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TRIBUNA

Evocación de Isidoro Blaisten, grande de nuestras letras

lunes 15 de diciembre de 2025, 19:23h

Lo recuerdo a Isidoro Blaisten con su mirada inteligente, siempre al pie del cañón y sonriente, el cigarrillo jugueteando entre los dedos y su buen humor contagioso y sorpresivo, ávido por rebelarnos las maravillas que el arte de la literatura nos regala (y a veces la vida, acaso menos generosa). Isidoro era un artista sorprendente y un maestro de nuestro idioma, entrañable lector de poesía, que se quejaba con los versos del inmortal Walt Whitman:

Han pasado lentos los años sobre mí,
Pisándome las espaldas, masacrándome.
¡Oh, yo, que desde lo más necio de mi
sigo reprochándome:
¿quién es más triste y el más desleal
de estos malos resultados de todo,
de las multitudes
afanosas y sórdidas que me rodean,
vacías de tantos años que suceden inútiles!
y hoy la triste pregunta que martilla
“¿Qué hay de bueno o malo en todo esto?”
Y la antigua respuesta:
“Estás aquí y a vivir, que existen la vida
y la identidad de ser
acaso vanamente nadie o quizá, quizá, quizá…
y este tiempo, ¿y este tiempo?

Si bien algunos de sus libros se siguen reeditando, creo que queda aún mucho por descubrir de su prolífica obra. Nuestro ingrato país sin duda le debe aún el justo y definitivo reconocimiento; no fue solo un original y enorme escritor, sino también un notable memorioso y el artífice de una forma de sarcasmo que de pronto nos hace estallar de la risa; también aquel generoso maestro que desde su taller de letras enseñaba a descubrir el incomparable, precioso mundo del arte de la literatura.

Buen entrerriano, hijo de colonos judíos radicados en Concordia, nació en 1933, siendo el menor de ocho hermanos, antecedido por cinco mujeres y dos varones. “De manera que fui el Benjamín, de la abundante familia Blaisten”, bromeaba. Siendo aún niño, en busca de otros horizontes, abandonaron el pueblo natal para establecerse en Buenos Aires, en el barrio de Boedo, un ámbito que él supo recrear de maravilla en sus memorables cuentos; aunque también se puede contabilizar en su haber un magnífico libro de poemas y una menos tardía que atrapante novela “Una audacia de mi parte” -se disculpaba-, ya que lo mío es el cuento. Soy un resignado cuentero empecinado que ha inclinado la balanza hacia ese terreno literario”.

Empezó ganándose la vida como fotógrafo ambulatorio de parques y casamientos, donde yo, cuando lo conocí, supe acompañarlo algunas veces, como anotador de los pedidos de su vasta clientela, a la que ganaba con su simpatía; pero su frustración fue la librería, que le inspiró el cuento “Cerrado por melancolía”, referido al enojoso asunto del alquiler y de los impuestos municipales, que terminaron en una bajada definitiva de la persiana. Y sin negociación posible.

Para mí, cada sábado por la mañana, concurrir a ese reducto secreto de Buenos Aires, era una de las cosas que me encantaban la vida. Allí se convocaba buena parte de sus amigos (donde los menos eran compradores), “Una manga de pobretones, que yo atiendo con alegría y buen sentido del humor, que viene a leer de arriba en el bar de la esquina donde gastan lo poco que tienen en un café con medias lunas, y nunca les sobra para comprar un libro”. No mucho después, superado por los costos, bajó las persianas y la debió “cerrar por melancolía” -como concluyó repitiendo en tono de chanza. “Pero el asunto fue así, como la cuento: la mayoría no tenía un centavo partido al medio gastar en un libro que debía regalarlo o fiarlo, con la vana esperanza de no cobrarlo jamás. Esa cuenta era registrada por mí en un cuadernito de tapas negras que llamé, inspirado en un viejo tango: “en la cuenta del otario, que tenés se la cargas…”.

Confieso que yo, entre ellos, era uno de los tantos clientes que siempre en la malaria dejaba las deudas para tiempos mejores. Con otros amigos sucedió lo mismo; “la mayoría de esos pobretones deudores míos, secos de toda sequía de dinero, sólo aportaban con la conversación, la ternura, yerba para el mate, biscochitos con grasa y alguna que otra factura de la panadería de enfrente”.

