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Novela

James Joyce: Los muertos

domingo 23 de noviembre de 2025, 22:27h
James Joyce: Los muertos

Traducción de Maite Fernández. Ilustraciones de Emilio Urberuaga. Nórdica. Madrid, 2025. 88 páginas. 20,95 €. Libro electrónico: 9,99 €.

Por David Lorenzo Cardiel

«Unos ligerísimos golpes en el cristal le hicieron volverse hacia la ventana. Había empezado a nevar de nuevo. Contempló soñoliento los copos, plateados y oscuros, que caían oblicuos contra la farola. Le había llegado la hora de emprender su viaje hacia el oeste. Sí, los periódicos tenían razón: caía la nieve en toda Irlanda (…) como el descenso de la postrera hora, sobre los vivos y los muertos».

¿Puede el amor derrotar cada adversidad que se interponga en su camino? Sin el menor afán de contradecir a Virgilio, depende de la clase de amor del que estemos hablando. El amor universal, es decir, la afirmación serena y ontológica de todas las cosas en lo que son, suspendido el juicio posterior, sí es capaz de derrotar las adversidades. Pero el amor romántico, caprichoso y melancólico según las circunstancias, no.

Los muertos, de James Joyce, es un clásico que se sigue renovando al ser reinterpretado entre las manos de cada nuevo lector. Con su impronta costumbrista británica tardovictoriana, Joyce, patriarca del llamado modernismo anglosajón, sitúa al lector en la fiesta anual que las hermanas Morkan, un dispendio con el que agasajan, con sumo gusto, a amistades y familiares en un gesto clásico de las familias pudientes de finales del siglo XIX y principios del siglo XX.

La música, el coro invitado, el banquete y el posterior baile prometían, una vez más, una celebración distendida y dichosa, una de aquellas que se comentaría el resto del año entre los mentideros locales. Sin embargo, la vida real, la que habitamos cada uno de nosotros, no siempre se encuentra alineada con la despreocupación que, hasta cierto grado, exige la vida en sociedad. Una relación con nuestros semejantes donde prima la hipocresía y la falsedad, que obliga a sepultar los problemas propios y las confidencias en la estricta privacidad del silencio.

Gabriel, sobrino de las anfitrionas, es quien va convirtiéndose en el genuino protagonista del relato, recogido en el volumen Dublineses (publicado en 1914). En un sumo contraste con la superficialidad de la ocasión que se relata, Gabriel representa al hombre reflexivo y profundo que piensa que puede controlar la vida, cuando el devenir de lo existente es inasumible. Los acontecimientos le conducen a una de las clásicas epifanías del autor sobre el peso de la vida y la muerte, de la verdad y del amor, y el sentido del matrimonio.

Pero del relato me quedo con el aspecto que más me interesa juzgar en el año dos mil veinticinco: cómo está construido. Joyce intentó acuñar en este relato un juego de escenarios y de ritmos narrativos que mejoró en su obra posterior. Me refiero a que, en ocasiones, las descripciones preñadas de detalles se hacen excesivas e incluso contraproducentes para hacer avanzar la trama. Son belleza pura, detención, hálito para un lector al que se le invita a pertenecer a la fiesta.

Y, en buena medida, Joyce hace bien en jugar su carta estética, porque los temas que trata en el relato ya habían sido objeto de una mayor profundidad en la mayoría de los autores precedentes, muy en especial entre la producción de los maestros rusos. Así, Los muertos obtiene, a mi juicio, una mayor relevancia en tanto que es capaz de amalgamar cierta profundidad reflexiva y existencialista con una puesta en escena en imágenes narradas que suponen en sí mismas un bello juego de hedonismo lector.

Nórdica Libros recupera este clásico en una reedición en castellano que renueva, de la mano de la traductora Maite Fernández, un toque fresco y respetuoso con los matices del texto original. Las ilustraciones de Emilio Urberuaga, perfectamente distribuidas y elocuentes, suponen el afán definitivo que hace de esta edición de la obra una ocasión hermosa para adentrarse en el universo de Joyce y disfrutar de la buena literatura.

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