Sí, sí, soy un discapacitado, como tú, como usted, como todos. Esto que les cuento no es ninguna “boutade”, es simplemente la constatación de una realidad que debemos asumir, porque la discapacidad puede ser física o mental, pero puede tener por ahí escondido algún “gen traidor” que cualquier día nos puede dar un susto y que nos haga poner nombre y apellidos a ese mal escondido.
El pasado jueves fue la Jornada Mundial de la Discapacidad y me da la impresión de que muchos han pasado de forma tangencial por el tema que afecta a millones de personas, que gracias a Dios ya no tienen escondidas en sus casas, como antiguamente, cuando existía “el tonto del pueblo”, o todos aquellos que sufrían el Síndrome de Down y a los que casi todos llamábamos “mongólicos”, y lo que es pero hasta hace muy poco tiempo “subnormales”
Pero no quiero asustarles, porque la discapacidad que podemos tener puede ser tan leve, que por ejemplo un cambio de un zapato de un lado a otro, puede hacer que nos pongamos nerviosos y entremos en un momento en rabia silenciosa. Sería una discapacidad muy temporal, pero discapacidad al fin y al cabo.
Y como quiero rendir homenaje a todos aquellos que sufren de cualquier grado de discapacidad, me van a permitir que recuerde un artículo que escribí hace unos años dedicado a mi nieta, que sí tiene un mal llamado Syngap 1, cuyo desarrollo es bastante desconocido y en el que bajo el título “Mi ángel de la guarda” entre otras cosas decía:
“He descubierto que el Ángel de la Guarda no es una figura masculina como nos la han presentado siempre en cuadros y esculturas, porque mi Ángel es una niña y por eso podría bautizarla como Ángela, aunque yo la llamo Carlota, a la que conozco físicamente, porque no se me aparece de vez en cuando, ni va acompañándome a mi lado. Carlota siempre está conmigo y somos muy felices juntos. Eso sí, tenemos algunos problemas de comunicación porque yo parloteo con ella y Carlota me responde con gestos acompañados siempre con una sonrisa.
Es más, en los pasados y tristes días de confinamiento obligado, pude salir a la calle con ella de paseo. Algunos me decían que eso no estaba bien, pero ella con sus ojos me comentaba que no hiciera caso y que fuéramos a los columpios porque a este Ángel de la Guarda le gusta balancearse y mirar al cielo de reojo, porque supongo que piensa que allí está la verdadera felicidad.
Mi Ángel de la Guarda, perdón Carlota, es bellísima y Dios me la ha colocado al lado con un síndrome, creo que se llama, como he dicho antes, como “Syngap1” que parece que se produce por una serie de mutaciones en el brazo corto del cromosoma 6. Dicen que este gen codifica una proteína con el mismo nombre que resulta crítica para el desarrollo de la cognición y de una función sináptica adecuada. Todo esto me lo han contado porque las mutaciones nocivas en este gen reducen la cantidad de proteínas funcionales. Y digo que me lo han contado y he hecho un esfuerzo enorme para créemelo y entenderlo, aunque Carlota se ha encogido de hombros cuando yo estaba leyendo en voz alta la información que me habían pasado, y me ha hecho un gesto que me indicaba que teníamos que seguir caminando.
Y la he obedecido. No podía hacer otra cosa porque para eso es mi Ángelde la Guarda. Hay que hacer lo que dice porque seguro que te lleva por buen camino. Hasta ahora Carlota no me ha fallado y todo me sale bien desde que he descubierto que siempre está conmigo y me protege. Siempre me indica el camino correcto, aunque sus formas a veces no parecen las más adecuadas, cosas mías, porque en vez de hablarte, te da un manotazo y eso indica que “por ahí no se puede ir”. En esos días, cuando pude salir a pasear con ella, los vecinos la han saludado muy afectuosamente y ella les ha respondido con un saludo moviendo la mano como si fuera una reina. Yo, la verdad, me he puesto celoso, porque quiero que sea solo mi “guarda”.
No sé cómo serán los Ángeles de la Guarda de los demás, pero el mío, perdón la mía, es especial. Cuando la miro a través de sus ojos veo el cielo, a mi mujer, a mis hijos y a mis nietos. Y eso me hace feliz que supongo es la labor esencial de mi Ángel de la Guarda, a quien, por cierto, la tengo que preguntar un día si es solo mi Ángel de la Guarda, y si le es permitido por Dios compartir esa función con mi mujer, mis hijos y mis otros dos nietos”.
Y, desde ahora, por supuesto con todos los lectores de El Imparcial