Hablar del Imperio español es apasionante y la narrativa no es ni puede ser monopolio de nadie, a menos que se admita que solo los españoles lo construyeron. Empero, de sostenerse, como ahora sucede y con valores siglo XXI, que aquello fue interacción de pueblos, mutuamente influidos, entonces lo dicho: la narrativa no es monopolio de nadie. El reto es contarlo todo y admitir sus claroscuros y que nadie se ofenda, como lo hace, pues no hablamos de gente del siglo XXI, sino del XVI. Iberoamérica merece conocer toda su historia. Toda.
Para mí, ahí esta el quid de la cuestión. Quien se ofenda hoy por lo de ayer, ya perdió. Así sea que te pidan disculparte por el pasado, así te digan que lo iberoamericano es suma de sangres y culturas, así te digan que es una historia compartida, cuando crees que solo tu país tenía algo qué opinar o admitir que sí hubo excesos en el proceso de conquista, sin que ahí se detenga esa historia, porque siguieron otras etapas. Y todo sancochado, decía, con sentirse ofendidos hablando de personajes del siglo XVI que no son del siglo XXI. Importa el origen, desarrollo y extinción, los resultados y los procesos del Imperio español. Todo entra a estudio y a debate. Todo. No solo cuéntese lo bonito o lo malo. No caben leyendas rosas ni negras y en exclusiva, como tampoco desechar alguna versión, que todas valen y tienen algo qué expresar. Es epopeya de siglos cuajada de infinitos matices y requiebros. Al conseguir admitirlo, démonos por bien servidos.
Comprendemos que analizarlo, como es fácil hacerlo, supone hablar de pasado porque pasado es el Imperio español ya que no existe más. Por ello, en lo personal no comprendo ni comparto que españoles y mexicanos de hoy, por ejemplo, se enfaden por alusiones al siglo XVI. Ambos alegan ser Historia. Así véase, pues. Y voy más. A todo imperio lo contemplo de la siguiente manera: es un pie que pisa un charco. Inevitablemente, se salpicará. En ello va pueblos, momentos, expansión, dominio, intercambio, cuestionamientos y sucesos. Todo. La salpicadura es ineludible. Ni buena ni mala, solo es. Ya luego, lo que cada cual interprete y asuma es cosa de cada quien. Unos se vergonzarán, otros seguiremos rastreando, otros limpiarán los lamparones y otros más se sacudirán o negarán lo ocurrido y así hasta la indiferencia. Así son los imperios, sus herederos y sus cronistas. Ojalá miraran por igual cómo inician y cómo terminan.
Pues bien, este 2025 verifica aniversarios redondos alusivos que merecen referirse. El bicentenario del arrío de la última bandera española ondeante sobre México en una acción de armas verificada el 18 de noviembre de 1825 en San Juan de Ulúa, Veracruz. Ocurrió que Nueva España rehusó reponer la constitución gaditana y ofreció su trono a Fernando VII en calidad de emperador absoluto y que se trasladara a aquella. No sabemos si supo de tal oferta, nunca vino y los Tratados de Córdoba que cortaban los lazos con España, fueron rechazados en 1822 por las Cortes instauradas después de la rebelión de Riego. De cualquier manera, España perdió materialmente las Américas y el Felón murió en su camita sin reconocer independiente a ninguna de las resultantes repúblicas hispanoamericanas. Considero que ambas partes se independizaron de la otra.
Así, España no reconoció a México y retuvo hasta 1825 la fortaleza que preside el puerto de Veracruz, San Juan de Ulúa. Ese año el brigadier Sainz de Baranda tomó aquel baluarte y apresó dos banderas con la cruz de Borgoña, “las gemelas”, cesando el dominio español enteramente sobre suelo mexicano. El general que entregó la plaza marchó a Cuba, que permaneció fiel a España. En el emblemático año 2010, bicentenario del inicio de la Guerra de Independencia de México contra el dominio español, México y España intercambiaron a una de tales banderas por un estandarte independentista y sellaron una vez más un reconocimiento mutuo.
Otro episodio finiquitando el Imperio español ahora sí en definitiva, cumple ahora 50 años. Si España tardó 11 años reteniendo México para finalmente perderlo, sorprende que no metió ni las manos soltando el Sahara Occidental –equivalente a una tercera parte de su actual territorio peninsular– y 10 días bastaron para extinguirla retrocediendo ante la usurpadora y tramposa Marcha Verde y entregando a su suerte a los saharauis. Se corrió un pacto de silencio acuciante. Activistas y afectados lo rompen de cuando en cuanto. El tema después de todo, olímpicamente se evade. Un viejo proyecto tutelado por Naciones Unidas a 10 años para soltar el Sahara Occidental con derecho a la autodeterminación fue truncado, como la independencia de la República Saharaui –en armas desde 2020 nuevamente y único país árabe de habla española, se describen– y con la muerte de Franco de por medio, como sus anhelos de libertad avalando ahora EE.UU. el dominio marroquí. Vergonzoso.
En este episodio no hay Hernán Cortés ni Leyenda Negra que moleste a alguien, pero el tema no se aborda, mas los saharauis no se quedan en rememorar, sino que reclaman en parte que España cumpla sus compromisos de corte imperial y asuma su rol originario de país ocupante. Se obtiene la callada por respuesta porque, se aduce en ciertos círculos, nadie quiere una guerra con Marruecos.
Desde América sabemos poco, casi nada de esos “primos” saharauis y de los ecuatoguineanos que son parte del otrora Imperio ya finado. Ahora oímos hablar un poquito más de aquellos gracias a los medios, recordándonos que son ramas de un mismo árbol. Oímos sus voces, al unísono extrañas al tiempo que cercanas.
Del Imperio español vasto y diverso conformado por diversas etapas históricas, todas estudiables y difundibles, abórdense como lo que son: historia. Yo no secundo ni pido disculpas ni las extiendo en ningún sentido, razón o episodio. Las conquistas o las independencias. Me da igual. No las ofrezco ni las espero y no me interesan. El Imperio español está muerto y lo que queda es su estudio. Como clamó Joaquín Costa en el 98: yo sí echo doble cerrojo al sepulcro del Cid y me limito a estudiar al suceso. Me interesa mucho más desmontar infumables leyendas rosas y negras, por igual. Entender procesos. Llámense conquistas, colonizaciones, independencias. Da igual. Y quede claro que hay sectores en todas partes que no están dispuestos a desmontar ni leyendas rosas ni negras. Flaco favor hacen a la verdad histórica. Ambas leyendas, mienten por parciales.
El resultado de esa verdad histórica que se acompaña de claroscuros somos nosotros, los iberoamericanos. Nos unen muchas más cosas de las que pueden separarnos y eso me basta y me sobra. Reconozco al ministro Albares y las declaraciones recientes de Pedro Sánchez acercando posiciones, no me interesa retacarlos de insultos. Tampoco lo hice cuando López Obrador reclamó disculpas a la Corona española. Sirve estudiar la Historia que narra al completo los sucesos, no solo aquello que quiere oír un sector determinado. Sirve eso y no lo insultos baratos y procaces lanzados acremente en cada caso aludido en ambos lados del Atlántico por puntualizar acontecimientos históricos. No secundo tales majaderías por ser irrelevantes para dilucidar la verdad histórica. Tan solo queda decir que ni Cortés solo es el caballero de Indias de gorra emplumada ni el mataindios de armadura. Es ambas vertientes y eso es lo reconocible. Así de compleja puede ser la Historia e historia es. No solo es cosa de repetir clichés como ocurre en todas partes. En todas.