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ESCRITO AL RASO

La nueva generación de cisnes baila en el Teatro Real

David Felipe Arranz
martes 25 de noviembre de 2025, 19:33h

Ha sido una de las producciones más audaces, arriesgadas y bellas de la danza contemporánea: El lago de los cisnes: la nueva generación es la reinterpretación magistral del clásico de Piotr Ilich Chaikovski firmada por el coreógrafo británico Matthew Bourne. Del 19 al 22 de noviembre, esta versión de la compañía New Adventures celebra nada menos que el 30 aniversario de su estreno original y ha llenado las butacas del coliseo madrileño con un público fascinado por su mezcla de sensualidad, drama y transgresión.

La “nueva generación” desafía las normas del ballet clásico y conectar con audiencias contemporáneas, porque es este un clásico reinventado: del tutú blanco a la masculinidad liberada. Estrenada en 1995 en el Sadler's Wells de Londres, la coreografía de Bourne irrumpió en el mundo de la danza eliminando a la sempiterna y etérea princesa Odette, encantada por un hechizo, y sustituyéndola un príncipe atormentado –el Joven Príncipe– atrapado en un mundo de represión social y familiar. Rodeado de un entorno opresivo que incluye fiestas decadentes y figuras autoritarias como su madre y un tutor siniestro, el protagonista se sumerge en un laberinto de deseos confusos y anhelos reprimidos. Y, de pronto, entra en escena el Cisne Blanco: poderoso, seductor y masculino, interpretado a su vez, como el resto de cisnes, por bailarines hombres que encarnan a todos los elegantísimos anseriformes del lago.

Esta decisión radical transforma el relato en una exploración profunda de la identidad, la sexualidad y la masculinidad con toques de humor irónico y una sensualidad que roza lo erótico. La partitura de Chaikovski, intacta en su esencia romántica y melancólica, se ve elevada por esta narrativa busca actualizar el original de Marius Petipa y Lev Ivanov (1895). Bourne, conocido por su fusión de ballet, teatro musical y danza contemporánea, elimina el hechizo mágico para centrarse en la psicología del protagonista: un joven que encuentra en el cisne una liberación efímera, solo para enfrentarse a la traición del cisne negro en un baile de sociedad cargado de ambigüedad. El resultado es un espectáculo que conecta con generaciones que se contemplan en el espejo lacustre de sus propias luchas internas.

Este ballet es ya un hito cultural. Ha acumulado más de treinta galardones internacionales, incluyendo el prestigioso premio Olivier a la Mejor nueva producción de danza en 1996 y tres Tony en Broadway (Mejor director de musical, Mejor coreografía y Mejor diseño de vestuario) en 1998. Su longevidad también es asombrosa: desde 1995, no ha dejado de representarse en escenarios del mundo entero, adaptándose a nuevos elencos y contextos sin perder su frescura. Bourne, que fundó New Adventures en 1987, ha convertido su compañía en un referente de la danza-teatro narrativa, capaz de contar historias sin palabras pero cargadas de emoción, humor y belleza visual. La iluminación de Paule Constable, con efectos estroboscópicos y pirotécnicos que revelan lo oculto, junto al vestuario y escenografía de Lez Brotherston –de trajes victorianos a plumas estilizadas–, crean un universo hipnótico donde las técnicas de ballet neoclásico y moderno se entrelazan en coreografías que destacan por su precisión atlética y expresividad emocional. Bailarines como Jackson Fisch, en el rol del Cisne, han brillado con una intensidad que combina fuerza y vulnerabilidad, recordando escenas icónicas como la del lago nocturno, donde los cisnes emergen como una bandada salvaje, misteriosa y anhelante. Esta producción, que llega en un momento perfecto para el Teatro Real, no es solo un ballet, sino una reflexión sobre la represión en la era moderna, con referencias culturales como la escena final de Billy Elliot (2000), donde el protagonista baila al ritmo de Chaikovski en un momento de catarsis. Porque aquí ya no hay princesitas flotando en puntas ni príncipes de cartón piedra. Bourne coge el cuento de siempre, lo mete en la lavadora con agua muy caliente y lo saca convertido en un drama psicológico con más testosterona que un gimnasio a por la mañana. El protagonista ya no es una damisela encantada: es un príncipe con ansiedad, madre tóxica (esa reina que besa a su hijo en la boca como si fuera una tonadillera en sus buenos tiempos) y un secretario que parece salido de un casting para villano de James Bond. El pobre chico se ahoga entre flashes, copas de champán y antidepresivos, hasta que una noche, en un parque oscuro junto al lago, aparece Él. El Cisne. Con mayúsculas y torso desnudo.

En un panorama dancístico como el actual, El lago de los cisnes: La nueva generación nos enseña que los clásicos pueden renacer con ojos nuevos. Treinta años después, sigue siendo un llamado a la libertad, un recordatorio de que la danza, en su esencia, es movimiento y emoción sin barreras. Si no lo han visto, ojalá que vuelva pronto. Porque esto, no es solo ballet, sino pálpito vital en toda su crudeza envuelto en música celestial y cuerpos que vuelan. Y con todo lo que nos está cayendo encima, una sacudida artística tan grande nos hacía falta más que nunca.

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