En el eterno debate entre la frontera del escritor con el escribiente existen varios criterios, casi todos, a mi juicio, equívocos. Uno de los más esgrimidos, y que es tan débil como lo es el contexto que lo sostiene, es que el escritor lo es no por su dedicación armoniosa a la literatura, sino por su volumen de regalías. Según esta visión bohemia, la mayor parte de los mejores literatos de la historia humana serían meros juntaletras aficionados, pues la mayoría se han dedicado a otros oficios, a transmitir su saber o a vivir de las rentas de otros negocios, como tierras o títulos nobiliarios.
El sagaz y erudito gentilhombre italiano Giuseppe Tomasi di Lampedusa solo necesitó publicar (y con dificultades iniciales) una novela para convertirse en un clásico, a título póstumo, El Gatopardo. Lampedusa se refugió en los libros desde que era pequeño. Combatió en la Gran Guerra, sobrevivió a ser capturado por los austríacos, viajó por Europa y, hacia el final de su vida, se entregó a las artes.
Lampedusa tuvo un primo, Gioacchino Lanza Tomasi, profesor en la universidad y director artístico en múltiples instituciones de Italia.
Cuando Lampedusa falleció a causa de un tumor pulmonar en 1959, Lanza, de madre española, dedicó parte de sus esfuerzos académicos a rescatar los escritos y obra literaria de Lampedusa y a la publicación de una biografía del peculiar aristócrata siciliano.
Sin embargo, con su breve ensayo Lampedusa y España, Lanza consigue algo mucho menos tópico y, al mismo tiempo, más extraordinario que el halago, en muchas ocasiones, visceral, que anima el género biográfico. Lanza ofrece al lector, en este libro, un retrato íntimo de la relación entre ambos primos durante el encuentro entre maestro y discípulo que existía entre ambos, y el amor que Lampedusa, en su extensa erudición, tenía hacia la cultura española, desde la pintura hasta las letras, desde el Siglo de Oro hasta la primera mitad del siglo XX.
Más aún, a comienzos de la década de 1950, Lampedusa pide a Lanza que le enseñe el castellano para poder leer los textos originales españoles sin perder detalle y sin depender de la buena mano de los traductores. En esa relación intelectual, Lanza detalla diversos aspectos de la vida familiar, del pensamiento y oposición al fascismo del erudito, además de sus preferencias artísticas.
Basta un par de ejemplos para ilustrar al lector sin desvelar demasiados detalles de la obra. En un momento dado, escribe Lanza: «Giuseppe compraba libros a escondidas para evitar los reproches de Licy, pero, por muchos volúmenes que acumulara, siempre quería más y para mitigar los reproches de su esposa, le aseguraba que la librería le hacía un descuento especial».
Un detalle que contrarresta la frugalidad que, en otro pasaje anterior, comenta sobre el estilo de vida del aristócrata, y que representa una inclinación común entre literatos: el afán por tener libros que disfrutar y que consultar, como medicamentos se necesita en un hospital para atender a los enfermos.
Defiendo a Lampedusa: no es afán acumulativo, sino necesidad intelectual: las bibliotecas privadas se poseen para consulta y producción científica, de la misma manera que existen las públicas para preservar el legado intelectual y ofrecer su acceso a cada uno de nosotros.
En otro pasaje más «español» aparece: «Pero regresemos a la literatura española, de la que en 1954 Lampedusa conocía pocos, poquísimos textos, y eran ante todo obras de poesía. Algunas figuraban entre los versos favoritos de su primo poeta, Lucio Piccolo di Calanovella (…) un rasgo que iba desde Juan de la Cruz hasta Góngora, pasando por Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez, y hasta los cuestionamientos metafísicos de Jorge Guillén».
El lector puede hacerse una idea de la importancia del círculo intelectual que Lampedusa construyó a su alrededor, donde algunas figuras de la juventud italiana de la época forjaron un genuino intercambio cultural con el erudito.
Acantilado vuelve a acertar en esta apuesta y en su criterio por incorporar libros interesantes, inteligentes y que, en ocasiones, pueden quedar eclipsados por obras de mayor envergadura, como es el caso de las biografías, por nombrar uno.
En una edición cuidada y que se lee con dulzura, con prólogo de Salvatore Silvano Nigro, traducción de Andrés Barba y edición y epílogo de Alejandro Luque, este libro ofrece una mirada amable al círculo intelectual y al contexto vital de uno de los grandes nombres de la cultura italiana del siglo XX en un retrato íntimo, delicado y, por supuesto, interesante. No se lo pierdan.