“Je suis l'empire à la fin de la décadence”, decía el poeta simbolista Paul Verlaine. Y, ay, me acuerdo últimamente tanto de estos versos… Los pronuncio mentalmente —para no quedar como un pedantón— buscando darle cuerpo a lo que siento cuando miro lo que me rodea. Y no importa dónde lo haga, en todas partes encuentro exactamente lo mismo: un mundo que se desmorona. Un mundo que, pese a su desarrollo técnico, tan de ciencia ficción, me parece cada vez peor. Y es que la IA resulta impresionante y una buena aliada ahora mismo —que se lo digan si no, a mis alumnos—; pero parece destinada, dentro de poco, a sustituir a cientos de miles de trabajadores de toda condición, oscureciendo su futuro. Esto, de hecho, ya empieza a notarse, y eso que la IA aún va en pañales y dice poco más que gugutata –y vaya gugutata…—. Sin ir más lejos, en la empresa de mi cuñada van a despedir a casi todos los administrativos, cuyo trabajo hará a partir de entonces una inteligencia artificial. A cambio, eso sí, contratarán a más informáticos; pero si sumamos los contratados a los despedidos, el saldo sale igualmente negativo. Y repito: y eso que la IA aún gatea.
Y ya hay marcas archiconocidas como Coca-Cola y multitud de sellos editoriales, algunos pertenecientes a los grupos que dominan el mercado del libro, que han dejado de contar con ilustradores y diseñadores gráficos. Como dijo la ensayista Remedios Zafra, la IA nos está quitando todo lo que nos gusta en lugar de evitarnos aquellas tareas engorrosas del día a día: trámites administrativos, tareas del hogar, etc. La IA ha irrumpido no para hacerte la declaración de la renta, sino para quitarte esa pasión de la adolescencia con la que soñabas ganarte la vida.
Pero no todo acaba aquí. El Horror no solo asoma la patita en lo tecnológico. La decadencia del mundo tal como lo conocimos lo vemos incluso mejor en otras cuestiones. Y además diariamente. Después de que la sociedad llegara al consenso de que la democracia era lo mejor pese a sus inconvenientes, parece que cada vez gusta menos. Y esto les ocurre tanto a los hunos como a los hotros, que decía Uclés citando a Unamuno como si él quedase fuera del binomio (¡ja!). Divertido, teniendo en cuenta que echaba la culpa a Ayuso de todos los males de nuestra mater España y especialmente de que no pudiese comprarse una vivienda digna en Madrid. No como en Barcelona, paraíso de libertad y solidaridad, tierra no hollada por peperas pezuñas, territorio de Illa, Illa, Illa, es una maravilla y anteriormente de Esquerra Republicana, donde podría nuestro Uclés comprar varias viviendas y todavía le sobraría dinero para regalar varios Porsche Cayenne a las monjitas que le dieron clase.
Y volviendo a los hunos y a los hotros. Recuerdo el alborozo y los dolorosos pero que justificaban el asesinato de Charlie Kirk, un conservador que tan solo iba a las universidades a dialogar. Y lo muy representados que se sienten muchos con expresiones como “hay que reventar a la derecha” o las más recientes de Iglesias en las que hablaba de apartar al PP y a VOX de la justicia para hacer la de Juan Palomo: yo me lo guiso, yo me lo como.
Pero ay, los hotros… Tampoco andan descalzos los hotros. Con jóvenes y no tan jóvenes cambiando la leyenda negra de Franco por la leyenda rosa. Y liberales de toda ralea diciendo que mira que maravilla la dictadura china, que mientras haya dinero, a quién le importa la libertad de expresión y todas esas mandangas de la democracia. O políticos diciendo de Torrente que “simboliza lo que muchos españoles piensan”. ¡Espero que no muchos!
Así que la democracia puesta en jaque. Y la violencia y el odio exacerbados. Una violencia y un odio que, antes de contaminar los actos, contaminan las palabras. Decía Rebeca Argudo en X, respondiendo a un comentario desafortunado —valga el epíteto— del ministro de transportes a Rubén Amón, que la crítica de Puente al periodista era como si José Breton llamase mal padre a uno que le da ultraprocesados a su hijo. Palabras repugnantes, carentes de toda sensatez, sensibilidad y moderación. Carentes de todo lo que nos falta hoy.
Y cada vez está más asentada la idea de que vivimos no en una democracia cada vez más precaria, más deteriorada por quienes nos gobiernan (hay que estar cegado por la ideología para no ver esto), sino en el mismísimo régimen político que Corea del Norte, Rusia, Cuba y Venezuela: una dictadura. Y lo dicen políticos, irresponsables, ansiosos y locos por ostentar el poder. Y los ciudadanos se lo tragan y odian, un odio que se vierte hacia el contrario haga lo que haga o diga lo que diga, por execrable que sea. Vimos esto recientemente en lo que le ocurrió a Inés Hernand cuando, en un lugar tan oportuno como la academia de Operación Triunfo, dijo que: “La izquierda abertzale vasca era pacifista”. Y es que resulta que, en lugar de debatir o simplemente mostrar indignación, muchos se dedicaron a insultarla, llegando incluso a amenazarla de muerte. Estamos todos locos.
Un país sin diálogo, polarizado, endeudado hasta las cejas, con unos jóvenes prácticamente sin futuro, trabajando en lo que pillan para pagarse una academia de oposiciones que les haga más fácil el camino a una plaza de funcionario, única salida para tener una vida digna. Los alquileres por las nubes, y gente de treinta a cuarenta años viviendo con los padres o compartiendo piso. La criminalidad, aumentando. Y los desahucios y los sintecho. Y unos diciendo: “Vótame, que yo lo arreglo”. Y otros diciendo: “Vótame, que este paraíso nos lo echan abajo”.
Y uno busca consuelo en los clásicos, en sentencias o versos que lo asaltan como si fuesen salvavidas o palabras de consuelo que acompañen por este campo de minas llamado mundo. Palabras que te dicen que no estás solo. Y así, uno mira a su alrededor y, acudiendo a Quevedo, dice: “Y no hallé cosa en que poner los ojos / que no fuese recuerdo de la muerte”. Y uno, cada vez con más años y menos esperanzas, mira hacia dentro y dice: “Soy un fue y un será y un es cansado”.