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TRIBUNA

El poder del mito en la animación japonesa

martes 25 de noviembre de 2025, 19:33h

Hace poco me salió un vídeo de Jordan Díaz, competidor de atletismo en la modalidad de triple salto, en el que hablaba de lo mucho que le gustaba la animación japonesa (anime). Todo venía a cuento de una serie de gestos que se le había visto hacer justo antes de sus competiciones; en concreto, dos que, comentaba Jordan Díaz, hace homenajeando a algunos personajes del anime Shingeki no Kyojin. Uno de ellos consiste en morderse la mano, y se basa en lo que hace el protagonista de la serie, Eren Yeager, para transformarse en titán, o sea, cuando va a entrar en batalla.

Y esto nos muestra dos cosas: una, que el manga ha pasado de estar circunscrito al mundo otaku —esa tribu urbana formada por unos pocos entusiastas de la cultura japonesa— a formar parte del mainstream. Está claro: quien llega a este punto de veneración de, en concreto, una serie de animación japonesa es un deportista de élite, un tipo fuerte, seguro de sí mismo, sociable; nada que ver con el estereotipo —muy cierto hasta hace algunos años— de chico otaku, es decir, el típico chavalito escuálido, con gafas, camiseta de Mario, pantalones pirata y mariconera al hombro. Pero, además de eso, estas declaraciones del deportista nos demuestran algo mucho más profundo: que el manga y el anime han aterrizado en el mainstream como una nueva mitología. Lo vemos en este ejemplo, en el que Jordan Díaz se apoya en una serie de gestos que realiza un personaje de una serie de animación para ganar confianza en el deporte que practica.

Dice el historiador Gonzalo Rodríguez, autor de libros como El poder del mito (Berenice, 2020), que en el mito se encuentran las verdades de la vida codificadas en un lenguaje poético, siendo este una fuente perenne de esclarecimiento interior. Un relato, en definitiva, que nos ayuda a dar sentido a nuestra vida, a entendernos en nuestra lucha diaria contra el mundo y a darnos fuerzas. Dice Luis Alberto de Cuenca en un poema de su último poemario, Ala de Cisne (Visor, 2025), que los españoles que fueron a América a principios del siglo XVI a la busca de territorios, fortuna y gloria se imbuyeron de valor gracias a la lectura de libros de caballería: “De esos libros plagados de batallas / y del ejemplo de sus invencibles / personajes sacaron los redaños / para ganar imperios / con un puñado de hombres / frente a muchos millares de enemigos”.

El mito sirve para proyectar, para mostrarte una senda, la senda que ya está inscrita en el fondo de tu alma, y darte el aliento necesario para animarte a caminarla. Y yo, que he sido un tipo algo miedoso toda mi vida, cuando tenía doce o trece años y veía a Goku enfrentarse a sus enemigos sin miedo, salía a la calle y afrontaba los peligros que pudiese encontrar en el camino con mucha más entereza, sabiéndome acompañado e imbuido del espíritu de esos personajes de maravilla. Y no soy el único. Recuerdo que cuando murió el creador de la saga Dragon Ball, Akira Toriyama, millones de personas mostraron sus condolencias y su dolor en redes sociales. Entre ellos, recuerdo las palabras del streamer Thegrefg, que en uno de sus directos se dedicó a hablar de los muchos valores que Dragon Ball le había inculcado desde que era pequeño.

Pero no sólo evidencian la dimensión mítica del anime las palabras de aquellos que disfrutan de sus historias; sino que su propia piel también certifica el carácter mítico de estos relatos. Y es que el tatuaje, una de las formas por excelencia en la actualidad de contar la propia vida de manera simbólica, ha puesto también su mirada en los personajes del manga y del anime. Si buscamos "anime tattoo" en Google, nos daremos cuenta de que son cientos de miles las personas que tienen tatuado algún personaje de su serie de anime favorita. Aunque esto —me podrás decir, lector— no verifica la dimensión mítica del anime. Hay quien se tatúa un personaje de anime porque le gusta y nada más, igual que puede tatuarse una piruleta o cualquier cosa. No obstante, que alguien decida tatuarse un personaje como Rock Lee —personaje del anime Naruto—, que no tiene un aspecto precisamente llamativo, sino que es una mala copia, escuchimizada y poco agraciada, de Bruce Lee, no es desde luego por estética. Y es que este personaje es un ninja que no tiene, a diferencia de la mayoría, el llamado "chakra", es decir, que no fluye por su cuerpo esa corriente de energía que permite realizar a los ninjas sus técnicas especiales. Él tan solo puede usar sus brazos y sus piernas para atacar físicamente, pero nada más. Esto, en un mundo en el que cualquier ninja e incluso cualquier hijo de vecino tiene esta facultad, es un hándicap importante. Por eso nadie confiaba en él y todos le animaban a dejarlo; y, pese a todo, él quiso seguir adelante y se dedicó a entrenar como nadie. Día y noche. Demostrando que algún talento sí que debía de tener, como le dijo su maestro: "Tu capacidad de esfuerzo es tu talento".

