A decir de algunos, que da igual ciento que ochenta, pues no. No da lo mismo, y menos en estos tiempos que incluso lo de perder ha ocasionado frustración en algunos que demostraban deportividad con: “Lo importante no es ganar, sino participar”. Hay mucha mala leche en el ambiente, tanta que lo de ser educado es ponerte la etiqueta de perdedor. La sociedad no es tolerante y enseguida alguien te dice que no sabes establecer límites o que ser buena persona está mal visto.
De tal guisa, los “listillos” prefieren ser considerados como canallas. Hoy es lo que se lleva, a diferencia del ser honrado que, por mucho interés que ponga en el empeño, la bondad, por desgracia, ha caído en el aburrimiento. Hasta los dioses se han vuelto exigentes. Lo digo porque incluso el dios de atención primaria parece no atender a razones. Según dicen, tiene una lista de espera que asusta.
Por resumir, el humano amable está siendo “decapitado” por la canallesca que todo lo invade. Una especie de avispa velutina que extiende sus execrables ‘virtudes’ en tertulias, reuniones, redes sociales, transporte público e incluso en las juntas de vecinos. El correcto, el bienhechor de causas nobles, vive en el apartheid de la sociedad actual como algo descatalogado, quizás por amortizado o inservible. Hoy en día la bondad incomoda porque se prefiere medrar allí donde el vil metal justifica lo turbio del éxito para atizar a los considerados perdedores, o sea, a los carentes de maldad y demás seres educados.
El filósofo Jeremy Bentham sostenía que una acción es correcta o incorrecta basándose en sus consecuencias. Es decir, según él, cuando el cálculo moral genera más utilidad o placer, entonces la conducta corresponde al lado del bueno; mientras que si el resultado proporciona más desdicha o dolor, sería atribuible al canalla. Con estos principios cabe ensalzar la figura de Robin Hood como hombre bueno debido a sus acciones benévolas; Hitler, no. En tono algo más suave, pero no por ello menos gráfico, los amigos de verdad, ya sean hombres o mujeres, los que están a las duras y a las maduras, forman parte del lado virtuoso de la vida; mientras algunos miembros de tu propia familia, no.
Moderación en todo, por supuesto; ahora bien, sin apenas darnos cuenta, la villanía se ha fijado un plan para adueñarse de la situación; y a fe que lo está consiguiendo. Esta perspectiva es el origen de la corrupción, la injusticia, la codicia y la envidia. Es la culminación de un proceso de deterioro, donde la ética ha desaparecido y los hombres ya no respetan las normas divinas ni humanas. El poder abusa de los más débiles, la mentira y el engaño son prácticas comunes, y buena parte de la justicia es un traje a medida de lo sórdido. Ahora los mortales de baja moral corren desaforados con sus repletos bolsillos dispuestos a gozar de las riquezas adquiridas por fraudes. Esa y no otra es la meta de los poderes prostituidos, mostrando que la condición humana es más partidaria de la villanía y la avaricia ciega que del altruismo.
Y estos nuevos devanadores de vidas, dioses domésticos sin clase, arrogantes, terciados de sesera rellena de necedad, tratan de medirse con el ser educado utilizando groseros epítetos extraídos de la delirante polarización social, convirtiendo al amable en el enemigo a batir. Para los pensadores polarizados no existen los matices; para ellos o es ‘nunca’, ‘todo’ o ‘nada’. De ahí que el humano sencillo reciba de las nuevas corrientes el castigo verbal por realizar actos catalogados como micromachismo, por ejemplo, cuando el hombre le abre la puerta a una mujer cediéndole el paso.
Pacientes lectores, a la postre, la buena educación no viene de untos corruptos ni de monederos falsos, sino de la propia naturaleza del bien. Llegado el momento, no quedarán ni advertencias ni manera de eludir las consecuencias, pues la civilización decente, la que del bien hace lo que puede, tiene el don de la justicia de verdad para regirse de manera diferente.
En una sociedad tan hipócrita e indiferente como la nuestra, que ha hecho necesidad de las mentiras, la corrupción y de la incompetencia su regocijo y entretenimiento, no puede naturalizar todo ello a costa de los seres educados y de buen rollo.
En resumen, pequeños aspectos a considerar. Nada más.