nobleza reprimía al pueblo antes de 1789. Los revolucionarios incendiaron y destruyeron la Bastilla, símbolo del Antiguo Régimen. Los frescos y mosaicos de la estación del metro evocan aquellas escenas del pasado que el rumor del Sena, único testigo superviviente de la época, es incapaz de relatarnos con precisión histórica. Con su inevitable tono de profesor jubilado continuaba entusiasmado: ¿Ves? Frente a nosotros se levanta esa columnata en recuerdo de las víctimas de las revueltas posteriores de 1830 y 1848. Un monumento a la revolución pendiente de realización, pues en la Revolución Francesa el pueblo se alió con la burguesía para derribar a la nobleza y acabar con sus privilegios. En 1870 los obreros y las clases populares se levantaron en armas y proclamaron la Comuna de París, aboliendo la propiedad privada y la explotación a que los sometía ahora la burguesía.
En realidad París entera es un museo, pues esta plaza nos recuerda todo eso y también que, aprovechando una tregua en la guerra franco-prusiana, el ejército francés reprimió con dureza al movimiento comunero, ocasionando veinte mil muertes y decenas de miles de encarcelados. La brutalidad de la represión puso de manifiesto el lado oscuro y la brutalidad de la sociedad burguesa. Más tarde vino Napoleón, el imperio, la restauración monárquica. El camino hacia la libertad, la igualdad y la fraternidad, era evidentemente más largo y tortuoso de lo que hubieran imaginado los ilustrados un siglo antes… Guardamos silencio ante la proximidad del camarero que traía la vuelta por los cafés. Nos adentramos caminando de nuevo por la rue de Lappe, a esa hora en que los noctámbulos, tras vislumbrar en el horizonte de la noche los primeros valses por la pista de baile del Balajo, se dejan caer con nostálgica emoción por aquellos lugares en los que a principios del siglo veinte bailaban el tango Paul Céline, Arletty y Edith Piaf. No robéis en el Louvre, tarareaba con acento parisino un grupo de bohemios que zigzagueba la calle entrelazando sus brazos.