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TRIBUNA

Papeles del Zorropiteco: un pasmo editorial

jueves 06 de noviembre de 2025, 19:04h

Cuando mi secretaria me anunció la llegada del Zorropiteco, me levanté de la mesa dispuesto a lidiar con el proyectista de algún mensual literario. Pero lo que, más bien, vi fue a un pobre hombre con un paquete bajo la axila, un sujeto que no sólo se había presentado sin cita previa, sino que había pasado por alto el mínimo protocolo de mandarnos digitalmente lo que fuese, aunque bien debía barruntar que ni siquiera abriríamos su correo, pero entre eso y aparecer como un neandertal analógico se me hacía algo realmente intolerable y me sacaba de las casillas. Dediqué una mirada de ogro a los perplejos ojos de mi empleada por haberle dado paso, aunque leí en ellos el deseo... de que lo expulsara yo por propia mano.

Aquella mañana estaba de cierto humor y, extrañamente, se me bajaron los humos al observar mejor aquel espectáculo de persona, o quizás fuera que ya andaba muy iniciado el rito de la recepción como para romperlo; el caso es que invité a pasar a mi aséptico despacho de director editorial a la silueta que se había presentado como Zorropiteco.

Por hacer una descripción, diré que casaba con la de un náufrago rescatado y mínimamente aseado; vestía un conjunto descolorido que recordaba un atuendo de safari; su edad indefinida quedaba maquillada por una piel rojiza hasta la erisipela, y con ello contrastaba un cabello pajizo y mal peinado, más cano que rubio. Hablaba cortésmente, sin dejar de morder una vieja pipa de fresno, lo que le daba un aire canino y sospechoso a su pesar. Dejó su fardo encima de la mesa, desató el cordelillo que sujetaba la cartulina, y se desperdigaron un montón de papeles escritos a mano. Cuando se dispersó el polvo, la voz profunda y tranquila del Zorropiteco me pidió leerlos cuando tuviese un rato libre. Sin ánimo de tocarlos por aprensión, le aseguré que lo haría y que lo llamaría «un día de estos». El Zorropiteco me extendió su mano seca y lo acompañé hasta la puerta. Como notara que miraba de reojo su tez quemada, se disculpó con una sonrisa y explicó que aquel verano no había podido escaparse de Madrid; fue cuando me fijé en el tic de su ojo derecho, un parpadeo pausado y regular que se agudizó al despedirse de mi secretaria. Una vez comprobado que el parpadeo no tenía ningún éxito, el Zorropiteco nos abandonó rascándose la cabeza. Mi ayudante me miró con alivio, y yo me pavoneé dando a entender que mi diplomacia nos había librado de un buen número; luego, telefoneé a seguridad para quejarme del descuido.

Cuando acabó mi jornada, salí con aquel regalo lo más disimuladamente que pude. Soy muy mirado para mis cosas, y me daba reparo que el servicio de limpieza o algún conserje descubriera el paquete sospechoso al lado de la pila de originales que, de tarde en tarde, todavía llegan en papel, pulcramente encuadernados. Mi idea era deshacerme de aquel revoltijo en el primer contenedor, pero no vi ninguno cerca del edificio; así que saqué mi coche y puse el material en el asiento del copiloto, con el propósito de hacer el desalojo al lado de casa. Tuve mala suerte; aquél era el último día de agosto y me hundí en los fragores de la operación retorno; la carretera de circunvalación M-30 estaba golosa, tanto como para atascarse durante una hora o algo más. Subí la ventanilla, puse el aire acondicionado y me armé de paciencia. Al cabo de unos minutos me encontraba ojeando los papeles del Zorropiteco, entre pausados y breves avances; la verdad es que lo hubiera hecho hasta con una antigua guía telefónica.

Para mi sorpresa, me tuvieron que pitar en un par de ocasiones. No sé si eran las circunstancias, pero el caso es que aquello me entretuvo. El Zorropiteco tenía estilo, un estilo algo cínico y cortés, como correspondía a su persona, y manifestaba la cultura dispersa y libertades de aquel que escribe sin seguridad de publicar; así que en media hora ya había liquidado una selección; el resto del tiempo lo dediqué a digerirla.

¿Quién era el Zorropiteco para suponer que pudieran interesar sus observaciones personales? Esa osadía me dejaba atónito, si es que no se trataba de estupidez lisa y llana. Aquel zorro no se había ganado ser alguien para pretender que interesaran sus digresiones; de modo que más le valía evitar el ridículo. Ésta, ciertamente, habría sido mi opinión veinte años atrás, pero no la de ahora; quién mejor que yo sabe que hogaño se publica y, hasta a veces, se vende cualquier cosa; y que cualquier cosa, al margen de su valor, agoniza una vez la desestima la publicidad; así que el Zorropiteco tenía el mismo derecho de pasar inadvertido en los anaqueles de las librerías que cualquiera más afamado o más infame.

