Hace poco más de una semana se cumplió el septuagésimo quinto aniversario del fallecimiento de Ortega y Gasset en su último domicilio madrileño de la calle Monte Esquinza. Lo supe por una «tercera» de Andreu Jaume en ABC, mientras ningún otro de los grandes diarios de la capital daba la menor cuenta del mismo; ¿y acaso no hubiese merecido al menos un par de páginas, si no ya una conmemoración institucional? Por descontado; pues para calibrar lo desidioso de este olvido, basta con un vistazo a su portentosa labor como editor, donde sobresalen las todavía vivas Espasa-Calpe o Revista de Occidente, sin olvidar otras muy estimables cabeceras fenecidas, como el semanario España o el diario El Sol y sus continuadores durante la II República, Crisol y Luz; puñado de publicaciones donde Ortega y Gasset cobró una envergadura social y política señera en aquella España del primer tercio del siglo pasado.
Su empeño por europeizar —o sea, por modernizar e higienizar— las mentalidades nacionales comenzó sobre 1907, apenas vuelto de Alemania y en compañía de Gabriel Maura, con un intento por reformar el esclerotizado liberalismo del momento hacia una nueva concepción donde cupiesen algunas notables reivindicaciones —hoy incorporadas a nuestro acontecer— de la socialdemocracia alemana. No hubo manera; y don José hasta rompió con el diario de su familia, este mismo Imparcial —el más importante del país en aquellos días—, y acometió sucesivamente las ya mencionadas iniciativas editoriales —algunas con el sólido apoyo del empresario papelero Nicolás María de Urgoiti—, a la par que también empresas de un sesgo declaradamente didáctico —según los postulados de la Institución Libre de Enseñanza de la que era tan deudor—, como su pródiga participación en la recién nacida Residencia de Estudiantes o la fundación, en 1913, de la Liga de Educación Política Española, donde se integraron personajes decisivos en el inmediato discurrir del país, como Manuel Azaña, o Luis Araquistáin, o Fernando de los Ríos... En cuanto a su paso por la política activa, tras una distinguida adscripción al Partido Reformista, de Melquiades Álvarez, cobrará todo su empuje con la Asociación al Servicio de la República, que le procuró un escaño durante las cortes constituyentes de 1931 y también un inmediato y amargo desengaño, como testimonia su celebre artículo «Un aldabonazo», de 9 septiembre de 1931, en las páginas de Crisol. Y aunque nunca abandonase su defensa del régimen republicano, desde febrero de 1932 se abstuvo de cualquier intervención hasta la guerra, cuando emprendió un temprano y cauteloso exilio, con la consiguiente animadversión de ambos bandos, y cuyo agrio resultado fue la postergación de todo reconocimiento oficial y aun de cualquier empleo estatal a su regreso, durante el verano de 1945.
Entre tanto, desde su cátedra de Metafísica había forjado la llamada Escuela de Madrid de filosofía (Zambrano, Zubiri, García Morente, Gaos…) y, sobre todo, un impulso admirable: refundar esta disciplina, raquitizada desde el Renacimiento, en el solar y en la lengua hispana. Lo prodigioso —y en parte disipador— es que no lo hizo solo desde las aulas de la Central, sino también y constantemente desde esas mismas publicaciones mencionadas antes y con un decir distante del críptico academicismo, pues trasladó su lectura de la fenomenología —conocida durante su viaje de 1911 a Alemania— a un español llano, salpicado de iluminadoras metáforas y, solo en ocasiones, remontado por cultismos y casticismos oportunos. Es decir; don José impartía la más reciente y radical gnoseología al alcance de cualquier entendimiento; de ahí que su recordadísimo «yo soy yo y mis circunstancias» no sea sino una atinada anticipación —con las precisiones oportunas— del cáustico dasein heideggeriano.
Pero si hay parcelas de su pensamiento de una vigencia, a mi parecer, indudable, son su indagación sobre la técnica y su concepto de hombre-masa, que en esta era digital, como en su obra, se nos presentan indiscerniblemente ligadas. ¿O acaso no estamos rodeados de ese hombre-masa —o casi abocados a serlo—; de ese «niño mimado» ansioso de todo y «con derecho a todo», inconsciente de que su «circunstancia» es el producto de un esfuerzo técnico milenario para vencer la necesidad? Ese desfachatado olvido incubaría una brutalidad, por su molicie y su avaricia, finiquitadora de nuestra civilización. Pensamiento expuesto primero en La rebelión de las masas (1930) y completado en su curso «Meditación de la técnica» (1933), donde Ortega, desde la anterior conclusión, tacha también a la técnica de déspota ignorante de su origen: la perseverancia científica; ese anhelo de «verdad».
Y aunque Ortega afirmase lo distante que se hallaba del pensador de la Selva Negra durante las conferencias de Darmstadt, de agosto de 1951, estas conjeturas nos suscitan demasiado a la «existencia inauténtica» y a la «consumación de la metafísica en la tecnología», de Martin Heidegger; empero, por la sencillez orteguiana nos desvelan hoy y más nítidamente nuestra subyugación a este presente digital, que no es solo una vacua y cambiante representación del mundo, sino también una clausura del ingenio donde aquel hombre-egregio, que reclamaba don José como reacción al hombre-masa, exige de un extenuante esfuerzo heroico; en fin, de un vivir alejado de los «páramos del mundo», como señaló Heidegger en sus últimas obras.
¿Y no merecía quién apuntó, hace casi un siglo, reflexiones tan palpitantes, al menos un recuerdo, cuando la semana pasada se cumplió el septuagésimo quinto aniversario de su fallecimiento? Claro que pudiera suceder que tan desmerecido silencio solo indicase nuestra definitiva inmersión entre el hombre-masa.