Los mitos de ETA
sábado 13 de diciembre de 2008, 02:07h
Entre 1968, con el asesinato en San Sebastián de Melitón Manzanas González, jefe de la Brigada Político-Social de Guipúzcoa de la Policía, y 1975 ETA mató a 44 personas y desde la muerte de General Franco hasta hoy ha matado a casi 800 personas (su última víctima, el empresario Ignacio Uria, de 71 años, este 3 de diciembre). Cuarenta años después del asesinato de Manzanas, en plena dictadura, y 30 años después de la ratificación en un referéndum de la Constitución, en plena democracia, Diego Muro, un politólogo español, acaba de publicar un instructivo libro Ethnicity and Violence: The Case of Radical Basque Nationalism (Routledge y Cañada Blanch Centre or Contemporary Spanish Studies) que está ayudándome a entender un fenómeno que nunca he podido comprender, al menos en términos racionales.
El País Vasco ha logrado un grado de autonomía que es la envidia de muchas regiones europeas – la enseñanza de su idioma, su propia policía y el sistema de impuestos por citar algunos elementos -, pero esto no basta para este grupo de criminales y la gente cobarde que lo apoya políticamente. Tampoco es suficiente para el Partido Nacionalista Vasco (PNV), en el poder desde 1980 y en permanente enfrentamiento con el Gobierno Central a pesar de haber perdido la hegemonía en el País Vasco, como lo demuestran los datos electorales del 11 del marzo.
Según Muro, profesor de estudios europeos en el King’s Collage de Londres, todos los movimientos nacionalistas identifican un punto en el pasado en el que su nación ha sido ejemplo de virtud y bondad; y en el caso vasco este anhelo para su supuesta “Epoca Dorada” (cuando los vascos fueron ciudadanos de una nación independiente con sus propias características políticas, religiosas y sociales) es más fuerte que en otros nacionalismos. Este mito nació en el siglo XVI, cuando algunos vascos pensaron que, comos los israelitas, fueron elegidos por Dios debido a sus supuestas características superiores, y fue ampliado en el siglo XIX por Sabino Arana, fundador del PNV, quien, manteniendo ideas racistas, consideró Euskadi un país ocupado. En su opinión los vascos fueron una raza pura y los españoles seres inferiores – los llamó maketos- y dijo que “son nuestros Moros.”.
La violencia por fines políticos llegó, por primera vez en la historia de nacionalismo vasco, con ETA y está lejos de desaparecer. Para Muro el discurso del nacionalismo vasco radical consiste en tres mitos: (1) un mito de la Época Dorada; (2) un mito de declive y (3) un mito de regeneración o salvación. El hilo que une a los tres es la violencia. “Como en las crónicas medievales, los cuentos de sacrificio, heroísmo y derrota están todos vinculados por la violencia”, escribe. Basta ver los homenajes a las etarras muertos y las calles que aún llevan sus nombres.
Para los ojos de los nacionalistas radicales nada ha cambiado desde la muerte de Franco, porque ni con la dictadura ni con la democracia el País Vasco ha tenido su libertad e independencia. El Rey Juan Carlos es el heredero de Franco y la Constitución de 1978 fue rechazada por los vascos en el referéndum nacional (según una encuesta de Metroscopia hace una semana el 58% de españoles considera la Constitución buena en comparación con el 39% en 1988).
Desde que rompiera de forma oficial la tregua el 5 de junio del pasado año, ETA ha atentado en 33 ocasiones, ocho en 2007 y el resto durante este 2008. Cuatro de los seis asesinatos han tenido lugar este año. Esta intensificación de la violencia parece indicar que la banda, seriamente debilitada por la policía española y francesa, cree que podría forzar el Gobierno a negociar una paz.
Discrepo con una de las conclusiones de Muro que dice que las negociaciones con ETA solo tendrán éxito si los lideres de todos los partidos políticos “se comporten con responsabilidad y salgan de sus zonas de confort para armonizar sus compromisos electorales, sus agendas y prioridades con las medidas inclusivas necesarias que faciliten las negociaciones fructíferas con el movimiento antisistema”. Si se hubiera adoptado esta estrategia, ETA siempre habría encontrado una razón adicional para matar: sentarse a la mesa en la mejor de las condiciones. ¿Cómo se puede negociar con alguien que no quiere negociar? El atentado de Barajas fue ejemplo clarísimo de la nula voluntad de ETA para negociar. En mi opinión, la historia de ETA habría sido completamente distinta si todas las fuerzas políticas se hubieran olvidado de buscar una salida negociada y hubieran aplicado desde un principio una fuerte presión policial contra ETA y su entorno, cosa que ya esta empezando a rendir frutos como demuestra el hecho (con la reciente detención del supuesto sucesor de Txeroki) que a ETA cada vez le duran menos los dirigentes.
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Escritor
WILLIAM CHISLETT es escritor y colaborador del Real Instituto Elcano
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