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EL ESPIGÓN DE RECOLETOS

Terroríficos delirios prenavideños de lo que vendrá

David Felipe Arranz
lunes 01 de diciembre de 2025, 20:00h

Llegan estas fechas y, como cada año, España entera, al borde del colapso hipotecario y alimenticio, se convierte en esa mezcla explosiva de nostalgia impostada o verdadera, consumismo desaforado, mazapán blandísimo y turrón duro que vuelve a tomar nuestras vidas con la sutileza de una copita de anís del Mono o de la comparecencia de un diputado, en este país siempre tan cañí. La Navidad española, más que una fiesta, es un género literario en sí mismo, una tragicomedia costumbrista donde el protagonista, colectivo, interpreta año tras año el mismo papel con ligeras variaciones de guion. El decorado: un árbol sueco de plástico que no ha visto la luz del sol desde que lo fabricaron en Taiwán, las guirnaldas –made in China– que parecen sacadas de una discoteca setentera y un belén donde el niño Jesús comparte tantas veces escena con un caganer independe y un pastorcillo de Playmobil que los niños dejaron allí después de abrir los regalos. ¿Y qué decir de los padres que llevan a sus hijos a ver esos horribles muñecos mecánicos de ciertos grandes almacenes, colapsando el centro de la ciudad? El escenario se promete aterrador.

Y cómo encajar la “sinfonía” olfativa, que va del ambientador químico al caldo de cocido que emana de las cocinas de los restaurantes, pasando por el inevitable perfume de masa frita que impregna portales y callejas desde las freidoras gigantescas de las churrerrías. España huele, sí, a Navidad como huele a fritanga en las verbenas o a protector solar en verano, porque esta atmósfera tupidísima es parte de nuestra identidad nacional en estado gaseoso. Y la televisión, ay, la televisión, que recupera estos días su estatus de altar laico con el consabido anuncio de la lotería que este año nos vende la misma emoción de siempre, pero con actores más jóvenes… porque los calvos con ilusión como Clive Arrindell ya no venden y, además, se han muerto hace año y medio y no nos habíamos enterado. Emergerá sempiterno del tubo catódico el programa especial de José Mota en el que los famosos harán de ellos mismos aunque traten de interpretar a otros. Y, por supuesto, nos prestaremos al sofoco de las campanadas, ritual pagano donde millones de españoles creen que se juegan el futuro tragando doce uvas al ritmo de un reloj que va más rápido que su capacidad de deglución, al límite en esas avanzadas horas. Doce uvas, doce atragantamientos, doce deseos que nunca se cumplen porque uno está demasiado ocupado escupiendo pepitas.

La Navidad española también es esa poesía de barra de bar, cuando el día 24 a deshora, después de la misa del gallo o del vermut prolongado –según credo– porque muchos no quieren volver a casa, las calles se atestan de abrigos y bufandas y el aire huele a castañas asadas y a humanidad en paz consigo misma durante tres horas y media. Cuando hasta el más escéptico admite que quizás sí haya algo mágico en esos vecinos que gritan de alegría en no sé qué pueblo porque les ha tocado el gordo de la lotería, único aliviadero a su economía de guerra, al castigo del supermercado que imponen a cada españolito las multinacionales con permiso del Gobierno. Porque al final, la Navidad en España no es ni religiosa ni pagana: es una excusa monumental para comer, brindar y poner villancicos de Raphael a todo trapo, y para, durante unos días, fingir que el mundo es menos inhóspito de lo que realmente es. Y eso ya es mucha Navidad.

Porque la Navidad es también un belén que se tragó a la ciudad entera y eructa luces de colores; y el turrón es ese ladrillo dulce que sabe a gloria y que se pega al paladar como un telediario con su desfile de corruptos. ¡Turrón blando! ¡Turrón “sin azúcar” que es la mayor estafa consentida desde la venta de Manhattan! Y los polvorones, las bolas de harina que nos gusta que nos estallen en la boca como bombas de polvo de talco que han cruzado décadas de historia de este país. Se deshacen y, al mismo tiempo, sobreviven eternamente dentro del jersey que nunca debimos ponernos en Nochebuena y que ya no nos vale. Y encendemos las luces del árbol desterrado, árbol nórdico, árbol que llegó en container y ahora viste bolas de cristal donde se reflejan nuestros rostros felices. ¡Árbol con espumillón, serpentina triste que parece el pelo de una vedette retirada! ¡Las zambombas! Instrumentos que suenan a lamento de burro con resaca con auxilio de la pandereta y los licores con azúcar para enviar a la tumba a un regimiento… Cualquier villancico corre el riesgo de convertirse en verbena apocalíptica. El niño que canta el gordo es un niño que parece haber nacido ya con hipoteca…

Millones de bombillas parpadeantes convierten las ciudades y pueblos de España en Las Vegas, delirio eléctrico de alcaldes poseídos por el espíritu caótico y temerario de Chevy Chase. Porque en estas fiestas se nos invita a que comamos hasta reventar para celebrar que nació un niño que luego nos diría que fuéramos austeros. ¡Misterio teológico y gastroenterológico, donde la ilusión y el hartazgo forman parte de la misma invocación! ¿Se podrá escapar de este delirio, siendo ateo o creyente? Difícilmente. Ah, que Jesús el nazareno nació en Belén hace 2025 años, más o menos. ¡Y eso qué nos importa! Recordemos la máxima guiri acuñada como eslogan en la década de los años sesenta por el Ministerio de Información y Turismo de que “Spain is different!”… ¡Y tanto!

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