Allí, como una forma de tertulia de pobres, mientras se mateaba hasta por los codos, el tema de conversación era preferentemente la literatura, donde no escaseaban las encendidas discusiones sobre los indiscutibles Leopoldo Lugones y Roberto Arlt, Jorge Luis Borges y Leopoldo Marechal, Ernesto Sabato y Albert Camus… En fin, pequeñas manías que tenemos los aspirantes a escribidores, que solo servimos para borronear poemas o inventar mundos imaginarios. Algo parecido sucedió con Jorge Edwards en Santiago de Chile (por hacer una comparación); otro admirable escritor que hizo realidad el sueño de la librería propia y que también, ¡pobre Jorge! alquiló el local en una galería donde poco o nada prosperaba el ámbito de la lectura; sino más bien de chicas cursis y señoras gordas compradoras de perfumes y de costosos vestidos; por supuesto, al día con la moda. El sitio de Edwards, en cuestión, era el subsuelo de una galería comercial super paqueta de la avenida providencia. Mal olfato, sin duda, el de los escritores cuando intentan ser mercaderes.

Sobre esa experiencia, también recuerdo algo que le oí decir a una colega y amiga, la admirada Josefina Delgado: “¡Pobre Isidoro, tuvo la pésima idea de abrir su librería en una galería comercial! Fue un auténtico precursor, ya que por entonces las librerías eran céntricas y casi nunca tuvieron suerte en los suburbios”. Querer romper al cuete con lo convencional parece ser algo muy propio de los escritores; en cuanto al éxito comercial ni mencionarlo, pertenece a otros dominios. Isidoro, resignado a su melancólico humor, le oí decir: “¡Qué le vamos a hacer, no tuve la suerte de ser un príncipe lituano, y tuve que conformarme con ser un bohemio pobretón; poeta pa’ pior; uno más de los que abundan o sobran en las esquinas porteñas y a los que canto en sus tangos el gran Discepolín!

Felizmente, el amor no le fue negado, a nuestro entrañable Isidoro. Hacia finales de la década de 1970 conoció a la mujer de su vida, la periodista Graciela Melgarejo, con la que formalizó una pareja indestructible. Con ellos y otros amigos comunes, viajamos a varios encuentros de escritores, donde nos convocamos para contar nuestras quejosas, consabidas historias. Recuerdo en especial el que se realizó en Santiago de Chile, allá por los años ‘90. Fue un viaje memorable y divertido donde nos acompañaron dos alter egos, los ociosos poetas y dibujantes Bernardino Rivadavia (descendiente de nuestro homónimo primer presidente argentino y Roberto Páez; ambos, bohemios hasta la médula, otros geniales artistas y ocurrentes que se entendía de maravillas con Isidoro y con un servidor. Pues claro, no podría ser de otra manera, éramos del mismo palo.

Es casi ocioso repetir que nuestros entrañables y empeñosos amigos, fueron maestros indiscutidos del arte de la palabra y de la forma. En todos ellos, lo personal e ingenioso, se aunaba con la vida cotidiana; pero, quizá, tampoco está demás recomendar esa otra parte de sus obras, a la que aún no se ha prestado la debida atención y que es fabulosa en cada párrafo, en cada línea. Me refiero a las crónicas y ensayos, muchas veces publicados en revistas, y que hoy muchos de esos textos no forman parte de sus libros memoriosos, las Anticonferencias y Cuando éramos felices. Hay uno que recuerdo especialmente y lleva como título “La dama de plata”, donde Isidoro, de un modo enternecedor, nos cuenta la historia de su familia. Una obra maestra, sin duda, tan hermosa como melancólica y conmovedora.

Lo visité por última vez, cuando ya estaba muy enfermo, en un departamento que desde un gran ventanal del piso 17 dominaba buena parte de la ciudad, que él amaba entrañablemente. “Pudimos comprar esta vivienda -me explicó- con grandes sacrificios y aquí estamos endeudados con Graciela. Pero, por suerte ambos somos positivos y aunque ganamos lo justo, saldemos adelante”. Pocos días después le tocaron el timbre desde arriba e Isidoro se sumó a los más, dejándonos desolados.

Como a tantos grandes escritores, los mordaces dioses le impusieron al querido Isidoro vivir en este receloso e incrédulo país lleno de envidia e indiferencia, donde lo perdurable y lo esencial están en segundo término. Salvo algunos reconocimientos locales, casi nadie nos acompañó cuando lo propusimos para el Premio Cervantes. Un gran escritor es menos que cualquier político o futbolista. Creo que ni el Premio Nacional le fue entregado. En fin…

Isidoro era también, como Borges, un asombroso lector, otro de los más extraordinarios que he conocido. En ese piso soñado, muy luminoso e íntimo, impartía sus talleres literarios; también recibía a sus amigos convocados para tomar un café, un trago e invariablemente conversar de literatura.

Isidoro Blaisten escribía con su voz y con el agregado de su sorprendente irónico humor incomparable. Lo hacía al correr de su vieja Remington o en el café de Libertad y Marcelo T. de Alvear, en la céntrica comuna de San Nicolás, la esquina donde vivía, y donde a pura mano, escribía en sus cuadernos habituales. Recordarlo me honra y reconforta. Fue un grande, ¿qué duda cabe? A sus 71 años, se unió a los más una gris mañana del 24 de agosto de 2004.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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