Aquellos papeles, ya digo, me hicieron olvidar la caravana, así que no los tiré, y también me ahorré mis escrúpulos de clan. En casa terminé de leerlos, hice una pequeña criba y la envié a otro editor amigo, que también lo es de curiosidades. Le escribí diciendo que un tipo misterioso, de apodo lo bastante eufónico como para llamar la atención en las estanterías, me había hecho llegar unas prosas breves y simpáticas, ideales para atascos. Que el sujeto en cuestión no había dejado ni dirección ni teléfono, así que contábamos con la pequeña perversión de publicar algo al albur, sin que repercutiera en la fama ni en la pequeña vanidad del artista; por otro lado, como no era esperable que la edición diera beneficios, tampoco habría lugar para la mala conciencia (ya sé que esto no pasa en la realidad, pero no pierdan de vista que soy un editor ficticio). Mi buen colega respondió que, aun con eso, no pensaba invertir un solo euro y que yo me las compusiera, si tal era mi capricho, y además le esperaba un vuelo para ir a abrir mercados en la Cochinchina. Ésta es la razón por las que ustedes podrán ver aquí publicados, de vez en cuando, algunos de esos papeles. No me tomó mucho tiempo recordar la gentileza receptora de este periódico; eso fue lo decisivo. Extrañamente, a pocos días de tomar la decisión, el Zorropiteco se pasó de nuevo por mi despacho. Más me sorprendió su cambio de aspecto y vestimenta, casi diría que atildado y vestido a lo dandi, aunque nada podía disfrazar el brillo desafiante y bohemio de su mirada. Captando mi pasmo, simplemente aclaró: «Prefiero cuando llega el otoño; puede vestir uno mejor». Acto seguido, ante mi propuesta de airear sus papeles en un periódico de prestigio, sacó de un bolsillo de su americana gris marengo un pequeño pendrive que me pareció una monada, para qué mentirles, y dijo que me lo agradecía, y que así me sería más sencillo reportarlos. No me robó más tiempo y, no entendiendo muy bien por qué, salió de mí acompañarlo hasta la salida. Al pasar por delante de la mesa de mi secretaria, extrajo del ojal una flor coqueta que no logré identificar y se la entregó, pidiéndole disculpas por no habérsela traído antes. Una vez nos cruzarnos un último saludo, me pidió con trasnochada cortesía que no dejara de iniciar sus prosas con una nota previa que recitó allí mismo, algo rara y que intento recordar mientras escribo estas líneas.

Ahora que por fin salen a la luz sus escritos, me asalta un tipo de mala conciencia. ¿Acaso no va a trastornar su peculiar marginalidad hacerse conocido?, ¿qué será de su cómoda –o incómoda‒ trinchera de desubicado? (me lo imagino comiendo aparatosamente a dos carrillos en Lhardy y repartiendo tabaco de pipa danés entre okupas de una nave deshabitada). Pero sí, ojalá consiga algún éxito y experimente una integración enfermiza; entonces, ¿qué será de él?, ya no pertenecerá a ese eslabón, entre la supervivencia y el delirio, que ha improvisado la misma sociedad que ha puesto de moda el desclasismo, dado que la abierta lucha de clases no es de buen tono ya ni en la progresía. Ésa será mi venganza por provocarme a hacer cosas que no entiendo, como tampoco comprendo el intríngulis de su seudónimo. En fin, espero que puedan valer de aperitivo estas frases de sus papeles, de la sección que el Zorropiteco titula «Calderilla»:

.Tienes que poner los pies en la tierra, le dicen a uno; como si no hubiera tres elementos más donde ponerlos.

. Lo peor de un naufragio es que deja naufrágil.

. Hay chicas con alarma antibobo.

. El sexo es el tránsito de la s a la x.

. Barrio viene de bar.

. Es más probable recuperarse de un tiro que de un beso.

. Otoño es también primavera, pero sabia.

. El fin justifica los «miedos».

. Sé como un árbol: caprichoso en las ramas y profundo en las raíces.

. La esperanza empieza siendo una tendencia natural, y acaba convirtiéndose en virtud.

. ¿Por qué empeñarse en buscarle un sentido a la vida teniendo nosotros cinco?

. Los que amamos nos hacen sentir como espejos. Estamos vacíos hasta que se acercan.

. Cuando alguien se ajusta a tus expectativas, es que te gusta. Cuando las desplaza, es que lo amas.

. Quien crece demasiado deprisa, se ha tropezado al salir.

. Hay jóvenes que mueren de amor, y más tarde llegan a adultos.

. Tu yo no es tuyo.

. Unos ojos bonitos tienen el mismo mérito que unos botones bonitos. Una mirada bonita tiene el valor de haberse conseguido pese a ellos.

. A pesar de lo que se dice, es afortunado tener la impresión de que no se va a ninguna parte, porque siempre hay que ir a ninguna parte. El resto está muy visto.

… Por cierto, casi se me olvida añadir la nota previa que me rogó poner al comienzo de sus textos, la que, sospecho que zorropitequinamente, añado justo al final de este artículo:

«El autor de estas prosas no comparte necesariamente las opiniones vertidas por el autor de estas prosas».

¡Acabáramos!

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