Y cualquiera que vea Naruto entiende que este personaje, más allá de un individuo, representa el sacrificio por conseguir los objetivos; es una figura mítica que representa esto, igual que, en la mitología griega, Prometeo representaba la rebeldía contra el orden natural de las cosas o Narciso las terribles consecuencias que puede conllevar la egolatría. Y es una figura, la de Rock Lee, que todos saben que, como en los mitos clásicos, ante todo es una representación, una metáfora: un mito. No en vano hace meses el influencer Antonio Gutiérrez reaccionaba a un vídeo del culturista Mauro Fialho y decía: "Él lo ha conseguido todo a base de esfuerzo, no porque haya nacido con una genética especial para el culturismo. Es como Rock Lee".

Otro amante del anime que participa de esa dimensión mítica es el boxeador Ben Whitaker, un joven que tiene numerosos tatuajes en todo el cuerpo de series como One Piece, Hajime no Ippo y, sobre todo, de Naruto. En concreto, de esta serie tiene un tatuaje que representa un momento muy especial de la serie: cuando Sasuke descubre que su hermano mayor, Itachi, no era tan malo como pensaba, sino que llevaba buena parte de su vida dejándose la piel por él sin que lo supiese. En una entrevista, después de hablar de la escena que representa este tatuaje, pasa a explicar el significado que tiene para él: “Es muy importante para mí porque el hermano mayor hace mucho por el hermano pequeño, pero este no lo sabe hasta ese momento. Y me encanta porque mi hermano siempre lo ha dado todo por mí y hasta que no he crecido, no me he dado cuenta”.

¿Y por qué el anime y no el cine o las series, con la ingente cantidad de ejemplos que encontramos en la oferta anual de cada plataforma? Porque el anime, de alguna forma, ha logrado mantenerse artísticamente puro, no tomando a sus espectadores por imbéciles. Muchas de las series que he comentado —Dragon Ball, Naruto, Shingeki no Kyojin— son masivamente seguidas por adolescentes; de hecho, el género al que se adscriben estas obras se denomina shônen manga, es decir, para manga para chicos. O siendo más precisos: varones y adolescentes. En cambio, son obras que sigue todo tipo de público, tanto jóvenes como adultos y, por supuesto, de ambos sexos. Y esto es porque el manga no subestima a sus espectadores, negándose a ofrecerles un simple producto de entretenimiento sin capa alguna. Hay sangre, drama y, plasmados simbólicamente, valores como la importancia de la unión frente al individuo, la amistad, el sacrificio… Y ante esto, nadie puede quedar indemne; y menos los adolescentes, ávidos de que no los traten con condescendencia en este mundo que se empeña en alejarlos de cualquier posible reto para su sensibilidad e intelecto como el dolor, la violencia, la muerte, pero también lo simbólico, lo complejo. Como dijo el mencionado boxeador, Ben Whittaker: “Para mí el anime es la vida”. La vida contada a través de símbolos, símbolos que inspiran y a la manera de una piedra roseta, como dice Gonzalo Rodríguez, nos ayudan a comprender el mundo, como sabe hacer el pensamiento mítico. Este nuevo pensamiento mítico que viene dado por una ficción que se ha erigido en una nueva mitología para mucha gente, y cada vez más. En los últimos años, las librerías se han llenado de manga y este se ha convertido en un salvavidas para muchas librerías tradicionales. Por otra parte, las plataformas plagan sus catálogos de las versiones animadas de estas series y en marcas comerciales de ropa como Bershka o Primark encontramos que venden merchandising de este tipo de historias.

El manga y el anime han venido para quedarse, no ya como un producto más, sino para instalarse en la piel y el alma de una sociedad que necesita del mito, del relato, de la literatura, para explicarse su día a día y hacer de la existencia, dotándola de sentido, un valle de lágrimas menos miserable.

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