www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

La muerte en modo avión

viernes 31 de octubre de 2025, 19:46h

Cada año, en octubre, o incluso desde agosto, cuando en las tiendas de Gran Vía parece que el tiempo se acelera, la muerte se disfraza de fiesta. Los escaparates se llenan de calabazas sonrientes, los niños se cubren de telarañas de mentira y las redes sociales rebosan de filtros con murciélagos y ojos brillantes. Halloween ha convertido lo oscuro en trending topic, lo macabro en una experiencia mona, lo fúnebre en algo divertido y perfectamente tiktokeable. Mientras tanto, el Día de Difuntos, con su orbayu, su refuerzo de autobuses, su rosario amplificado en todo el cementerio y su líquido limpiador para adecentar el nicho, queda relegado a un tercer plano; el de los viejos y los raritos.

En el teatro clásico, Don Juan Tenorio reta a los muertos y a Dios con una arrogancia que hoy podría calificarse de cavernícola. El drama de Zorrilla, que cada noviembre se representaba en tantos escenarios, era también un ritual de contacto con lo invisible: los vivos que se asoman, por una noche, al espejo del más allá; los muertos que regresan sin convertirse en espectros aterradores. Hoy, ese espejo lo sostiene una pantalla. Los difuntos ya no se aparecen, se archivan: en fotografías etiquetadas, en mensajes antiguos, en perfiles que continúan activos después del último aliento porque nadie acierta con la contraseña. La inmortalidad se ha vuelto digital y, paradójicamente, más silenciosa que nunca.

El siglo XXI ha inventado nuevas formas de negar la muerte. No la enfrentamos, la preferimos escondida. El tanatorio se ha convertido en un lugar donde se da el pésame en el pasillo. Su cafetería tiene ahora terraza y vistas; hay quien sube a tomarse un vermú un domingo por la panorámica; la mejor que se puede tener desde el sitio que menos queremos visitar. El duelo se mide en condolencias digitales. La muerte, ese límite que daba sentido a la vida, es algo que debe preocuparnos lo justo. Carpe Diem. Un día estamos; al siguiente, nuestro muro se llena de despedidas, igual que antes lo hacía de felicitaciones de cumpleaños. ¡Un brindis por el fallecido, al que tanto le gustaba el vino de Toro!

Quizá por eso Halloween triunfa donde el Tenorio languidece: porque ofrece una versión editable del miedo, un modo de mirar la muerte sin que duela. La máscara sustituye al espejo. Hay chuches, escotes y cenas con DJ. Y, sin embargo, en medio del ruido de La Morocha, convendría preguntarse qué será de nosotros cuando nuestros refugios digitales desaparezcan. ¿A dónde fueron aquellas fotos de una juventud pletórica que solo guardaba en Tuenti? ¿Dónde quedaron los comentarios ingeniosos que dejaba en Fotolog? Se disolvieron como archivos corruptos en la lluvia, anticipando lo que será nuestro previsible final digital.

Tal vez la literatura, esa tecnología inflamable, lenta e imperfecta, sea el único refugio que nos queda frente a la virtualización del olvido. Leer Insomio de Dámaso Alonso o escuchar la lira de Bécquer no es solo nostalgia; es un acto de rebeldía contra la idea de que todo puede ser actualizado. Porque la muerte, en el fondo, es eso que no se deja editar. Eso que lleva millones de años sin admitir una sola actualización.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (8)    No(0)

+
0 comentarios