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TRIBUNA

Pensar la muerte después de Halloween

martes 04 de noviembre de 2025, 19:11h
Actualizado el: 11/04/2025 19:17h

Ahora que la mascarada de Halloween ha terminado, con esa forma burda de trivializar la muerte y convertirlo todo en un espectáculo que deviene en dinero para unos y diversión para otros, he querido volver —o me he visto obligado a hacerlo— a esa vieja tradición del ser humano que es pensar en la muerte.

El sábado salí un rato a dar una vuelta y acabé en un bar mítico de mi ciudad. Allí, en la barra, estuve hablando con el dueño, Antonio, amigo de juventud de mi tío. Estábamos hablando precisamente sobre él y la profesión que ejerció toda la vida antes de la jubilación —mecánico—, cuando hice mención al taller donde él empezó a dar sus primeros pasos dentro del gremio: el taller de mi abuelo. En ese momento, me dijo Antonio que en aquellos años en los que se conocieron, finales de los ochenta, él llevó su coche algunas veces a ese taller, y me contó que recordaba a mi abuelo enfadado, dándole voces a mi tío, que entonces era poco más que un aprendiz. En mi mente, entonces, se dibujó aquella escena a la perfección: mi abuelo, ataviado con un mono de trabajo azul, a la edad de mi madre más o menos, allí, en el taller, echándole la bronca a su hijo porque no habría hecho algo como él hubiese querido. Lo imaginé en ese taller minúsculo que vio mi infancia cuando iba a comer a casa de mis abuelos al salir del colegio. Y una punzada de emoción me llegó en ese momento, en ese bar, casi a las doce de la noche. Como si el Día de Todos los Santos, antes de marcharse, quisiera dejarme un regalo.

Y me sentí afortunado de poder recuperar aquellos instantes, por poder hacerlo gracias a una persona que conoció a mi abuelo y presenció algo que yo no vi jamás o que, al menos, no recordaba. Me di cuenta entonces de algo que ya había reflexionado hace algún tiempo. De cómo la muerte tiñe de prestigio las cosas. De cómo esos instantes cotidianos que no nos dicen nada cuando los vivimos, se convierten con el tiempo en algo muy preciado. Aquellas palabras que dijo un familiar y que nos parecían triviales, cuando esa persona muere, de repente, cobran un significado nuevo. Aparecen en nuestra mente teñidas de gravedad. Incluso los momentos de risa, esos que fueron completamente banales, se revisten de una solemnidad que no tenían. Y, de la misma forma, la vida de esas personas que conocimos y que quisimos tanto también cambian y se transforman, o así las contemplamos al menos, en algo así como un artefacto literario pleno de sentido, con un desarrollo narrativo perfectamente lógico y no fruto del azar; y las palabras que dijeron no en meras palabras fruto a veces de la duda o refutadas por ellos mismos poco después, sino en palabras labradas en mármol que acuden a nuestra memoria como si fuesen sabios aforismos.

Parece que lo que era emanación de la vida, de su azar, del devenir, del movimiento, no merece apenas nuestra atención. No digo nada nuevo cuando afirmo que esto sucede porque lo damos por hecho, como si se nos fuese dado por añadidura. Y lo que pensamos que es calderilla del tiempo, lo gastamos sin darnos cuenta. Hasta que llega la muerte y lo que era movimiento lo troca en hieratismo, quietud, dotándolo así de prestigio: ese triste prestigio de la muerte. Y aquella calderilla, la que aún conservamos, se transmuta en verdaderas joyas del tiempo. Joyas que atesoramos como rescoldos de una llama que ya no es, como los restos que quedan del naufragio de un galeón. Como esas broncas de mi abuelo a mi tío, con las que me topé ayer, de imprevisto, y que de haberlas presenciado de niño o de adulto, no me hubiesen dicho nada. La alquimia de la muerte, qué misterio.

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